Borgoña adapta sus viñedos al cambio climático para proteger el valor del terruño

La Côte d’Or prueba modelos con menos dependencia exterior y más cuidado del agua y del suelo

Miércoles 09 de Septiembre de 2026

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Borgoña adapta sus viñedos al cambio climático para proteger el valor del terruño

La Borgoña acelera su adaptación al cambio climático en una campaña marcada por una vendimia de 2026 adelantada, temperaturas más altas, periodos de sequía y una disponibilidad de agua menos previsible. En la Côte de Nuits, una de las zonas más cotizadas de la Côte d’Or, varios productores sostienen que el problema no se limita al trabajo en la viña: también afecta al valor económico y patrimonial de un territorio en el que la identidad del vino depende de parcelas muy concretas.

Entre esas voces figura Thibault Liger-Belair, al frente de Domaine Liger-Belair, que resume su planteamiento en cuatro ejes: suelo, agua, energía y autonomía. Desde la propiedad precisan que no buscan presentar su sistema como una fórmula válida para toda la Borgoña, sino como una dirección posible en una parte muy sensible de la región, donde el precio del viñedo, la rareza de la producción y la reputación internacional de las denominaciones elevan el peso de cualquier cambio agronómico.

La primera decisión se toma en la vendimia. Liger-Belair defiende que el calendario no puede ser el único criterio en un momento en el que el calor acelera la acumulación de azúcares, mientras la acidez, la madurez fenólica y el desarrollo aromático no siempre avanzan al mismo ritmo. “No hay una respuesta ya preparada. La idea es sufrir lo menos posible y adaptarse”, afirma. Su método pasa por observar cada parcela y esperar al punto de equilibrio de la uva, aunque eso obligue a apartarse de la inercia que imponen las campañas tempranas.

Ese criterio tiene una consecuencia directa en una región como la Borgoña. Cuando el valor de una botella depende ante todo de su capacidad para expresar el lugar de origen, el rendimiento deja de ser la referencia principal. Liger-Belair sostiene que, en este escenario, la prioridad debe ser la calidad de la materia prima antes que la simple búsqueda de volumen. La pregunta, a su juicio, ya no es qué día conviene recoger por costumbre, sino cuándo la uva está realmente lista.

La gestión del agua ocupa el centro de esa estrategia. “La gestión del agua es central”, dice Liger-Belair. La respuesta, añade, no pasa necesariamente por gastar más, sino por conservar mejor el recurso, retenerlo en el terreno y usarlo con más precisión. Ahí entra el papel del suelo: un terreno con materia orgánica, vivo y sin compactación puede absorber y mantener más humedad, favorecer el desarrollo de las raíces y ayudar a la vid en los periodos de estrés hídrico.

Para lograrlo, la finca recurre a cubiertas vegetales, mantenimiento de la biodiversidad y labores cuidadas en el viñedo. La idea es tratar la viña como un ecosistema completo y no solo como una superficie productiva. Desde la propiedad entienden que el capital que debe preservarse no es únicamente la planta, sino el conjunto de factores que permite a la vid expresar el terruño. En esa visión, la adaptación al clima también se convierte en una forma de conservar el valor futuro del viñedo.

La noción de autonomía completa ese enfoque. El domaine intenta funcionar como un sistema lo más circular posible, en el que los recursos se producen, se usan, se recuperan y vuelven al circuito. Energía, agua, manejo del suelo y reducción de desperdicios responden a una misma lógica: depender menos del exterior para hacer más estable la actividad de la empresa. No se trata solo de una cuestión ambiental, sino también económica, porque rebajar la exposición a insumos externos reduce vulnerabilidades en campañas más variables.

Ese criterio se extiende a la bodega. La investigación sobre levaduras parte de la idea de que cada parcela y cada añada presentan rasgos distintos. Si el clima multiplica la variabilidad, la respuesta, según Liger-Belair, puede ser ajustar más los procesos a la materia prima en lugar de igualar las uvas con procedimientos estándar. La propiedad también trabaja en la recuperación del agua y estudia, para una fase posterior, el aprovechamiento del dióxido de carbono generado durante las fermentaciones.

Otro frente de trabajo es la biodiversidad genética. La conservación de distintas selecciones de Pinot Noir y Chardonnay mediante un conservatorio se plantea como una inversión productiva de largo plazo. El razonamiento es simple: mantener un patrimonio vegetal más amplio puede ofrecer más opciones de adaptación con el paso de los años. Liger-Belair también llama la atención sobre variedades históricas de la Borgoña que han quedado en un papel secundario y que podrían tener otra utilidad si cambian las condiciones climáticas.

La Côte d’Or es un caso especialmente sensible por la combinación de tres factores: el alto valor de sus viñedos, la fama de sus denominaciones y la escasez de botellas. En ese marco, conservar la calidad y la identificación de los vinos con su origen no solo afecta al productor de una cosecha concreta. También condiciona la preservación de un patrimonio construido durante siglos, en una región donde el nombre de un pago puede determinar buena parte del precio final.

Pese a ese escenario, Liger-Belair mantiene una visión positiva. “Soy optimista y creo que la Borgoña nunca ha estado tan curiosa y tan preparada para renovarse”, sostiene. Su planteamiento no pasa por producir más ni por consumir más recursos, sino por lograr que la finca funcione con menos dependencia exterior y con mayor capacidad de regeneración. En una de las zonas de mayor valor del vino mundial, la adaptación al clima ya forma parte de la gestión del terruño y del patrimonio que lo acompaña.

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