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Las bodegas del Marco de Jerez poseen un lenguaje que pasa desapercibido para la mayoría de los visitantes. Sobre las botas aparecen trazos, círculos, palmas, cruces y otros signos dibujados con una simple tiza blanca que, lejos de ser anotaciones improvisadas, forman parte de un sistema de comunicación tan antiguo como ingenioso. Un código nacido del trabajo cotidiano de los capataces que ha acompañado a varias generaciones de bodegueros y que hoy constituye una singularidad más de la cultura del vino de Jerez.
Quien visita una bodega suele fijarse en la monumentalidad de las naves de crianza, en el aroma que desprenden las botas o en la penumbra que envuelve las andanas. Sin embargo, basta acercarse a una de esas botas para descubrir una pequeña inscripción realizada con tiza. Puede parecer una simple marca, pero detrás de cada símbolo existe una decisión técnica que difícilmente puede encontrarse en otra región vitivinícola del mundo.

Este lenguaje surgió por pura necesidad. Durante siglos, la bota no solo fue el recipiente donde envejecían los vinos, sino también donde fermentaban, se encabezaban, se trasegaban y permanecían durante buena parte de su elaboración. Cada vendimia llenaba las bodegas con cientos de botas que debían identificarse rápidamente para saber cuál era el destino previsto para cada vino.
En una época en la que no existían depósitos de acero inoxidable, etiquetas adhesivas ni sistemas informáticos de control, la solución fue tan sencilla como eficaz: la tiza. Fácil de aplicar, de borrar y de corregir cuando era necesario modificar una decisión, se convirtió en la herramienta habitual de capataces y enólogos para comunicar al resto del personal el futuro de cada partida de vino.
No cualquiera podía escribir sobre una bota. Aquellos signos representaban decisiones importantes dentro del proceso de elaboración y únicamente las personas responsables de la crianza tenían autoridad para trazarlos.
En realidad, el llamado lenguaje de la tiza es el reflejo visible de una de las grandes particularidades de los Vinos de Jerez: su enorme capacidad para transformarse. A partir de una misma variedad de uva —la Palomino— y de un territorio muy definido, los enólogos toman una sucesión de decisiones que conducirán el vino hacia perfiles completamente distintos. Esas decisiones, quedan resumidas en unos pocos símbolos sobre la madera.

Resulta fascinante pensar que un simple trazo de tiza pueda condensar meses de observación y experiencia. Detrás de cada marca hay catas, controles, conocimiento del viñedo, comprensión del comportamiento del velo de flor y una larga tradición transmitida de maestro a discípulo. En cierto modo, esas pequeñas señales son la traducción gráfica de un saber que rara vez aparece en los libros, pero que ha sido esencial para construir la personalidad de los vinos.
Aunque hoy las bodegas disponen de tecnologías capaces de controlar con precisión cada depósito, el lenguaje de la tiza no ha desaparecido. Continúa utilizándose porque forma parte de la identidad del Marco de Jerez. Es un ejemplo de cómo la tradición y la modernidad pueden convivir sin excluirse.
Como ocurre con cualquier lenguaje, tampoco existe una gramática completamente cerrada. Hay símbolos compartidos por prácticamente todas las bodegas y otros que cada casa ha desarrollado para responder a sus propias necesidades. Algunas utilizan determinadas marcas para diferenciar selecciones especialmente finas; otras incorporan signos propios para organizar sus sistemas de crianza.
Precisamente esa ausencia de normas escritas añade un atractivo especial. El conocimiento se ha transmitido tradicionalmente de generación en generación, de capataz a capataz, enriquecido con la experiencia de cada bodega. Por eso todavía hoy pueden encontrarse pequeñas diferencias entre unas casas y otras, sin que ello altere la esencia de un sistema que todos reconocen como propio.
Más allá de su utilidad práctica, estas inscripciones constituyen una memoria material de la historia del vino de Jerez. Son pequeñas anotaciones efímeras, destinadas originalmente a desaparecer con el tiempo, que sin embargo han terminado convirtiéndose en uno de los símbolos más reconocibles de la cultura bodeguera jerezana.
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