Una marca que engloba mil sueños y un motor: el viñedo

Enrique López – Winy Fog

Lunes 11 de Septiembre de 2017

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Si pasas a dormir, comer o simplemente tomarte un café, fácil será que compruebes la realidad de lo que aquí has leído

Enrique López

Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos... ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor...

De esta forma comienzan todos los comics de los clásicos Asterix y Obelix. Y ¡vive Dios! que durante los siete días en los que he podido descansar (y comer, y beber, y pensar y, como no, el objetivo para el que fui: escribir) en el "cielo de El Bierzo", han sido muchas las ocasiones en la que la imagen de esa famosa viñeta ha venido a mi cabeza.

"El escudo Arverno", una de las historietas de la saga creada por Uderzo y Goscinny, nos cuenta una trama que transcurre tras la derrota gala a manos de los romanos en la batalla de Alesia. Tras ella, el jefe de los galos, Vercingetórix, depositaba "en los pies" de Julio César su escudo, como símbolo de rendición. César deja abandonado el escudo, el cual va pasando sucesivamente por las manos de un arquero romano, un legionario, un centurión borracho, el dueño de una taberna y un anónimo guerrero galo superviviente. El legionario en cuestión pierde el escudo tras apostarlo en el juego, y al ganador le es arrebatado su premio por un centurión que hace abuso de su autoridad, tras lo cual exclama; O tempora, o mores!, es decir, ¡Oh tiempos, oh costumbres! haciendo alusión al lamento de Cicerón para reprochar a Catilina la corrupción de las costumbres y la pasividad del senado romano ante dicha corrupción...

Vivimos en tiempos de prisas, tecnología, facilidades, transformaciones sociales y culturales, individualismo y modernidad, problemas medioambientales... Pero en un contexto a menudo desesperanzador, aún es posible encontrar refugios de naturaleza, tradición y optimismo.

Podemos encontrar uno de esos reductos que evocan a otras épocas en Canedo, una pequeña localidad de apenas 100 habitantes perteneciente al municipio de Arganza, en la comarca de El Bierzo. El verde de sus campos, sus bosques, sus viñedos... hasta sus pallozas (construcciones de planta circular, con paredes bajas de piedra y cubiertas por un tejado cónico vegetal... vamos, exactamente igual que las casitas de los galos del cómic), todo transmite paz y serenidad en este sitio.

Y si Canedo evoca la irreductible aldea gala que resiste al invasor, como no podía ser de otra forma, también tenemos que encontrar un personaje que rememore a su protagonista Asterix: diferente, carismático, emprendedor, valiente, incansable... Y lo encontramos, por supuesto que lo encontramos.

José Luis Prada, o Prada a secas como todo el mundo (incluida su esposa, Flor) le llama, es el protagonista. El alma mater, la esencia, el corazón que palpita en todo lo que aquí vive. Alguien con el extraño don de unir sus sueños con su visión comercial para crear una empresa de la que poder vivir con la romántica felicidad de quien hace realidad sus fantasías. Pero, de momento, dejaré a un lado a Prada y me centraré en su obra.

Por un lado, Palacio de Canedo, una gran casona levantada en el siglo XVIII que formaba parte del Señorío de Canedo. En estado de abandono durante décadas, recuperada, reconstruida y habilitada por Prada como monumento principal de lo que ha sido toda su vida de trabajo, emprendimiento y esfuerzo; un homenaje a su tierra, una ofrenda de admiración a El Bierzo, su gente y sus productos.

14 habitaciones que mezclan modernidad y tradición, con todas las comodidades posibles y todo el sabor de la solera berciana. Diferentes entre sí, pero manteniendo una personal armonía en elementos y líneas, haciendo del conjunto una elegante cohesión de pasado y futuro.

Tuve la suerte de alojarme en Palacio de Canedo durante 7 días el pasado julio de 2017, con la intención de buscar la tranquilidad y la inspiración para desarrollar una novela comenzada meses antes y que peligraba por falta de inspiración e ideas. Supe qué si tenía que ser, sería allí. El silencio, el cielo, las viñas, el sabor, la quietud... Lo que salga; mucho, poco o nada, será culpa mía, porque el entorno lo dio todo... Estando en Canedo te das cuenta de que no hay un único lugar más bonito del mundo, pero que uno de ellos lo tienes antes tus ojos.

Ante tus ojos... Abrir la ventana y ver un mar de viñedos. Anochecer en la terraza de la cafetería, con la refrescante brisa veraniega de la noche berciana. Pensar que tener esta vista ante ti debería ser obligatorio para todo el mundo, al menos una vez en la vida.

