En el país de la reina mencía (Historia de la D.O. Valdeorras II)

Escrito porLuis Congil

Domingo 25 de Octubre de 2020

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EN EL PAÍS DE LA REINA MENCÍA

(HISTORIA DE LA D.O. VALDEORRAS II)

 

Las regiones vinícolas más afamadas suelen asociarse con el tipo de uva mayoritaria en sus caldos, como  Borgoña con el pinot noir La Rioja con el tempranillo. Y si una variedad tinta se relaciona con Galicia (y sus territorios hermanos del Bierzo) es la mencía. La auténtica reina de los tintos gallegos actuales  –afrutada, robusta, con gran potencial aromático- es una uva de "cultivo tradicional" en las viñas gallegas, y como tal es considerada como "autóctona". Sin embargo,  tras esta percepción contemporánea se esconde el papel crucial que jugó Valdeorras en la superación de la pandemia de la filoxera, y la historia de un adalid, un auténtico héroe fitosanitario, que con su lucidez consolidó la mencía en toda Galicia:  José Núñez Núñez, "don Pepito de Viloira".

Valdeorras salió el antiguo régimen "con más hambre que sed", según describe en 1770 el erudito Nipho Cagigal, puesto que la buena calidad del vino había provocado que el viñedo usurpase terrenos al necesario cereal.  Los viñuedos primitivos –alvarello y mouratón para los tintos, "verdello" (godello) para los blancos, según Antonio Casares (Observaciones sobre la vid en Galicia, 1843)- estaban libres de plagas graves  y de "pandemias" fitosanitarias que los esquilmasen. Los problemas  menores de conservación de los caldos (el "formigo", un proceso químico que estropeaba el vino en verano) se abordaban con "sahumerios de candellas de azufre", tal y como recomendaba el ilustrado padre Feijóo ( A. Castro Voces, 2006).

Pero la tragedia con mayúsculas llegaría en en 1885 en  forma de filoxera, Daktulosphaira vitifoliae,  descendiendo el  curso del Bibei, procedente del Valle del Támega, a dónde había llegado  a su vez desde Portugal  -entró por Vilardevós- dos años antes. Este insecto, un terrorífico "alien" con un  complicado ciclo de vida en cuatro etapas, se come las raíces de las cepas y las mata sin remedio, desatando una plaga devastadora.

En esta historia terrible de hambre y destrucción en el campo gallego, el héroe acabaría siendo un médico, "don Pepito de Viloira", como era conocido cariñosamente.  José Núñez Núñez (Viloira,1858 - O Barco, 1932) fue un visionario, un humanista adelantado a su tiempo que aceleró varias décadas la cura en Galicia  de la apocalipsis vitícola que trajeron los tres jinetes del oidium, el mildeu y la filoxera.  Incluso fue nombrado Caballero de la Orden de Isabel la Católica por sus méritos en favor de la agricultura, reconocimiento que, como republicano de profundas convicciones, rechazó.

El médico de las viñas

Licenciado en Medicina en Madrid en 1882, tuvo ocasión de visitar en la capital la Exposición Vinícola Nacional de 1877, que por Real Decreto de 15 de semptiembre de 1876  pretendía "dar a conocer las clases de mostos, madres, vinazas, heces, posos y caldos que se forman y extraen de los productos" de una agricultura española que se desperezaba hacia el resto de Europa. Aquel foco de modernidad enológica, inaugurado el 1 de abril de 1877, dejó un hondo poso de "revolución víticola" en las grandes zonas productoras de España, como La Rioja o Toro.

Y también hizo mella en José Núñez Núñez. Republicano, médico y cosechero de vino –cuando el nombre no tenía el matiz peyorativo posterior- absorbió como una esponja las nuevas técnicas. En la época en que en "El Eco de Ourense" se podía leer "el valle de Monterrey y Valdeorras están de luto porque les amenaza la miseria",  José Núñez se volcó en encontrar una terapia para la filoxera que alcanzaba a los viñedos.

