El cambio climático empuja el viñedo francés hacia el norte

Normandía, Bretaña y Altos de Francia prueban el cultivo con cosechas irregulares y una estructura aún pequeña

Miércoles 09 de Septiembre de 2026

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El cambio climático empuja el viñedo francés hacia el norte

El mapa del viñedo francés empieza a moverse hacia el norte. En Bretaña, Normandía y Altos de Francia han aparecido en los últimos años nuevas plantaciones que sus impulsores relacionan con el cambio climático, aunque los propios viticultores y los investigadores piden prudencia sobre el alcance de ese giro, según informa la agencia AFP.

Uno de esos casos es el de Sébastien Fricker, instalado desde 2020 en cuatro hectáreas cerca de Lisieux, en el departamento de Calvados. La zona cuenta con una Indicación Geográfica Protegida vitícola desde 2009. Fricker procede de una familia con cinco generaciones de viticultores en Saumur, en el valle del Loira, y explica que dejó la explotación familiar por el calentamiento del clima y por el empobrecimiento de los suelos.

Su elección fue la localidad de Marolles. Allí encontró, afirma, un subsuelo calcáreo que retiene la humedad, una tierra vegetal entre tres y cuatro veces más rica que en el valle del Loira y un clima más estable, con pocas tormentas y menos cambios bruscos de temperatura. A finales de agosto, añade, la vegetación seguía verde pese a los episodios de calor intenso.

“Por el momento, Normandía se presta muy bien” a la producción de variedades como chardonnay, chenin y cabernet, sostiene Fricker. A su juicio, la redistribución del viñedo francés es inevitable y el norte del país tendrá un papel cada vez mayor si las zonas tradicionales del sur pierden capacidad de producción.

Esa actividad sigue siendo muy pequeña en términos de superficie y volumen. Normandía reúne alrededor de una veintena de productores sobre unas 20 hectáreas, frente a las 85.000 hectáreas del área de Burdeos. La producción anual normanda no llega a 100.000 botellas. Maxime Gazeau, animador del Sindicato Vitícola Normando, asegura que la comercialización no es el principal problema porque casi todo se vende de forma directa por los propios elaboradores. La dificultad, precisa, es hacer “vino de calidad”.

Más al oeste, en Bretaña, Marina y Loïc Fourrure trabajan desde 2021 en Theix-Noyalo, en Morbihan, con seis hectáreas de viña junto a un brazo de mar y una zona de marismas. Su proyecto nació por la herencia de tierras familiares, por el cambio legislativo aprobado en 2016 que permitió plantar nuevas viñas en Francia sin indicación geográfica y por la convicción de que la región ofrece condiciones favorables para la vid en este momento, explica Marina Fourrure.

La pareja comenzó la vendimia el 22 de agosto, una fecha muy temprana. Para la viticultora, no se puede hablar de una oportunidad simple ligada al calentamiento. Lo que observa desde su llegada es una fuerte irregularidad entre campañas. “Cada año es diferente”, dice, y lo atribuye a un desajuste climático.

Loïc Fourrure enumera una sucesión de episodios extremos: heladas, sequías, lluvias abundantes y una vendimia adelantada al 22 de agosto. En su opinión, la viticultura bretona ha probado que tiene futuro, pero rechaza hablar de un nuevo Eldorado. Recuerda que toda la cadena del sector todavía está por construir y que una viña necesita mucho tiempo para alcanzar su madurez. Calcula que dentro de 20 años sus plantas estarán en plena capacidad para empezar a dar uvas de alta calidad.

La Asociación de Viticultores Bretones, de la que Fourrure es copresidente, reúne a cerca de 50 bodegas y explotaciones repartidas en 160 hectáreas. Ese avance numérico muestra interés por el cultivo, pero también pone de relieve que se trata aún de una implantación reciente, sin la estructura histórica de las grandes regiones francesas.

La investigadora Valérie Bonnardot, de la Universidad Rennes 2, estudia el impacto del cambio climático en la viticultura y observa un efecto claro en la maduración: el aumento de las temperaturas ha mejorado los niveles de azúcar en la uva y en el vino. Al mismo tiempo, avisa de que la temperatura no es el único factor que cuenta. La lluvia y la humedad siguen siendo determinantes, y en Bretaña las precipitaciones son cada vez más irregulares.

En Altos de Francia, el movimiento empezó también a ganar fuerza a partir de 2016. Las viñas ocupan ya unas 130 hectáreas y reúnen a menos de un centenar de viticultores, señala Bruno Cardot, productor asentado en el departamento de Aisne. Cardot considera que la región tiene ahora un clima parecido al del viñedo de Champaña en la década de 1970, y relaciona esa evolución con el desplazamiento de varios cultivos desde el sur hacia el norte del país.

En esa región, la salida comercial responde sobre todo a la demanda de proximidad. Cardot subraya que la mayoría de los productores de Altos de Francia no trabajan con la idea de exportar y que su primer comprador está en su propio entorno. Esa orientación local se repite en otras zonas del norte, donde las pequeñas producciones encuentran salida en venta directa, restauración cercana y consumo de proximidad.

El fenómeno tiene, por tanto, dos caras. Por un lado, el cambio del clima abre la puerta a nuevas plantaciones en territorios donde la vid tenía una presencia muy limitada. Por otro, esos nuevos viñedos dependen de campañas con gran variación, de inversiones a largo plazo y de una construcción lenta de marca, red comercial y saber hacer. Los propios viticultores del norte francés insisten en que la novedad no elimina los problemas agronómicos y que plantar más al norte no garantiza por sí solo un resultado estable.

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