“Cada día veo más las viñas como un aliado contra el cambio climático”

Isabel Blanco

Martes 28 de Abril de 2020

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Entrevista a Miguel Torres Maczassek, director general de Familia Torres y quinta generación

En primer lugar, ¿cómo están viviendo toda la crisis derivada de la pandemia del coronavirus?

Nos encontramos en una situación muy compleja y excepcional para todos. Las consecuencias del Covid 19 están provocando un gran impacto a todos los niveles. Durante el estado de alarma hemos mantenido la actividad como empresa del sector agroalimentario, aplicando protocolos muy estrictos de acuerdo con las recomendaciones de las autoridades sanitarias para proteger la salud de nuestros colaboradores y proveedores y evitar el riesgo de contagio. Gran parte de los colaboradores están trabajando desde sus casas y todos tratamos de adaptarnos a la situación. Las actividades de enoturismo y restauración han quedado paralizadas y también hemos tenido que aplazar los actos de celebración de nuestro 150 aniversario. Aún no sabemos qué impacto tendrá sobre nuestra actividad, pero será importante. Estamos ante una crisis global, y es inevitable que en la mayoría de mercados disminuyan las ventas de vino, sobre todo en la restauración. De todos modos, tenemos que mantener el optimismo ya que esta situación es transitoria; China ya se está sobreponiendo y nosotros, tarde o temprano, también lo superaremos. Mientras tanto, intentamos ayudar en la lucha contra esta pandemia con la fabricación de protectores faciales con nuestras impresoras 3D y la donación de mascarillas a hospitales y otras entidades para agradecer la increíble labor que están realizando los profesionales sanitarios.

Dadas las condiciones climatológicas actuales derivadas del calentamiento global, la vendimia se ha adelantado de forma general, pero ¿de qué forma está afectando el cambio climático a los viñedos y al vino?

El cambio climático es el mayor desafío que jamás hemos afrontado como sociedad. Ninguna generación anterior ha visto tantos cambios en el clima en un periodo de tiempo tan corto como la nuestra. Con el cambio climático, no solo aumentan las temperaturas, sino que los fenómenos meteorológicos se hacen más extremos: hay más episodios de sequía, tormentas, heladas, granizo, etc. Y todo ello afecta de manera directa a la viña, porque es una planta extremadamente sensible.Una diferencia de uno o dos grados de temperatura media son un abismo en la viticultura destinada a producir grandes vinos. Y esta subida de las temperaturas hace que las vendimias se avancen, lo que conlleva a un desequilibrio en la maduración alcohólica y la maduración fenólica. Este desfase, que por ahora se puede salvar con prácticas vitícolas y trabajos en la bodega, podría llegar a afectar la calidad de los vinos. ¿Qué pasará con esos grandes vinos que veneramos porque son la expresión del terroir, que, a su vez, representan el equilibrio perfecto e inalterable entre los suelos, el clima, la variedad y trabajo de buenos viticultores? Pues la realidad es que el clima ha cambiado y va a cambiar más y esto alterará ese equilibrio.

¿Cuáles son las medidas que debe tomar el pequeño viticultor?

El viticultor debe ir adaptando la gestión del viñedo a la nueva realidad climática para evitar que las uvas maduren demasiado rápido, por ejemplo, con una poda diferente, protegiendo los racimos con hojas, variando el marco de plantación, el sistema de conducción o utilizando porta-injertos más resistentes. Incluso puede plantearse cambiar de variedades de uva en función de su gradiente térmico. Pero hay que tener en cuenta que un viñedo en Europa vive el mismo tiempo que una persona o más, es decir, puede superar los 80 años. Cuando plantamos un viñedo hoy, tenemos que pensar qué clima tendremos dentro de 40 o 50 años y ya sabemos que hará más calor y que tendremos menos lluvias. La decisión de qué variedades plantar es muy importante. Hay variedades bien adaptadas a climas más cálidos que tendremos que plantearnos plantar más al norte, o hay variedades ancestrales que también están demostrando ser muy resistentes, como las que estamos recuperando en Familia Torres desde hace más de treinta años.Otra opción es buscar tierras a mayor altitud o más al norte donde plantar viñedo, en busca de un clima más frío ya que por cada 100 metros que ganamos de altitud, la temperatura disminuye 0,7 grados, aunque a mayor altitud existe mayor riesgo de heladas y granizos que puede ocasionar pérdidas importantes de la cosecha.

