Ruta de los viñedos olvidados: Cantabria; dispersión y diversidad

David Manso

Martes 06 de Julio de 2021

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Amanece en Madrid, es lunes 21 de Junio, la BMW 1250 Gs cargada con el material de trabajo, ropa para 10 días, y lo más importante, muchas ganas e ilusión. El calor en la mitad central de la península empieza ya a dar las primeras señales de lo que está por venir. Mientras, de camino al norte, los cielos sobre los verdes campos se muestran cubiertos por negros nubarrones, es el aviso de lo que me espera y que llevan sufriendo más allá de las cordilleras que me separan del Cantábrico los últimos quince días. Mucha agua. Pasada la ciudad de Burgos por la nacional dirección al Valle de Villaverde, primer destino de la ruta, la lluvia se hace compañera intermitente hasta llegar al destino.

Primera parada Bodega Casona Micaela. La vista al viñedo tras dos semanas seguidas de caer agua se hace imposible, toda actividad agrícola y ganadera está suspendida. Visito su bodega, una bonita construcción en madera, cobre y cristal, para conocer su trabajo y vinos, uno de los cuales disfrutaré en la cena. Por suerte, la vista al Museo Etnográfico es en el mismo casco urbano, frente a mi base de operaciones Posada Calera. Los museos etnográficos son una muy buena fuente de información para conocer el pasado y las tradiciones, cultura y economía de la zona. Aquí en el Valle de Villaverde, la madera, el carbón, la ganadería y la elaboración de Txakoli, junto a la sidra, han sido sus principales recursos durante siglos. No olvidemos que estamos en un enclave cántabro rodeado por la provincia de Vizcaya, la influencia vasca es palpable. Cena con productos de la zona y el vino blanco de albariño y gewürztraminer de Micaela, un buen vino, aromático, de notable acidez y gran frescura.

Bodega Casona Micaela

Esa disparidad me hace recorrer kilómetros pasando valles, pueblos y paisajes a lomos de la moto. Para la segunda jornada dos bodegas. Una primera con la calificación de Pago que ya posee viñedos en La Mancha, pero que ha decidido emprender un nuevo proyecto en Nates. Pago Casa del Blanco ha apostado fuerte en su introducción dentro de la IGP Costa de Cantabria. Viñedos de albariño suspendidos en pronunciadas pendientes mirando al río Clarón para dos buenas elaboraciones. La pena es que el día no acompañase las magníficas vistas. Otra de las propuestas de enoturismo es la reconstrucción del Palacio de Treto, el cual han logrado convertir en un alojamiento categoría cinco estrellas y restaurante. Todo está montado y rehabilitado, cocinas, salas de eventos, habitaciones...etc., hasta la iglesia para quien quiera celebrar su boda entre viñedos, todo a falta del pistoletazo de salida en cuanto la pandemia lo permita.

Palacio de Treto

Por la tarde voy a conocer el proyecto de Bodegas Vidular. Mikel y Jony, son dos vascos afincados en Cantabria, y que, a aparte de sus vinos, tiene una clara apuesta por el enoturismo desde sus inicios allá por el año 1999. Con viñedos en dos localizaciones, una en Bárcena de Cicero donde elaboran, y disponen también de alojamiento rural entre viñedos y un curioso "Winetruck" que alquilan para eventos. Y una segunda, también con viñedos de godello a las afueras de Noja, con sala de catas y tienda donde reciben visitas. Cato varios de sus vinos, entre ellos su buque insignia Ribera del Ansón, elaboración de albariño y Chardonnay con aromas complejos, muy fresco y buena acidez.

Amanece la tercera jornada, el tiempo da un respiro que me acompañará el resto del viaje, las nubes van desapareciendo dando paso a un sol que se agradece cuando viajas en moto. Me dirijo a mi nuevo destino, Villafufre, en los Valles Pasiegos. La orografía y los paisajes vuelven a cambiar, me voy metiendo entre montañas al zigzag que marca la sinuosa carretera. Allí visito a Coral y Antonio de Señorío del Pas, dos enamorados de la viticultura biodinámica que elaboran un único vino al que dedican todo su esfuerzo y cariño. Verdes laderas acogen sus viñas de godello y  gewürztraminer, en las que una cabaña pasiega rehabilitada ubica la bodega. Su filosofía es la de un cultivo respetoso con el medioambiente en el que el viñedo es un ser en equilibrio natural al cual hay que mimar con técnicas de cultivo ancestrales. Una única elaboración que quedo pendiente de catar en casa a mi regreso al tener que conducir. Viajar con el vino no es una opción, este seguramente acabaría mareado entre tanta curva y desvirtuada su cata.

