Un buen restaurante... hasta que llegamos al postre

Javier Campo

Martes 16 de Julio de 2019

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La insultante técnica de vender un postre comprado como casero

Parece que, en conjunto, todo va bien en este restaurante. La comida está buena, el local es bonito, buen ambiente, el vino es correcto... ¿y al llegar el postre?

Pues al llegar al postre, se ha desinflado todo como un globo. Me explico. Tal y como comento, hay restaurantes que se preocupan por tener una u otra receta que les diferencie de otros. Para no ser más de lo mismo. La imaginación y el producto brillan y nos encontramos ante gratas sorpresas.

Se ha invertido en la vajilla utilizada y buscan que el plato en sí, el emplatado y la presentación sean atractivos. Incluso, los más atrevidos, cambian alguna textura o sustituyen algún elemento de una receta clásica por algo menos ortodoxo, que resulta un elemento diferenciador cautivador para el cliente.

El local es fantástico. El personal de servicio es agradable y van bien uniformados. La luz es cálida y acogedora, y la música de ambiente está bien elegida a un volumen correcto.

Hemos encontrado una carta de vinos corta, pero acorde a la comida y los precios son correctos. Las copas también son correctas y la temperatura de servicio es buena.

Acabamos de comer o cenar y nos traen la carta de postres. Y ahí se desata la hecatombe. Primero porque te traen una de esas cartas de una conocida marca de helados con fotografías de sus polos y cornetes y, como no, tarta al whisky, crocanti, y al final, con esas frutas congeladas o con un personaje de Disney con tarrina de vainilla dentro. Detrás, un rotulado a modo de título nos cautiva por su mensaje: POSTRES CASEROS.

Las opciones dependiendo del local, varían y se mueven entre tarta de queso casera, tarta de chocolate casera, flan casero, helados caseros de varios sabores... todo muy casero.

Por favor. Da un poquito de grima utilizar el término vino de la casa y no vino recomendado (porque todos sabemos la historia de por qué se llamaba vino de la casa, ¿no?). Pero es insultante utilizar el término "casero" como técnica de venta para un postre comprado y por el que además te cobran una pasta como si realmente lo hubiese elaborado el equipo de cocina.

Después de todo el esfuerzo demostrado hasta el momento del postre ¿realmente sacrificas tu negocio por cortar un trozo de tarta congelada y poner un chorro de nata en spray? Es un poco lastimoso.

No pensemos que esto ocurre solo en locales de menú diario barato. Ocurre también en restaurantes en el que el ticket medio es alto y el precio del postre también, lo que aun lo convierte en un mayor delito gastronómico.

Las soluciones pasan por varias opciones, pero se resumen prácticamente en dos: la primera es elaborar los postres con el mismo cuidado y cariño que el resto de los platos porque también es parte del menú y también es parte de tu negocio. Y la segunda y más fácil, no intentes engañar a nadie, sobre todo de una manera simple y burda poniendo el apellido casero a algo que no lo merece.

Javier Campo
Sumiller y escritor de vinos

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