En busca de un remedio, viajó desde su O Barco natal a Logroño para empaparse de los tratamientos, todavía inciertos, que se aplicaban en la Europa perpleja por la pandemia fitosanitaria. Acompañado de su vecino Dario Fernández Crespo, conoció baño de sulfuro de carbono  y el proceso de inundación radical de las viñas. Eran los métodos más punteros, pero carísimo el primero e  inaplicable el segundo en las pendientes valdeorresas, no eran viables en su comarca natal. Sin embargo, sí lo era el definitivo injerto con vitis americana, resistente al insecto, y Núñez se hizo un verdadero experto la técnica.

Ávido colaborador de diarios y revistas como "La Zarpa", "El Miño" o "Vida Gallega",  comenzó a divulgar desde sus páginas la técnica del injerto con pies inmunes a la filoxera, y a plantarlos él mismo en su finca de Viloira. Desde allí  distribuyó numerosos ejemplares injertados. Los pies de vitis americana (principalmente Vitis riparia Gloria de Montpellier, Vitis riparia rupestris, Vitis rupestris de Lot Aramón y Chaseelas x Berlandieri) fueron combinados con las garnacha común y tintorera, jerez, tempranillo, tinta aragonesa y una variedad versátil y de calidad, presente antes –presumiblemente- en el Bierzo y otras zonas de Galicia y del norte de Portugal: la mencía.

Al llegar a este punto, los matices de la historia adquieren tonos imprecisos. La familia Gurriarán, una influyente casta de empresarios, políticos e historiadores valdeorreses, envió a finales del siglo XIX  a varios de sus miembros a América en busca de portainjertos, para obtener material propio con que combatir la plaga. No en vano, los Gurriarán habían sido pioneros en la presentación de sus vinos en las exposiciones nacionales e internacionales (París, 1867, Madrid, 1877) y estaban al corriente de las nuevas técnicas regeneradoras del viñedo.

Según algunas fuentes, estas vitis americanas serían las que usaron José Núñez y Dario Fernandez en sus fincas de Viloira y Vilamartín de Valdeorras como portainjertos. Otro pionero fue Justino Ferrándiz, perito agrícola,  en la misma zona.  Las varas las habrían importado de Francia, supuestamente de la variedad cabernet frac. Esta hipótesis, la de la afinidad mencía-cabernet franc, estuvo en boga durante el siglo XX, aunque hoy está totalmente descartada a la luz de la genética.

La otra hipótesis es que la mencía que se injertó en los patrones experimentales procedía del entorno de José Núñez.  Hubiesen llegado las varas del cercano Bierzo o de cualquier parte de Galicia, lo único que podemos afirmar hoy con total rotundidad es que la variedad estaba extendida en Ourense, Pontevedra -Caldas de Reis- y Lugo en una época tan temprana como el año de inicio de la primera guerra mundial (Nicolás García de los Salmones, "Memoria General de las Sesiones del Congreso y Ponencias Presentadas. Congreso Nacional de Viticultura, Pamplona, 1914). Según Emilia Díaz,  de la Estación de Viticultura y Enología de Galicia (EVEGA), se la puede calificar como uva "de cultivo tradicional en Galicia", lo que supone un leve matiz restrictivo sobre el calificativo "autóctona.

Genéticamente, según la propia EVEGA, la mencía pertenece al linaje del merenzao (sinónimo de la trousseau francesa), uno de los dos que  –el otro es el de la caíño- son los antecesores de las variedades gallegas actuales.

Cuál fue el proceso de evolución de la mencía, si procede de hibridaciones locales con especies aportadas por las órdenes religiosas o por el Camino de Santiago a lo largo de la historia, y el grado e intensidad de estas aportaciones genéticas  es aún  terra incognita: el adn acabará dando la respuesta.

En todo caso, los nuevos injertos permitieron replantar, en un esfuerzo ímprobo, todas las viñas de Galicia (y de Europa)  y ponerlas a salvo del insecto. Durante este proceso, tan titánico como ineludible, los pies americanos injertados con mencía habrían popularizado esta potente variedad en las viñas gallegas.  Finalmente, esta variedad con nombre de reina (fue uno de los más populares de las nobles medievales) llegó,  desde Valdeorras, a reinar en todas las zonas vitícolas de Galicia.