Pero, además de adaptarse, los viticultores y las bodegas, independientemente de su tamaño, deben contribuir a minimizar los efectos del cambio climático. Hoy por hoy, reducir las emisiones de CO2 es lo único que puede frenar el cambio climático, por ello hemos de tomar conciencia de nuestras acciones a nivel individual y colectivo. Apenas nos quedan 20 años para descarbonizar la economía, ya estamos llegando tarde. En ninguna otra bebida como en el vino hay tanto interés en adaptarse ya que hemos de conseguir que nuestros hijos puedan continuar cuidando la viña y elaborando vino en nuestros lugares de origen. Sin duda, por su origen agrícola, el vino ya se está convirtiendo en un referente en la lucha contra el cambio climático. Cada día veo más las viñas como un aliado contra el cambio climático. Las viñas captan y almacenan el CO2 que está en el aire durante toda su vida. Si en un futuro cercano somos capaces de captar y reutilizar el CO2 de la fermentación del vino sería algo extraordinario.

Los objetivos marcados por la bodega del Penedés es reducir las emisiones de CO2 por botella un 30% este año desde el 2008, ¿van a cumplirse las previsiones? ¿Cómo lo hacen?

Sí, en el 2008 pusimos en marcha el programa ambiental Torres & Earth al tomar conciencia de la realidad del cambio climático y de las graves consecuencias que tendría en la viticultura. Ya en ese momento, nos marcamos un objetivo ambicioso hasta 2020, reducir en un 30% las emisiones de CO2 por botella en todo el alcance, desde la viña al consumidor final. Aquí tenemos en cuenta nuestras emisiones de CO2 pero también las que nos traspasan nuestros proveedores. Hemos invertido más de 15 millones de euros desde entonces, sobre todo en instalaciones de energías renovables -biomasa, fotovoltaica, geotermia-, medidas de eficiencia energética, movilidad sostenible, reforestación, etc., y también en ayudar a los proveedores a reducir sus propias emisiones. Estamos muy cerca de alcanzar el objetivo y ya nos hemos fijado una nueva meta para 2030: reducir en un 55% nuestras emisiones de CO2 por botella. Y para 2045, llegar al 80% de reducción.

Recientemente fundaron el grupo Internacional Wineries for Climate Action para impulsar la descarbonización del sector, ¿qué proyectos abandera este grupo?

Este es un grupo internacional que pretende aglutinar aquellas bodegas con un compromiso real de reducción de emisiones y compartir experiencias y buenas prácticas para impulsar un cambio en el sector. Su misión es llevar a cabo acciones colectivas para descarbonizar el sector del vino mediante el cumplimiento de unos objetivos ambiciosos relacionados con el autoconsumo de energías renovables y la reducción de la huella de carbono que incluya los alcances 1, 2 y 3. El objetivo es que todas las bodegas que son miembro de IWCA tengan una estrategia a largo plazo para reducir el 80% de sus emisiones de carbono para 2045, con un objetivo a corto plazo del 50% para 2030. Los requisitos para ser miembro son muy estrictos. La iniciativa la impulsamos a mediados del 2019 junto con Jackson Family Wines y ya se han incorporado como candidatas cuatro bodegas de distintos países: Spottswoode, Symington Family Estates, WSPT Wine Group y Yealands Wine Group. Es una iniciativa que irá tomando fuerza, pero que ya cuenta con el aval internacional, ya que fue premiada en los Wine Star Awards 2019 de la revista Wine Enthusiast.

En febrero en la Barcelona Wine Week impartieron una cata magistral de vinos elaborados con variedades ancestrales recuperadas por su potencial enológico, pero también por su capacidad para afrontar el cambio climático. ¿Cuáles son las claves de estas uvas para ser capaces de hacer frente al calentamiento global?

Este es un proyecto muy apasionante que iniciamos hace más de treinta años con carácter más bien filantrópico, para crear una colección de variedades antiguas catalanas. Muchas de ellas las encontramos cuando ya estaban prácticamente extinguidas, creciendo en estado salvaje. Con el tiempo, hemos aprendido que algunas de estas variedades como la forcada o la moneu del Penedés tienen aptitudes extraordinarias para producir grandes vinos incluso en climas más cálidos. Creemos que lo más probable es que estas variedades fueran populares durante la Edad Media, cuando hubo un pequeño cambio climático que hizo subir las temperaturas. Ahora este proyecto lo estamos enfocando a afrontar el cambio climático, ya que creemos que algunas de estas variedades pueden ser la solución para seguir elaborando grandes vinos en el futuro. Son variedades, que además de tener un grandísimo potencial enológico, son de ciclo largo, resisten bien el calor y la sequía y maduran tarde, y esto nos permite contrarrestar el avance de las vendimias como consecuencia de la subida de temperaturas. Por ejemplo, la forcada, una variedad blanca que tenemos plantada en el Alt Penedès, madura prácticamente un mes más tarde que la chardonnay. El año pasado la cosechamos a mediados de octubre, algo insólito para las variedades blancas de la región!

Más allá del cambio climático, ¿qué otros retos afronta actualmente el sector del vino?

