Un estudio vincula una mayor inteligencia con más conocimientos sobre vino

La relación fue más intensa entre quienes tenían experiencia profesional en el sector vitivinícola

Jueves 20 de Agosto de 2026

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Un estudio publicado el pasado 7 de agosto en la revista 'Intelligence & Cognitive Abilities' concluye que las personas con mayor puntuación en pruebas de inteligencia general tienden a saber más sobre vino. El trabajo, firmado por Maximilian Krolo, de la Universidad del Sarre, y Timothy C. Bates, de la Universidad de Edimburgo, intentó comprobar si esa relación aparece también en un campo muy concreto y con pocos incentivos externos, fuera de la escuela y del trabajo ordinario.

Los autores partían de una idea conocida en psicología: el IQ suele relacionarse con el rendimiento académico y laboral, pero en esos ámbitos hay recompensas claras, como notas, salario o promoción. Su pregunta era si esa asociación también se mantiene cuando se mide un conocimiento especializado que, para la mayoría de la población, no da una ventaja directa. Eligieron el vino porque obliga a aprender variedades de uva, regiones, procesos de elaboración, estilos y normas de servicio, pero no forma parte habitual de los estudios reglados.

La investigación se hizo con 525 participantes captados en la plataforma Prolific. La edad media era de 43,15 años. De ellos, 257 eran mujeres y 268 hombres. La mayor parte, 458 personas, dijo no haber trabajado nunca en el sector del vino. Otras 9 tenían experiencia básica en viñedo, importación o mayorista; 42 habían trabajado en servicio de vino, y 11 contaban con experiencia certificada en venta especializada. En cuanto al consumo, 131 se declararon abstemios, 152 dijeron que beben sobre todo cerveza y 238, vino. Algunos participantes no respondieron a todas las preguntas.

Para medir el conocimiento sobre vino, los investigadores usaron 68 preguntas tipo test adaptadas de materiales públicos del nivel 2 de la Wine and Spirit Education Trust, una certificación internacional conocida en el sector. No era el examen oficial, pero sí una batería basada en su temario. Las preguntas cubrían desde el viñedo y la vinificación hasta las denominaciones, los espumosos, los vinos generosos, la conservación y el maridaje. Entre los ejemplos incluidos figuran cuestiones sobre el papel del degüelle en Champagne, la importancia de la Malbec en Argentina o las condiciones adecuadas para guardar una botella cerrada con corcho.

La capacidad cognitiva se midió con tres subpruebas del ICAR, un conjunto abierto de test psicológicos. Los participantes resolvieron ejercicios de series de letras y números, razonamiento con matrices y razonamiento verbal. Con esas pruebas se construyó una puntuación compuesta de IQ, ajustada dentro de la muestra a una media de 100 y una desviación típica de 15. Todo el proceso se realizó en línea, en dos sesiones, sin recoger datos personales que permitieran identificar a los participantes.

El primer resultado fue claro: a mayor IQ, mayor puntuación en el cuestionario sobre vino. La relación fue β = 0,31, con un intervalo de confianza del 95% entre 0,22 y 0,39, y p

Cuando los autores añadieron la experiencia profesional en el sector, la relación entre inteligencia y conocimiento no desapareció. El nuevo modelo elevó la explicación de la variación hasta el 14,3% y mejoró el ajuste frente al modelo anterior, con F(2, 496) = 14,03 y p

El patrón no fue el mismo con el consumo. Beber vino se relacionó con una mayor puntuación en el cuestionario, con β = 0,35 y p<.001, pero esa variable no modificó el efecto del IQ. En otras palabras, quienes preferían el vino sabían más sobre el tema que los abstemios o quienes bebían sobre todo cerveza, pero el consumo por sí solo no amplificó la relación entre inteligencia y conocimiento. Ese modelo explicó el 13,4% de la variación.

En el análisis conjunto, que incluía al mismo tiempo experiencia profesional y hábitos de consumo, las tres variables mantuvieron relación con el resultado: IQ, β = 0,31; experiencia laboral, β = 0,15; y consumo de vino, β = 0,33, todas con p

Krolo y Bates interpretan que estos datos encajan con la idea de que la inteligencia general ayuda a adquirir y organizar información compleja también en campos muy específicos. A su juicio, el vino sirve como ejemplo útil porque combina geografía, taxonomías, memoria factual y clasificación, pero no ofrece para la mayoría de la gente una recompensa académica o económica directa. En esa lectura, la inteligencia no solo se asocia con saberes enseñados de forma reglada, sino también con aprendizajes que muchas personas desarrollan por interés propio.

El estudio, no obstante, tiene límites que los propios autores reconocen. La prueba de vino no fue el examen oficial supervisado de WSET, sino una adaptación basada en materiales públicos. Tampoco se evaluó la parte sensorial de la experiencia, como la cata, la memoria olfativa o la discriminación de aromas. Además, el diseño es transversal, de modo que permite medir asociaciones, pero no demostrar con certeza una relación de causa y efecto.

Los investigadores plantean que futuras investigaciones deberían afinar mejor la medida de la experiencia con el vino, tanto profesional como personal, y comprobar si el mismo patrón aparece en otros saberes de nicho, como la música clásica o la observación de aves. En este trabajo, el mensaje central es más acotado: en una muestra de adultos reclutados por internet, las personas con mayor puntuación en pruebas cognitivas obtuvieron también mejores resultados en un test teórico sobre vino, y esa relación fue mayor cuando existía experiencia laboral en el sector.

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