Castros, joyas y racimos: primeras representaciones de la vid en España

Escrito porLuis Congil

Domingo 31 de Mayo de 2020

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         Detalle de la arracada de Vilar de Santos (Museo Arqueolóxico de Ourense).

 

Las primeras representaciones artísticas de la vid y el vino en España se concentran en torno a los periodos romano y paleocristiano. Mosaicos, aras, cerámica y esculturas nos transportan al momento mágico del nacimiento de la viticultura peninsular y de nuestra propia cultura y mitología del vino.  Sin embargo, en la época inmediatamente anterior, entre los siglos III y I a.C., unas preciosas representaciones de racimos en un tipo de pendiente, las arracadas, nos revelan a la vid como motivo artístico en las culturas castreñas y celtibéricas del milenio anterior a nuestra era.

El ejemplo más notable es la denominada "arracada de Vilar de Santos", custodiada por el Museo Arqueolóxico de Ourense. Afortunado hallazgo de un agricultor en 1924, llevaba más de 20 siglos a dos metros bajo tierra, posiblemente escondida en algún episodio bélico indeterminado. Fechada en los siglos III-II a.C., pertenece al periodo castreño, pero con indudables influencias mediterráneas, las mismas que marcaban la moda dominante incluso en los castros galaicos, consumo de vino incluido.

                                                   Arracada de Vilar de Santos. 

 

Las descripciones más conservadoras de la arracada de Vilar de Santos nunca hicieron hincapié en la delicadísima representación del racimo que remata la pieza, de apenas 2 mm. de longitud, colgando de una argolla. A lo sumo, aludían al motivo decorativo de glóbulos circulares como decoración geométrica. Pero, tal y como señala la introducción del Túnel del Vino del Museo do Viño de Galicia, existe otra posibilidad interpretativa.

Si lo comparamos este ornamento con la imagen numismática del llamado "as de Orippo" (Dos hermandas, Sevilla), acuñado en esta ciudad romana de origen turdetano, nos encontramos con que mantiene un esquema icónico idéntico para describir un racimo, en este caso unido al sarmiento. Aunque la ceca de esta ciudad es posterior a la arracada de Vilar de Santos, la exactitud del diseño y su vinculación, en el caso de Orippo, con la pionera producción de vino peninsular, nos dan un valiosa pista sobre el posible origen del motivo ornamental.

                                                     As de bronce de la ciudad de Orippo.

Contiuando con el mundo de los castros galaicos, poblados fortificados en altura en su mayoría de la Edad del Hierro, nos encontramos con otros dos singulares ejemplos. Las arracadas de Irixo (Ourense) y Cances, (Carballo, A Coruña) ambas depositadas en el Museo Arqueolóxico de Pontevedra. La de Irixo fue hallada en 1905 en el Castro de Cardecedo, y la de Cances en una balsa de lavado de wolframio. Ambas resuelven el racimo con distinto número de glóbulos, pero con una evidente -a nuestro juicio- intención representativa frutal.

                                       Arracadas de O Irixo y Cances. 

Finalmente, hallamos el ejemplo definitivo: la arracada del tesorillo de Arrabalde, hallado en 1980 en el Castro de Las Labradas (Zamora). Si alguien mantiene alguna duda sobre nuestra interpretación de las "geometrías globulares" como racimos, el despligue en tres dimensiones de esta representación  puede ayudarle a disiparlas.

                                 Arracada de Arrabalde (Zamora).

La arracada de Arrabalde despliega la figura del racimo dotándola de profundidad, multiplicando el número de uvas no sólo a lo ancho y largo, sino también en hacia el fondo, con lo que el realismo de la imagen es magnífico.

Constituyen así estas arracadas un ejemplo bellísimo de representación frutal, que sería el primero del arte hispano en abordar la imagen del género vitis en la Península, datados todos entre los siglos III-I a.C. Podrían ser, como indican los arqueólogos, de influencia mediterránea -chipriota o púnica- mayormente. Pero también pueden ser, si hemos de seguir a nuestro admirado ampelógrafo Rafael Ocete Rubio cuando afirma que el 70% de las variedades actuales de vid proceden de hibridaciones con especies silvestres locales, simplemente la representación de la imagen de una baya,  la uva silvestre, presente en el entorno de nuestros antepasados desde tiempos mucho más remotos de los que contemplábamos hasta hoy.

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