El difícil arte de acertar a ciegas

La experiencia demuestra que conocer marcas exige memoria y consumo frecuente, no solo formación técnica

José Peñín

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El próximo día 22 de febrero se celebrará el encuentro Premio Cata por Parejas que organiza Vila Viniteca. Desde hace 18 años se pone a prueba la capacidad de los concurrentes de adivinar a ciegas el origen, tipo de uva, cosecha, bodega y marca del vino. Ahí es nada.  Nunca he visto un entusiasmo tan grande entre los asistentes por catar vinos, porque también se aprende comparando distintos modelos y orígenes. Además, al ser dos catadores por mesa se ayudan entre ellos.

Al margen de un sorprendente interés juvenil por el vino, se entrecruza esa afición tan española al juego, en este caso sensorial, de lucirse por el acierto. No existe nada más apasionante que presumir de conocer la marca sin ver la etiqueta. Muchos confunden el saber de vinos con esta práctica, cuando en realidad, es el fruto de un conocimiento de las marcas, bebiéndolas con cierta frecuencia, como son los sumilleres y grandes compradores aficionados. No obstante, son una minoría los que llegan a identificar marca y bodega de algún vino y por ello los premiados son los que tienen menos errores.

Mecánica del acierto-desacierto

En la actualidad, es muy difícil trazar un retrato robot de los diferentes vinos del mundo. La fuerza del estilo diseñado por el enólogo es más poderosa que los que ejerce el geoclima, incluso la variedad.  Los modelos clásicos de los orígenes y de las variedades se desvían sobre todo ante la poda, momentos diferentes de vendimia, el sortilegio de las levaduras y el enmascaramiento de las barricas nuevas y usadas de diferentes tostados y volúmenes, que son elementos en poder del enólogo. Los grandes vinos son el fruto de un trabajo humano y, por lo tanto, de la capacidad de diseño. Los creativos vitivinícolas se empeñan en hacer el mejor vino sin ajustarse a los patrones que marca la geografía y el clima. Hoy es más difícil acertar que hace 30 años. Incluso el cambio climático nos puede confundir un blanco de los riscos soleados de Ribeira Sacra en Galicia con otro de Terres Dels Alforins de Valencia.

Por ello, habrá que ilustrarse, más que en los datos geoclimáticos de la zona, conocer los modelos concretos que cada bodega imprime en sus marcas.

Mi experiencia

¿Qué papel hacemos los críticos y catadores profesionales si participáramos como concursantes? Pues ciertamente discreto.  En el mejor de los casos, podemos acertar en la cepa y zona, pero menos en la añada y casi imposible llegar a la bodega y marca. En mi caso, he catado profesionalmente miles de vinos diferentes de todo el mundo, pero solo para calibrar su calidad, sin tiempo para memorizar el estilo de cada una ya que no es el objetivo. Pobre de aquel crítico que acierte la identidad de una marca, pues será un indicio de preferencia personal y de que su crítica podría ser parcial.

No voy a entrar en la mecánica de la Cata Por parejas que, como miembro del Jurado, no me corresponde, pero sí exponer mi experiencia sensorial fuera de concurso en un artículo que escribí de la sesión finalista en la edición de 2014. Es para que conozcáis las referencias en las que me apoyaba para responder al cuestionario y que sirve como modelo de bastantes situaciones en las que me puedo encontrar en una cata a ciegas de identificación de marca.

La muestra 1 fue un espumoso

Podía sospechar que el organizador del evento pondría un Cava o un Champagne en un 80 por ciento de probabilidades. Los rasgos me parecían algo más herbáceo, con una punta menor de acidez y un ligerísimo matiz de frutos secos.  Me incliné al cava. Fue un cava. Reseñé la cosecha 2008, pues por el perfil de crianza me lo parecía. La respuesta fue 2009.

El vino numero 2 fue un blanco seco

El primer rasgo fue de uva madura con una complejidad de hierbas de monte y perfil mediterráneo. Tenía la duda entre un priorat, Montsant e incluso un terra alta con garnacha-macabeo. El resultado fue un desastre. Sorprendentemente era un borgoña, Meursault, de Pierre Morey, acerté en la cosecha por casualidad. Evidentemente era atípico por tener estos rasgos tan maduros. Los pocos que acertaron, si es que los hubo, conocerían la marca.

El vino numero 3 fue también un blanco

Tenía un ligero fondo herbal aromático y frutal con cierto volumen graso. Todos mis indicios señalaban a Rias Baixas, y así fue. Imposible saber el propietario, fue Zárate. Puse 2011 cuando en realidad era 2009.

La muestra 4 se presentó como tinto

Contaba con gran expresión varietal de fruta roja. Lo primero que especulé es que podría ser una mencía del Bierzo y así lo anoté. No se caracterizaba por su punta de acidez que podría delatar Valdeorras ni tampoco el matiz mineral de Ribeira Sacra, incluso pensé en una carmenere chilena. El tinto era una mencía de Valdeorras, Gaba do Xil de Telmo Rodriguez con más notas de fruta madura de lo que presenta la mayoría de los vinos de la zona.

La muestra 5 era un tinto

Por su carácter de viña soleada, con un ligero fondo mineral, pero con cierta ligereza en boca, me inclinaba a, o bien a un pinotage de Sudáfrica o a un pinot noir de Oregón. Los pinots neozelandeses destacan por mayor frescura sin llegar a la elegancia de los borgoñones. Este vino no se ajustaba al patrón establecido, por eso no acerté, solo en la cosecha 2009.

La muestra 6 era un tinto

Señalé a un Côtes-Rôtie del Ródano porque apreciaba la nota fresca y a la vez cálida y mineral de los riscos graníticos de esta zona y con un color granate poco intenso hecho con syrah y viognier. Fue el tinto del Douro Charme 2008 de Niepoort, el menos "douro" de esta zona lusitana, lo cual me despistó. Anoté la cosecha 2010

La muestra 7 fue un jerez de gama oxidativa

A pesar de percibir los rasgos de un oloroso noté un leve destello amargoso de la crianza biológica que me llevó a un amontillado de larga crianza oxidativa. Pensé que era una trampa de los organizadores para que dudásemos entre estos dos modelos y lo consiguió al menos para mí. Fue un oloroso jerezano de Bodegas Tradición.

Así pues, queridos lectores, para acertar las marcas hay que gastarse la pasta para beberlas con cierta frecuencia. Todos los datos de la variedad y zona lógicamente van incluidos en ese acierto y, sobre todo, tener la capacidad de memorizar los estilos de las marcas, y si no ganáis, os lo pasareis maravillosamente. La Cata por Parejas es el mejor encuentro para ser feliz con uno mismo y con la gente del vino que te rodea. Algún participante llegó a afirmar que solo con la experiencia de beber los siete vinazos del concurso ya merece la pena pagar los 100 euros por cabeza.  Como dijo el célebre Barón Pierre de Coubertin, resucitador de los Juegos Olímpicos: "Lo importante no es ganar, sino participar".

José Peñín
Posiblemente el periodista y escritor de vinos más prolífico en habla hispana.
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