Viernes 19 de Junio de 2026
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La Organización Mundial de la Salud en Europa mantiene su presión para que todas las bebidas alcohólicas, incluida la cerveza, incorporen advertencias sobre el riesgo de cáncer en sus etiquetas, una línea de actuación que ha reabierto el debate entre salud pública e industria sobre si estas menciones sirven para informar al consumidor o buscan reducir el consumo mediante mensajes de impacto.
La posición del organismo parte de enero de 2023, cuando defendió que no existe un nivel seguro de consumo de alcohol y pidió avisos sobre cáncer en todas las bebidas alcohólicas. El director regional de la OMS para Europa, Hans Henri Kluge, sostuvo entonces que esas etiquetas eran necesarias para “dar a las personas información vital” con la que tomar decisiones informadas, ante el escaso conocimiento social sobre la relación entre alcohol y cáncer.
El debate no es nuevo. La investigadora Creina Stockley, codirectora del International Scientific Forum on Alcohol Research, sitúa el cambio de enfoque en salud pública tras las restricciones al tabaco aplicadas en muchos países desde los años 2000. A su juicio, una parte del trabajo político y científico que antes se centraba en el tabaquismo pasó después al alcohol, también por su vínculo con el cáncer.
Las advertencias en bebidas existen desde finales de los años ochenta, aunque no siempre con el mismo objetivo. En Estados Unidos se impuso en 1987 la mención “Contains Sulfites” en las etiquetas del vino. Durante años se generalizaron además los avisos contra el consumo durante el embarazo o antes de conducir. La primera referencia expresa al cáncer en bebidas alcohólicas llegó en Corea del Sur en 2016.
Uno de los precedentes más citados es el ensayo realizado en noviembre de 2017 en Yukon, Canadá. El profesor Tim Stockwell explicó en una entrevista posterior que aquella prueba incluyó una etiqueta amarilla con el mensaje “Alcohol can cause cancer” y que las ventas bajaron más de un 6%. Las empresas afectadas rechazaron tanto la forma como el fondo del experimento y presionaron para que la autoridad local retirara la iniciativa. En Canadá sigue su tramitación un proyecto de ley sobre este tipo de etiquetado en el Senado, aunque el profesor Dan Malleck, del departamento de ciencias de la salud de Brock University, considera que tiene pocas opciones de salir adelante.
El caso más observado por el sector europeo es Irlanda. El país iba a convertirse este mayo en el primero de Europa occidental en obligar a incluir advertencias sobre cáncer en todas las bebidas alcohólicas dentro de la Public Health (Alcohol) Act 2018. Alcohol Action Ireland defendía esa vía como una referencia para otros países. Su directora ejecutiva, Sheila Gilheany, llegó a afirmar que otros gobiernos seguían con atención la experiencia irlandesa y podían seguir ese camino.
Sin embargo, la entrada en vigor se ha aplazado hasta septiembre de 2028. Algunas botellas procedentes de Nueva Zelanda llegaron a venderse ya en Irlanda con una advertencia visible sobre la relación directa entre alcohol y cáncer mortal, pero la norma no se aplicará por ahora al conjunto del mercado. Una fuente del sector citada por medios especializados atribuye parte del retraso a la presión de Estados Unidos, que habría interpretado esta exigencia como una barrera comercial no arancelaria y habría amenazado con represalias.
La industria confía en que Dublín busque una salida coordinada en la Unión Europea. En ese escenario, los grandes países productores de vino, como Italia, podrían bloquear cualquier referencia obligatoria al cáncer. Gilheany rechaza esperar a Bruselas y sostiene que Irlanda debería seguir adelante por su cuenta.
La incertidumbre afecta ya a importadores, distribuidores y fabricantes. Ignacio Sánchez Recarte, secretario general del Comité Européen des Entreprises Vins, advierte de que 2028 está muy cerca para un producto con rotación lenta y afirma que algunos importadores y minoristas empiezan a pedir a las bodegas que no incorporen todavía esas etiquetas. También apunta a que, si varios países aprueban normas nacionales distintas, el propio sector podría acabar reclamando una armonización europea.
Para cerveceras, bodegas y productores de espirituosos, esta discusión tiene efectos potenciales inmediatos sobre envases, planificación comercial y cumplimiento normativo. Si prosperan leyes nacionales o europeas con mensajes sanitarios obligatorios, las empresas tendrían que adaptar diseños, tiradas y mercados de destino, con impacto posible en sus decisiones industriales y en sus gastos operativos.
Stockley plantea además una cuestión de fondo: qué se considera éxito en esta política. A su juicio, si el objetivo es informar al consumidor pueden bastar etiquetas moderadas; si lo que se busca es reducir el consumo medible de alcohol, la experiencia del tabaco apunta a avisos cada vez más grandes, visibles e incluso gráficos. Ese será uno de los principales puntos de discusión sobre regulación del alcohol durante los próximos años.
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