Antonio Viñal
Viernes 09 de Enero de 2026
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Condicionado unas veces por factores coyunturales procedentes de tensiones geopolíticas, impactos arancelarios, aumentos de costes o emergencias climáticas; otras por factores estructurales provenientes de cambios en los estilos de vida, los perfiles de los consumidores, las nuevas costumbres sociales o los usos de nuevas tecnologías; y otras, en fin, por una combinación de todos ellos, el sector del vino parece estar destinado en estos últimos años a un progresivo descenso o estancamiento. Un descenso o estancamiento tanto a escala mundial como a escala nacional, que afecta a la producción, a la comercialización y al consumo, que reduce la rentabilidad de forma alarmante y que en estas circunstancias hace necesario plantearse el interrogante de si está abocado a una crisis o a una transformación que abra la puerta a una nueva estrategia y en consecuencia a un nuevo rumbo.
Un dilema de esta naturaleza imponía como mínimo una obligada toma de decisiones, ya a nivel político, ya a nivel empresarial. En el primer caso, así parece haberlo hecho la Unión Europea, pese a ir a remolque en esta ocasión, como en tantas otras, de una situación que la supera, mediante el Acuerdo al que el Consejo y el Parlamento llegaron el pasado 4 de diciembre de 2025 para promover un sector vitivinícola competitivo, resiliente y orientado al futuro. Entre otras medidas, el Acuerdo prevé el arranque del exceso de vides para evitar el supéravit de oferta, la simplificación y armonización de las normas de etiquetado, la obtención de ayudas para iniciativas de turismo vitivinícola, la exención de los requisitos de enumerar los ingredientes y proporcionar una declaración nutricional para el mercado interior comunitario o la puesta en marcha de acciones contra las enfermedades vegetales.
A la espera de que dicho Acuerdo, tras su oportuno refrendo por parte de del Consejo y el Parlamento, entre en vigor, las empresas, alertadas tanto por una caída en la producción (31 millones de hectolitros) como por una caída en el consumo (9,5 millones de hectolitros), parecen estar reaccionando con nuevas iniciativas, al empezar a contemplar, dentro de sus respectivos planes de negocio, mercados alternativos a los tradicionales. A este respecto, uno de los que conviene tener en cuenta es el de Tailandia, el mayor del Sudeste Asiático, con una proyección de crecimiento del 8% entre 2022 y 2026, y un valor de 123 millones de dólares en 2023 en el caso de los vinos importados, si nos atenemos a los últimos datos de Instituto Nacional de la Alimentación. A él voy a consagrar este artículo, la cuarta y penúltima entrega de los dedicados a este sector en el Sudeste Asiático, tras los de Filipinas, Indonesia y Malasia.
Tailandia es un país productor de vino, pero la práctica totalidad de su producción la destina a la exportación (Myanmar, Camboya, Laos), por lo que el vino que consume es importado, siendo sus principales proveedores Estados Unidos, Francia, Italia, Australia, Chile y Nueva Zelanda, hasta llegar a España, en séptimo lugar. Un séptimo lugar que corresponde a una cuota de mercado de aproximadamente del 2,6% en volumen y 1,7% en valor, muy alejado por tanto del que por tradición, calidad y precio nos debería corresponder, tal vez consecuencia de la suma de diversos elementos, como la falta de una imagen país; del escaso conocimiento de nuestras denominaciones de origen; y, por último, de la ausencia de información sobre nuestras variedades de uva, determinantes para diferenciar el vino, al soler guiarse el comprador más por aquéllas que por el origen de éste.
A diferencia de otros países de la zona, como Indonesia y en menor medida Malasia, Tailandia no es un país musulmán, sino budista, en el que no rigen las prohibiciones de consumo de alcohol vigentes en los otros dos. Con una población de 72 millones de habitantes, un número de turistas que no deja de aumentar (unos 35 millones en 2024), y un número de expatriados que, entre profesionales, nómadas digitales (sobre todo en Chiang Mai, al norte) y jubilados, hace lo propio (unos 4 millones en 2024), atraídos tanto por las oportunidades económicas como por el estilo de vida, el consumo de alcohol -y en particular el vino- se está disparando. El consumidor medio responde a un patrón de clase media-alta y alta, urbana y de gran poder adquisitivo, inclinado a beber vino de precio alto, como los franceses o italianos, o, en caso de carecer de dicho poder, vinos de precio medio, como los americanos, australianos o chilenos.