Un nacimiento adelantado

La temprana llegada del ferrocarril  en 1883 (en relación a otras comarcas de Galicia) y la buena conexión de ciertos empresarios con la modernidad enológica, con premios como los recabados por los hermanos Gurriarán en la Exposición Nacional Vitícola de 1877 e incluso en la Exposición Universal de París en 1867, supusieron un vector de innovación para que la viticultura Valdeorresa desembarcase despierta en el siglo XX.

Quizá  fue esta visión global la que permitió que, una vez superada la crisis de la filoxera, el viñedo experimentase un amplio crecimiento  en la primera mitad del siglo XX, hasta recuperar una gran parte de su anterior potencial. Las grandes producciones de los graneleros fueron una constante en los abastos de vino, que partían hacia zonas de A Coruña, Santiago, Lugo y Ourense, donde las variedades mayoritarias (jerez en blanco y garnacha tintorera en tinta) eran muy valoradas por coincidir plenamente con el gusto y patrones de consumo del momento. De hecho, estas variedades seguirían siendo ampliamente mayoritarias hasta la llegada  del siglo XXI.

La génesis de la Denominación de Origen Valdeorras es relativamente temprana –la segunda de Galicia, tras O Ribeiro, de 1932- y se reguló en 1945 en la Orden del 27 de julio del Ministerio de Agricultura, que protegía el uso del nombre geográfico "Valdeorras" y constituyó el Consejo Regulador. Habría que esperar a 1957 por su primer reglamento, que fijaría sus uvas blancas como "jerez y godello", y las tintas como "garnacha, alicante, mencía y gran negro", señalando como zonas productoras los municipios e O Barco, A Rúa, Vilarmarín, Rubiá, Larouco, Petín, O Bolo y Carballeda.

La generación de los primeros marcos de calidad  aupó y estandarizó la demanda, propiciando el cooperativismo. En el último tercio del siglo XX  nacieron la Cooperativa Jesús Nazareno (O Barco), la Cooperativa Virgen de las Viñas (A Rúa) y la Santa María de los Remedios (Larouco). El asociacionismo productivo impulsó la modernización de las explotaciones y el grado de cualificación de todos y cada uno de los estamentos vitivinícolas.

Fruto de esta época fueron vinos que se convirtieron en  difusores externos de la imagen de Valdeorras,  como los  "Menciño", de la Cooperativa Jesús Nazareno, o los "Pingadelo" –mencía e godello- de la Cooperativa Virgen de las Viñas de A Rúa. Del cooperativismo surgieron también, en el ámbito empresarial, figuras como el abogado laboralista Joaquín Rebolledo, que abandonó esta última asociación a finales de los 80 y construyó, con su propio nombre, uno de los referentes más reconocibles y premiados de la comarca.

Godello: resurección y gloria

El catedrático de Química Antonio Casares, en su obra "Observaciones sobre el cultivo de la vid en Galicia", editado en Santiago en 1843, ya menciona a la uva godello, aunque bajo su sinonimia de "verdello". Esta uva  -"potencialidad aromática alta, con aromas frutales de pera, manazana, y con matices vegetales de heno y de boj", según la descripción oficial de la EVEGA- ya obtuvo un gran éxito en la mencionada Exposición Vitícola Nacional de 1877 (Castro Voces, 2006), pero la filoxera la relegaría  a un segundo plano en detrimento de la jerez. Sin embargo, la historia de su resurrección y retorno –hoy es mayoritaria incluso entre las blancas de otras DO, como Monterrei- cubierta de gloria y premios, es una de las más edificantes del vino en Galicia.

Esta historia es el relato  de un proyecto, un sueño, que tuvo por nombre un sonoro acrónimo: "Revival", es decir, la iniciativa de "Reestructuración del Viñedo de Valdeorras". Cuentan los que vivieron el proceso que este programa, pionero en toda España, surgió para contestar a las preguntas "¿porqué muere el viñedo Valdeorrés?¿Porqué es tan poco rentable la producción del vino?", (Castro Voces, 2006).

Y el hombre que supo dar respuesta a estas preguntas fue el jefe del Servicio de Extensión Agraria de O Barco, Horacio Fernández Presa. Contó con el  inestimable apoyo de Luis Hidalgo, por entonces presidente del Instituto de Investigaciones Agrarias, y con innumerables colaboradores y productores que creyeron en el proyecto Revival.

