Miércoles 09 de Septiembre de 2026
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La superficie es mínima incluso dentro del mapa vitivinícola argentino. Lo interesante aparece cuando se dejan de mirar las hectáreas y se empieza a seguir lo que ocurre con esas botellas.
En Trevelin, cerca del paralelo 43° y de la frontera con Chile, las heladas acompañan buena parte del ciclo de la vid. Emmanuel Gómez, enólogo que trabaja con varios proyectos de la zona, relata temporadas con alrededor de treinta episodios. En Viñas del Nant y Fall utilizan aspersión para proteger las plantas: cuando baja la temperatura, el agua se congela sobre ellas mientras los aspersores continúan funcionando.
Más hacia el este aparecen la estepa, el viento, las grandes distancias y viñedos donde algunas elaboraciones se cuentan por cientos de botellas. Hacia el sur, junto al lago Musters y cerca de los 45°30', Otronia trabaja unas 50 hectáreas y lleva sus vinos a mercados internacionales. En la costa, Bahía Bustamante llevó la vid prácticamente hasta el Atlántico. Paisajes y escalas muy diferentes que conviven dentro de esas 122,4 hectáreas.
Una historia recienteLa historia comercial del vino en Chubut tiene poco más de veinticinco años. En enero de 2000, el ingeniero agrónomo y enólogo Darío González Maldonado llegó a El Hoyo para trabajar en Patagonian Wines. En 2006 aquella experiencia produjo unas 3.000 botellas de Merlot. Desde entonces siguió vinculado a muchos de los proyectos que fueron apareciendo en la provincia.
El crecimiento tuvo características propias. Familias que plantaron unas hileras junto a sus casas, productores que comenzaron con material proveniente de otros viñedos y experiencias que permitieron entender qué podía funcionar en lugares donde había pocos antecedentes. El conocimiento circuló de finca en finca, muchas veces con los mismos técnicos y enólogos recorriendo largas distancias.
Trevelin permite seguir buena parte de ese proceso. La familia Rodríguez llegó desde Mar del Plata en 2009 al campo donde hoy está Viñas del Nant y Fall. Primero tuvieron que recuperar un terreno cubierto de rosa mosqueta. Las vides llegaron después y la primera vendimia ocurrió en abril de 2016.

Con el tiempo fueron apareciendo Casa Yagüe, Contra Corriente, Baruk, Entre Senderos, Callejón del Viento, Valle del Guardián y otros proyectos. Algunos sumaron bodega, gastronomía y alojamiento; otros continúan trabajando superficies muy pequeñas. En 2020 Trevelin obtuvo su Indicación Geográfica.
De la cordillera a la estepaAl salir de Trevelin hacia el este, el paisaje cambia rápido. El verde cordillerano queda atrás, la estepa se abre y las distancias empiezan a sentirse de otra manera.
En Gualjaina, Mariano Miretti y Alejandra González desarrollaron Cielos de Gualjaina con muy pocos antecedentes vitivinícolas cercanos. Algunas partidas de Chardonnay estuvieron alrededor de las 300 botellas; un Gewürztraminer pasó por ánforas de gres fabricadas en Chubut y ciertos vinos elaborados con uvas antiguas de la zona existieron en cantidades todavía menores.

Muy cerca, Daniel Fermani y Laura Galdámez hicieron otro recorrido. Primero estuvo Mirador Huancache, su proyecto de alojamiento. Después llegaron las vides, la pequeña bodega y una cava construida debajo del terreno. En Viñas de Huancache el Chardonnay se puede probar frente al mismo paisaje donde nació.
Para producciones de esta escala, recibir visitantes abre una forma directa de comercializar el vino y contar su origen. En un territorio donde mover unas pocas cajas puede significar recorrer cientos de kilómetros, esa cercanía tiene un valor concreto.
Más al sur, cerca de los 45°30' de latitud, Sarmiento muestra otra dimensión. Otronia comenzó a plantar en 2010 y hoy trabaja alrededor de 50 hectáreas de viñedo orgánico junto al lago Musters. Dentro de una provincia que suma 122,4 hectáreas, la proporción permite entender rápidamente su importancia.
Chardonnay y Pinot Noir encontraron allí condiciones especialmente interesantes. La bodega fue pensada para trabajar en un ambiente exigente y sus vinos consiguieron reconocimiento y presencia en mercados internacionales. Sarmiento obtuvo su Indicación Geográfica en 2023.
Otronia también ayuda a entender la diversidad de escalas que conviven en Chubut. A unas partidas de 300 botellas elaboradas en Gualjaina se contrapone un proyecto de 50 hectáreas con estructura exportadora. Ambos forman parte de una provincia donde el volumen disponible sigue siendo pequeño frente a las grandes regiones vitivinícolas argentinas.
De los Andes al AtlánticoHacia el norte, El Hoyo conserva un lugar importante en esta historia. Allí comenzaron algunas de las primeras experiencias comerciales de Chubut y allí trabajó González Maldonado cuando llegó a la provincia.

