Los destilados de Jack Daniel's seguirán fuera de los estantes en la mayoría de las provincias de Canadá

Brown-Forman avisa de que el veto provincial mantiene cerrado un mercado clave para sus marcas de EE UU

viernes 4 de septiembre de 2026

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Brown-Forman, fabricante de Jack Daniel’s, avisó este miércoles, 2 de septiembre, de que los destilados elaborados en EE UU seguirán previsiblemente fuera de los estantes en la mayoría de las provincias de Canadá durante el resto de su ejercicio fiscal. La advertencia, recogida por Reuters, llegó al presentar unas cuentas trimestrales más débiles y en pleno nuevo tramo de la disputa comercial abierta por la Casa Blanca con su vecino del norte.

La empresa, con sede en Kentucky, informó de que sus ventas del primer trimestre bajaron un 1%, hasta 911 millones de dólares. Brown-Forman atribuyó parte de esa presión a una demanda más suave de alcohol en Estados Unidos y en varios mercados europeos, pero su consejero delegado, Lawson Whiting, situó además a Canadá entre los problemas que siguen sin resolverse para el grupo.

El bloqueo no se limita al whisky. Donald Trump firmó el 20 de julio tres proclamaciones para imponer un arancel adicional del 50% a determinadas importaciones canadienses de alcohol, lácteos y productos vinculados al automóvil, con entrada en vigor el 19 de agosto. La Administración recurrió a la sección 338 de la Ley Arancelaria de 1930, una norma poco utilizada que permite elevar derechos de aduana hasta ese nivel cuando el presidente considera que otro país discrimina al comercio estadounidense.

La Casa Blanca sostiene que todas las provincias y territorios de Canadá paralizaron la compra, la distribución o la venta minorista de bebidas alcohólicas de EE UU a partir de marzo de 2025. En esa misma explicación, Washington precisa que Alberta y Saskatchewan levantaron después esas restricciones, pero que la mayor parte del país no lo hizo. Antes de la nueva ronda arancelaria, varios monopolios provinciales del alcohol ya habían retirado productos estadounidenses o dejado de comprarlos como respuesta a los primeros gravámenes y amenazas lanzados por Trump.

Los datos manejados por la propia Administración muestran el alcance del golpe comercial. Las importaciones canadienses de bebidas alcohólicas de EE UU cayeron cerca de un 81% en los 12 meses cerrados en febrero de 2026, al pasar de unos 718 millones de dólares en el periodo comparable anterior a alrededor de 137 millones. Eso supone un descenso aproximado de 581 millones. La Casa Blanca argumenta que las medidas provinciales discriminan a los productores estadounidenses porque las bebidas de otros países no quedaron sometidas al mismo trato. Que el arancel del 50% sea la respuesta adecuada forma parte de una decisión política de Washington; lo verificable son la caída de las compras canadienses y la ausencia de marcas estadounidenses en buena parte de las tiendas del país.

En las cuentas de Brown-Forman, ese deterioro del comercio bilateral tiene un efecto directo. Canadá no explica por sí solo la debilidad de la compañía, pero sí le cierra uno de sus mercados de exportación más relevantes en un momento de menor consumo y de mayor cautela en el gasto de los hogares. Para el sector de bebidas, esa combinación puede traducirse en menos volumen vendido, presión sobre los márgenes y cambios en la planificación de inventario y distribución, sobre todo para las marcas que dependen del tránsito entre ambos países.

La Casa Blanca defiende que los nuevos aranceles servirán para compensar el perjuicio sufrido por los productores de EE UU y para presionar a Canadá con el fin de que retire sus vetos. La secuencia, sin embargo, ha funcionado hasta ahora de otro modo: los primeros aranceles estadounidenses provocaron represalias canadienses y esas represalias han terminado apartando a muchas marcas de los lineales y de los contratos de compra pública en las provincias.

Un análisis del Banco de la Reserva Federal de Chicago sobre las tres proclamaciones del 20 de julio calcula que las medidas abarcan cerca de 2.000 millones de dólares mensuales en importaciones canadienses, tomando como base los datos comerciales de mayo de 2026. Esa cifra equivale al 5,5% de todas las compras estadounidenses a Canadá en ese mes. La orden relativa al alcohol incluye cerveza, vino, whisky, ron, vodka y ginebra, pero también algunos bienes no alcohólicos y material de hockey. La orden sobre el automóvil llega a cientos de categorías arancelarias y alcanza además a productos agrícolas, ropa, muebles, joyería y equipamiento deportivo.

El efecto de este tipo de medidas no recae solo en las aduanas. Un arancel es un impuesto que pagan los importadores en frontera. Las empresas pueden asumir una parte del golpe, repartirlo a lo largo de la cadena con precios más altos o ajustar compras, orígenes de suministro y márgenes. La respuesta canadiense añade otro elemento, porque no se limita a encarecer un producto: en muchos casos lo saca del mercado al cortar compras institucionales y retirar referencias de las tiendas controladas por las provincias.

La dimensión del conflicto va más allá de Jack Daniel’s. EE UU y Canadá mantienen cadenas de suministro muy integradas en automoción, agricultura, energía y bienes de consumo, y la revisión del acuerdo entre Estados Unidos, México y Canadá prevista para 2026 añade presión sobre la relación comercial. Las nuevas medidas también alcanzan a un negocio de bebidas que comparte distribuidores, almacenes y contratos transfronterizos entre cerveza, vino y espirituosos, de modo que un cierre parcial del mercado canadiense para las marcas estadounidenses puede alterar precios y planificación en todo ese corredor.

Canadá ya ha anunciado aranceles de represalia por la última decisión de Washington, y la disputa puede extenderse a más sectores si las conversaciones siguen bloqueadas. Mientras tanto, Brown-Forman mantiene la previsión de que sus espirituosos producidos en EE UU no volverán a la mayoría de los estantes canadienses dentro de su ejercicio fiscal.

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