Además del cambio climático, otro gran reto es conseguir que la cultura del vino no se pierda en las nuevas generaciones. En un país con la mayor superficie del viñedo del mundo, no se entiende que el consumo de vino baje año tras año. El vino forma parte de nuestra cultura -siempre entendido desde una visión de consumo moderado-, en España tenemos una riqueza extraordinaria de variedades y climas, lo hemos de saber transmitir y potenciar.

Este año la Familia Torres cumple 150 años, ¿cuáles son las claves del desarrollo de su negocio?

Yo creo que la clave está en que cada generación ha sido innovadora a su manera y ha hecho grandes aportaciones al desarrollo del negocio, respetando lo que habían hecho sus predecesores. La primera generación fundó la bodega, la segunda inició la destilación de vino para elaborar brandy, la tercera, que tuvo que reconstruir la bodega que había quedado parcialmente destruida en la guerra civil, empezó a embotellar vino y potenció la exportación. La aportación de la cuarta generación, liderada por mi padre, fue introducir nuevas técnicas de enología como la fermentación en frío, plantar variedades internacionales y elaborar vinos de alta gama como 'Mas La Plana' o 'Milmanda'. Nosotros, la quinta generación, estamos impulsando la recuperación de variedades ancestrales catalanas que inició mi padre para afrontar el cambio climático y focalizar en la elaboración de vinos de viñedos singulares y fincas históricas. La innovación es parte de nuestro ADN y siempre la hemos planteado desde el respeto por la tradición. Gracias a la innovación hoy estamos haciendo mejores vinos y nos permite encarar el futuro con confianza.

¿Cuáles son las tendencias a las que apunta el consumo de vino de cara a los próximos años?

El vino es parte de nuestra cultura, pero es cierto que los hábitos de consumo han cambiado. Mientras que hace años el consumo del vino era muy cotidiano, hoy en día es verdad que se bebe menos pero también hay que decir que se bebe mejor, es un consumo más hedonista. La gente es más exigente y se interesa en conocer de dónde procede el vino, cómo y quién lo elabora, etc.

Desde el punto de vista de producción, creo que el sector del vino está en un buen momento porque cada vez miramos más hacia el viñedo: hemos pasado de hacer el vino en la bodega a hacerlo en el viñedo, y eso es lo que realmente nos aporta riqueza, contrastes, diferencias entre zonas... Quizás el reto más importante que tenemos es la adaptación al cambio climático y las decisiones que derivarán de él: gestión del viñedo, decidir dónde y qué variedades vamos a plantar, qué clones vamos a utilizar para no perder singularidad, etc. Las bodegas debemos hacer un esfuerzo para adaptarnos al cambio climático y ayudar a mitigar sus efectos reduciendo nuestras emisiones, porque vivimos de la tierra. Pienso que España tiene una oportunidad histórica para liderar este cambio.

¿Cuáles son los ejes para recuperar el consumo?

España se considera ahora – no siempre ha sido así – como una de las zonas vitivinícolas más interesantes por su gran diversidad de suelos, climas, variedades, etc. y con la capacidad de hacer grandes vinos. La percepción del vino español ha mejorado durante las últimas décadas, pero falta abordar conjuntamente el incremento de valor de una categoría como España. Es necesario un esfuerzo colectivo desde todos los ámbitos para conseguir una mayor percepción de valor de nuestra cultura en general en el mundo. El número de restaurantes españoles en el extranjero es muy bajo en comparación con Italia o Francia y cada restaurante es una embajada de los productos de su país. La alta gastronomía y el reconocimiento internacional de muchos de nuestros chefs nos está ayudando, pero deberíamos conseguir que llegara a más personas y que se abrieran más restaurantes españoles en el mundo. Para incentivar el consumo, también debemos ser capaces de seducir a los consumidores con un lenguaje más emocional, contando las historias humanas que hay detrás de cada botella, y captar a nuevos consumidores con propuestas divertidas y desenfadas.

El enoturismo es actualmente una tendencia en alza, ya no sólo por el número de adeptos que suma sino también por su influencia social y económica en su entorno, ¿cuáles son las claves para que continúe avanzando esta rama del sector?

Sí que habíamos detectado un interés creciente por el turismo del vino en los últimos años, aunque la pandemia del Coronavirus lo ha cortado en seco y tardaremos meses en recuperar el número de visitantes que teníamos antes, sobre todo de extranjeros. El enoturismo es sin duda una gran oportunidad para el desarrollo de nuestro sector por su enorme potencial de comunicación y cercanía al consumidor. Nos permite difundir la cultura del vino, dar a conocer lo que hacemos y establecer vínculos con personas de todo el mundo. El vino habla de territorio, de su gente, de naturaleza, de trabajo y esfuerzo, y eso hay que mostrarlo y compartirlo con experiencias vivenciales que sean memorables. Alguien que visita nuestra bodega y disfruta con la experiencia, sentirá afinidad por la marca. También creo mucho en la colaboración entre el sector privado y el sector público para la promoción del territorio.

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