Agrupados en tres categorías según los precios, estos pueden oscilar de 200 a 600 bahts tailandeses (THB) ( entre € 5,46 y 16,34) en la gama baja; de 600 a 2.000 THB (entre € 16,34 y 54,64) en la gama media; y de más de 2.000 THB ( > € 54,64) en la gama alta. En este sentido, llama poderosamente la atención el hecho de que en el último año se haya incrementado el consumo de vino de € 3.000 a 5.000 THB (entre € 81,96 y 136,59) en más de un 300%. A ello sin duda no ha sido ajena la introducción por parte de las autoridades tailandesas de un marco regulatorio, tanto arancelario como fiscal, mucho más atractivo desde 2024, con objeto de facilitar las importaciones de vino extranjero y el consumo del mismo por parte de los expatriados, en particular de los turistas, cuyo aporte económico al Producto Interior Bruto (PIB) tailandés ronda el 20% del mismo.
Como acabo de indicar, las autoridades tailandesas, interesadas en atraer más turistas al país, por ser este sector un motor clave de divisas y empleo, no han dudado en flexibilizar su política arancelaria y fiscal para facilitar un estilo de vida local que, según la encuesta del Expat Insider correspondiente a 2024, ha llevado a situar a Tailandia como el sexto mejor destino en el mundo para expatriados. Esta flexibilización ha traído consigo un cambio de la normativa existente, empezando por las aranceles que, desde el 1 de marzo de 2024, han pasado del 54% sobre el valor CIF (costo, seguro y flete) al 0% para todos los vinos importados; y continuando con los dos elementos del impuesto especial sobre el consumo ("Excise Tax"): el primero, calculado sobre el precio de venta al por menor, reducido de un 10% a un 5%; y el segundo, sobre el contenido de alcohol, limitado de 1.500 THB (€ 41,01) a 1.000 THB ( € 27,34) por litro.
En el ámbito fiscal, además del impuesto especial sobre el consumo que acabo de mencionar, hay que tener en cuenta el impuesto municipal ("Local Tax"), del 17,5%, que comprende ciertas contribuciones sociales destinadas al fondo para la salud (2%); al fondo para los deportes (2%), al fondo para el bienestar de las personas mayores (2%) y a la radiodifusión pública (1,5%); y el impuesto sobre el valor añadido (IVA), de un 7%, adicional al impuesto especial sobre el consumo y al impuesto municipal. A pesar de la rigurosa actuación del Departamento de Impuestos Especiales en la importación, distribución y venta de bebidas alcohólicas, la reforma de la ley de impuestos especiales de 2017 (Excise Tax Act B.E. 2560) mediante la enmienda de 2025 (Excise Tax Act (Nº 2) B.E. 2568) parece decantarse hacia una postura más liberal, al contemplar una mayor modernización y democratización en la venta de alcohol.
Un mercado en crecimiento como es el tailandés presenta sin duda alguna importantes oportunidades dentro del sector del vino del Sudeste Asiático. Ello exige perfilar una estrategia adecuada al consumo y gustos locales, para lo cual el papel de intermediarios, importadores y distribuidores, dotados de las correspondientes licencias ("Alcohol Import License" o "Liquor Selling License", según los casos), como suele suceder en otros países vecinos, es esencial a la hora de introducir los vinos españoles. A este respecto, compañías con fuertes canales de distribución, bien "On-trade", bien "Off-trade", como Independent Wine & Spirit, ThaiBev or Siam Winery, entre otros, puede ayudar a nuestras bodegas a sortear los requisitos legales, posicionar competitivamente sus vinos frente a los de la competencia y promocionarlos, en fin, entre los consumidores, locales y, sobre todo, expatriados.
| Más información |
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| El sector del vino en el Sudeste Asiático: (I) Filipinas |
| El sector del vino en el Sudeste Asiático: (II) Indonesia |
| El sector del vino en el Sudeste Asiático: (III) Malasia |
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