La Comarca Andina fue sumando pequeñas plantaciones, productores vinculados a la fruta fina y experiencias que fueron mostrando nuevas posibilidades. En Lago Puelo, Mónica Puente elaboró junto a Darío un espumante experimental de Merlot en Casa Redonda. Salieron apenas 18 botellas. Detrás de esa cantidad hubo una cosecha, elaboración, segunda fermentación, tiempo y trabajo. El Hoyo obtuvo su Indicación Geográfica en 2023, más de dos décadas después de aquellas primeras experiencias.
El recorrido continúa siguiendo el río Chubut hacia el este. En el Valle Inferior, Bardas al Sur comenzó a plantar Malbec y Pinot Noir en 2012 después de experiencias técnicas junto al INTA. Las heladas tardías y el viento plantearon allí otras dificultades para el cultivo.
Más hacia el este aparece finalmente el Atlántico. En Bahía Bustamante comenzaron en 2018 los ensayos que dieron origen a Vino de Mar. Semillón y Pinot Noir estuvieron entre las primeras variedades y posteriormente se sumó Albariño. Allí la vid aparece en un paisaje de estepa y costa que amplía todavía más el mapa vitivinícola de la provincia.
En poco más de 120 hectáreas Chubut reúne cordillera, estepa, meseta, oasis interiores, valle fluvial y costa atlántica. Patagonia austral sirve para ubicarla; recorrerla permite entender la diversidad que existe dentro de esa definición.
De producir poco a construir valorUna hectárea necesita poda, cuidados, protección contra las heladas, vendimia y elaboración aunque el resultado final sean unas pocas centenas de botellas. Después hay que embotellar y mover esas cajas a través de distancias patagónicas. Una helada puede reducir todavía más una cosecha sobre la que ya resulta difícil repartir los costos.
Varios proyectos encontraron en la gastronomía y el turismo una manera de ampliar lo que ocurre alrededor de la botella. En Nant y Fall se puede recorrer el viñedo, comer y probar los vinos donde fueron producidos. En Huancache, alojarse y sentarse frente a la estepa con una copa de Chardonnay.

La mesa chubutense aporta productos de mar, cordero, truchas, frutas finas, hongos, quesos, huertas, algas y sales marinas, dentro de una cocina atravesada por las comunidades originarias, la inmigración galesa y otras corrientes que fueron dejando su huella. El vino llegó bastante después y fue encontrando su lugar dentro de esa trama.
Para una pequeña bodega, vender una botella a quien llegó hasta el viñedo acorta enormemente el recorrido comercial. También permite mostrar las plantas, hablar de la cosecha y abrir una partida de la que quizás existen unas pocas centenas de unidades. Varias bodegas encontraron además lugar en restaurantes y vinotecas, mientras otras comenzaron a exportar.
La escala explica buena parte de los costos, aunque después hay que abrir la botella. Hacer 300 botellas no garantiza calidad y una vendimia difícil tampoco mejora el vino. Los reconocimientos que fueron recibiendo proyectos como Otronia, Casa Yagüe o Cielos de Gualjaina ayudaron a poner nombres como Trevelin, Gualjaina y Sarmiento delante de consumidores que probablemente nunca habían escuchado hablar de ellos.
La exportación puede cumplir una función parecida. Para un productor que dispone de unas pocas centenas o miles de botellas, encontrar compradores que entiendan el origen y estén dispuestos a pagar por esa singularidad resulta especialmente importante. Un vino escaso, costoso de producir y difícil de reponer necesita competir por algo más que precio.
Las Indicaciones Geográficas de Trevelin, Sarmiento y El Hoyo también forman parte de ese recorrido. El nombre en la etiqueta adquiere peso cuando el lugar empieza a significar algo para quien compra la botella.
Crecer sin hacerse necesariamente más grandeChubut seguramente sumará nuevas hectáreas. Hay proyectos jóvenes, nuevas plantaciones y productores que todavía están probando variedades y lugares.

En poco más de veinticinco años también aparecieron otras formas de crecer. Nant y Fall integró vino, gastronomía y visitantes en Trevelin. Una pequeña bodega de Gualjaina puede encontrar mercado para una partida de pocas centenas de botellas. Otronia lleva el nombre de Sarmiento a destinos donde hasta hace pocos años pocos imaginaban encontrar viñedos.
Hoy Chubut tiene 122,4 hectáreas de vid. Pinot Noir ocupa 46,2 hectáreas, el 37,7% de la superficie provincial. Son números pequeños dentro del vino argentino, pero alcanzaron para sumar nuevos nombres al mapa de la Patagonia austral.
En un territorio donde el volumen tiene límites bastante evidentes, cada botella necesita razones para ser buscada. La calidad, el origen, la gastronomía, el paisaje y la hospitalidad fueron sumando esas razones.
Más de veinticinco años después de aquellas primeras experiencias comerciales en El Hoyo, es probable que en algún rincón de Chubut alguien esté preparando otro pequeño lote de tierra para plantar unas pocas centenas de vides.
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