El plan se diseñó en 1974, con un sondeo sobre la propia percepción de los agricultores sobre rendimientos y comportamiento de las distintas variedades, para desplegar entre 1975 y 1976 un enorme trabajo de plantación de injertos de godello, recogiendo una incipiente primera cosecha piloto de 4.000 kilogramos.

El posterior trabajo de promoción e implantación de las variedades autóctonas fue inmenso, y tuvo sus dificultades, complicidades y también altibajos. El papel de la Denominación de Origen fue también muy importante, con momentos de gran implicación como en el impulso normativo y pedagógico de la etapa del cambio de milenio, bajo la presidencia de Antonio Raluy, que consiguió afianzar el camino andado y prepararse para el renacimiento y la vuelta a a una "edad de oro" de reconocimientos y cotas de calidad antes impensables.

Así, si en 2000 la variedad blanca mayoritaria era el jerez o palomino, con el 90% de la producción, y la variedad tinta más extendida era la garnacha tintorera o alicante, dos décadas después, según los datos oficiales de 2020, la principal sigue siendo blanca, pero ya no es la jerez (274.133 kilogramos)  sino la godello, con 3.529.060 kg.

Lo mismo pasa con las tintas, siendo la mayoritaria la mencía, con 1.286.289 kilogramos en 2020, frente a los 334.576 kilogramos de la garnacha. Los vinos de Valdeorras son hoy un referente de los caldos de Galicia, y recogen premios en todo el mundo, figurando en el punto de mira de enólogos y proyectos singulares.  Todo un cambio de tornas en lo que va de siglo, viraje que nació de manos del proyecto Revival.

Laderas entre ríos

La DO Valdeorras está conformada por  1.156 hectáreas de viñedos, con pronunciadas pendientes fluviales a la izquierda del Sil y más suaves a la derecha, complementadas por la irrigación de otros ríos menores, como son el Xares, el Bibei, el Cigüeño y el Casaio.  Con presencia de bancales en el los dos primeros, y más viñas de ladera en O Bolo, Larouco, Rubiá y Carballeda, cuentan con suelos bien drenados, orientados al sur y de naturaleza diversa, con firmes aluviales, arcillo-ferrosos, pizarrosos, graníticos y calizos.

El territorio de la Denominación de Orixe Valdeorras está trabajado hoy por 43 bodegas, que ocupan a 1.200 viticultores y que produjeron 5,5 millones de toneladas de uva en 2020, por debajo de los históricos 6,8 millones de 2019. El valor estimado de la denominación de origen es de 18 millones de euros.

Hoy en día, figuras de renombre internacional, como el enólogo Rafael Palacios, se han visto atraídos por el inconfundible carácter de los vinos valdeorreses y se han enamorado del godello y del terroir, desarrollando en los valles del Sil y el Bibei sus proyectos. Rafael Palacios, hijo y hermano de innovadores históricos –su padre, José Palacios Remondo, fundador de las bodegas del mismo nombre en La Rioja, y su hermano, Álvaro, creador del inimitable L´Ermita- elabora desde el Val do Bibei-O Bolo vinos alabados en todo el mundo, parte de ellos en cultivo biológico.

Con elaboradas producciones a base de godello como  "As sortes",  abonado a los "+ 90" en las guías Peñin, Wine Advocate o Wine Spectator, ha llegado a ver su cosecha de 2005 declarada  "vino para la historia" y "mejor vino de España" por la guía Peñín.

Admirados de las posibilidades de la tierra de los antiguos gigurri, han desembarcado también en Valdeorras personalidades del mundo del vino como el enólogo licenciado en Burdeos Telmo Rodríguez, con "Gaba do Xil" blanco y tinto, o la emblemática Pago de Los Capellanes con "Luar do Sil", Cune con "Rosa Rivero" o la propia Coopertiva Vitivinícola de O Ribeiro, comprando la antigua bodega Don Mario, en Larouco.

Ante este panorama, José Núñez, Horacio Fernández Presa y todos los soñadores del proyecto Revival estarían orgullosos de la proyección que ha alcanzado, gracias a sus sueños y su trabajo, la Valdeorras actual.

Salud y viejas historias, desde el Museo do Viño de Galicia.

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