El restaurante, con esa característica que es casi algo cultural de la zona; comer en cantidad y calidad, saboreando El Bierzo en dosis que parecerían excesivas en cualquier otro lugar, pero que aquí forman de la tradición y el carácter berciano. Materia prima excelente, cocinada con cariño y sabiduría, recordando la cocina de la abuela, sin secretos. Embutidos de León, empanada, botillo, quesos, lacón... bien regados con vinos de categoría, orujos y cerezas en aguardiente. Desde el desayuno a la cena, cada uno de mis 7 días fue un homenaje culinario, un tributo al buen recuerdo de la comida casera.

Quiero hacer una especial mención a los trabajadores del Palacio de Canedo, desde recepción a la cafetería, pasando por limpieza y el resto de secciones. Amabilidad, cariño, trato familiar... lo más cercano a sentirte como en casa a 700 kms. de ella. Un 10 a todos los empleados de Prada a Tope, sin excepción alguna, pues forman una pequeña familia y te hacen sentir parte de ella.

Tampoco hay que pasar por alto la fábrica de conservas, que no pude ver funcionar en directo porque durante mi estancia no era temporada, pero sí disfrutar de sus productos; cerezas en aguardiente, pimientos asados, peras en vino, castañas, mermelada...

Y por supuesto, fundamental, la bodega. No sería posible hacer enoturismo si todo lo relatado no tuviera el vino como núcleo y esencia. Prada a Tope, una marca que engloba mil sueños y un motor: el viñedo. Vinos que nacen de la naturaleza y viven para rendirle tributo. Respetuosos con el medio ambiente, respetando al máximo el legado de sabor y aromas trasmitidos por el terruño, el clima y la planta.

Prada a Tope es una bodega que recorrer libremente, pues sus instalaciones no tienen llaves: no hay nada que ocultar. Con viñedos que llegan prácticamente a las mismas puertas de las instalaciones. Y el fruto de todo: el vino. 50% uva, 45% tierra y 5% la imaginación y el atrevimiento de su creador. Conociendo a Prada, llegué a la conclusión de que era un hombre sin miedo a experimentar, y el que prueba se equivoca. Pero ves lo que ha conseguido y te das cuenta de que merece la pena fallar y aprender de los errores, pues los aciertos los compensan con creces. Blanco de godello, rosados y tintos de mencía, maceraciones carbónicas, el Xamprada (espumoso blanco y rosado), crianzas, reservas y el Picantal.

Tuve la suerte de degustar una botella de Picantal con Prada, Flor y una pareja de amigos suyos de Cacabelos. Llevaba un par de días alojado en Palacio de Canedo y recibí una llamada del propio Prada invitándome a cenar en "el palomar", su lugar de descanso junto a los viñedos en sus largas jornadas de trabajo. Una velada inolvidable, llena de confidencias, historias, vino, anécdotas, buena comida, más vino, risas, secretos y mejor vino. Cuando estás una semana viviendo en lo más parecido al paraíso en la tierra, lleno de atenciones, sabores, paisajes, vino, sosiego... y el mejor de tus muchos recuerdos es una cena entre amigos...

Si pasas por Palacio de Canedo a dormir, comer o simplemente tomarte un café, fácil será que compruebes la realidad de lo que aquí has leído. Muy probablemente se te acercará un hombre, con pinta de trabajador entrañable, algo tosco, de movimientos nerviosos. Con una camiseta blanca, sin mangas y extrañas aberturas en los costados (diseño propio). Te preguntará qué te parece el lugar, la comida, el vino, las vistas. Te dará su particular visión; todo es inconmensurable, indescriptible, indescifrable... y un montón de palabras que empiezan por "in". Y se despedirá con un "¡a tope!". Es él. Es Prada.

José Luis Prada

La grandeza no es incompatible con la humildad. El carisma no es prepotencia ni dominación. La personalidad tiene derecho (y obligación) de manifestarse. Es un don, y los dones tienen que dar fruto. El de la vid, por ejemplo. El de Prada a Tope, el de Palacio de Canedo.

Mi más sincera admiración hacia Prada y Flor. Por su trabajo y por los frutos de su trabajo. Por su valentía, emprendimiento, imaginación y lucha. Seguid, en vuestra pequeña e irreductible aldea, defendiendo la tierra, batallando por El Bierzo, manteniendo su historia y escribiendo la propia. ¡A tope!

Enrique López
Licenciado en Economía y Sumiller profesional.
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