Pasa el mediodía, tenía prevista la visita a una bodega, me reservo el nombre, pero tras varios meses de preparación del proyecto y citas previas, al escribir esta líneas sigo aún sin respuesta ante una cita concertada y apalabrada con anterioridad. Prosigo ruta, retomo la costa durante parte del trayecto, y me dirijo a mi siguiente destino y con ello cambio de zona de producción. Pongo rumbo a Potes para conocer los viñedos de alta montaña y los vinos de la IGP Liébana.

Mi anfitriona será Isabel García de Bodegas Orulisa. Gran anfitriona he de decir, al igual que Juan Manuel Cayo, del afamado restaurante Cayo en Potes e impulsor de un interesante proyecto de enoturismo con Bodegas Cayo, el cual está en desarrollo y esperemos que pronto se vea activado. Isabel me introduce en la elaboración de orujo, una bebida espirituosa que tiene como base la uva. Orulisa también apuesta por la elaboración de vinos en un territorio en el que el alambique, alquitaras que les dicen por aquí, son muy consideradas. Visito sus viñedos de vértigo sobre laderas escarpadas, cada vez las inclinaciones son más pronunciadas por la orografía. Ceno en Cayo y disfruto de dos placeres, la gastronomía lebaniega y de uno de sus vinos, ¡Ay, Pascua! 2016, un tinto que mantiene gran frescura tras cinco años, complejo en aromas, con muy buen paso por boca y de largo recorrido.

Monasterio de Santo Toribio de Liébana

Amanece despejado, nueva alegría, me dirijo al Monasterio de Santo Toribio de Liébana, primero de los que aparecerán en esta ruta. Los monasterios, tras el paso de los romanos, han sido grandes impulsores de la viticultura de la zona y gran parte del norte peninsular. Sus técnicas agrícolas, entre ellas la viticultura, la necesidad de satisfacer la propia demanda de los monjes y los oficios de la liturgia son sus principales causas. Pregunto al prior por los cartularios donde se reflejan los primeros documentos escritos sobre la venta de una viña y un terreno en el año 822, el prior me dice que fueron trasladados al Arzobispado en 2017. Me quedo con las ganas, pero no desisto en mi búsqueda y obtengo la recompensa. Encuentro referencias escritas en los documentos del Beato de Liébana en la Torre del Infantado (Potes). En ellos se hace referencia histórica al cultivo de la vid en la zona, los localizo en forma de copia al encontrarse los originales en Madrid. Algo es algo. Como cierre a esta zona de producción, disfruto de una comida entre viñas con J. M. Cayo e Isabel en el nuevo complejo que está desarrollando y me cuenta su proyecto de enoturismo catando sus vinos. Buenas elaboraciones por cierto. Un proyecto muy atractivo que espero poder contaros en un futuro no muy lejano.

Si hay algo que caracteriza a las zonas de producción en vinos cántabras es la diversidad en cuanto a paisajes y las variedades de uvas cultivadas. Las bodegas, en su IGP Costa de Cantabria, aparecen en el mapa diseminadas a lo largo de toda su geografía, algo que influenciará en sus vinos resultantes. En cuanto a su otra IGP, Liébana, es la cara opuesta de la moneda, existen lógicamente diferencias entre sus vinos, pero la  concentración de un territorio motivado por una orografía montañosa hace que dichas diferencias sean menos acusadas. Otro punto a destacar entre ambas son las variedades cultivadas. Mientras en la costa predominan las blancas, en el interior reinan las tintas.

Pongo rumbo a mi nuevo destino, vuelta a la carretera y a los bonitos paisajes, cambiamos de comunidad en esta ruta de los viñedos olvidados, Asturias, y después Galicia, nos esperan.

David Manso
Licenciado en Marketing y apasionado del vino.
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