Viernes 30 de Enero de 2026
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Fotos de Alfredo Selas.
Quien puede permitirse el lujo de comprar (por muchos miles de euros) una botella de vino de hace 162 años, ha de saber que las garantías de que el vino que contiene esté bebible son... cero.
Así lo dijo Pedro Peciña Gil, enólogo y propietario de El vino pródigo y coleccionista de Vinos Clásicos, además de miembro de la Bodega familiar Hermanos Peciña, de San Vicente de la Sonsierra, "capital" de la sonsierra riojana. Dentro del programa XXIII Jornadas del Vino y La Sonsierra, Pedro hizo su presentación "Pasado, presente y futuro" el pasado 28 de Enero en San Vicente, donde varias decenas de afortunadas personas tuvimos el privilegio de ver, tocar y catar diversas botellas de vinos tintos, de reliquias que son tal por el vino que contienen, por la etiqueta, por la añada, por su valor histórico... y por una inaprensible sensación de querer y no poder, al tener en tus manos botellas que llevan dentro vino y el paso del tiempo encapsulado con corcho y cápsula de plomo.
Botella con cápsula de plomo, Marqués de Riscal 1864
En su charla, Pedro hizo un recorrido a través de su periplo vital: cómo se enamoró de los vinos clásicos de añadas pretéritas, sus aventuras en busca de reliquias que compra y luego revende a quienes pueden darse el capricho de gastarse dinerales en botellas para luego epatar a familiares, amigos; o simplemeente por darse la satifacción de poseer una obra de arte que, a diferencia de estatuas o cuadros, lo que contienen todavía está vivo... y se puede beber.
Ese mercado difícil y obtuso que comercia con emoiones humanas, con usos culturales, con poses y personas que gustan marcar territorio, la verdad es que sigue estando de moda para un público objetivo muy específico, muy definido; quienes tienen dinero a espuertas.
Efectivamente, depende del dinero que estés dispuest@ a pagar, podrás hacerte de una botella como las que vemos aquí. Bien un Marqués de Riscal de 1864 (con gran parte del vino ascendido a los cielos directamente, atravesando corcho y cápsula de plomo, como mi tatarabuelo que ascendió a los cielos por un desgraciado accidente), o un Vega Sicilia Único de 1917 (año en el que nació mi padre), o un López de Heredia de 1904 (cuando España todavía no se había recuperado de la pérdida de los territorios americanos), o un Royal de Franco-Españolas de la cosecha 1961 (cuando yo tenía cuatro años y comía mendugos de pan y poco más), o un Rioja Bordón de 1973 (producido poco después de llegar yo a estas tierras ribereñas del río Ebro).

La charla de Pedro relatando sus aventuras, sus viajes, y contándonos anécdotas de qué y cómo es el mundo de la compra-venta de vinos clásicos no tuvo desperdicio. Además de amena, compartió con el público asistente detalles y claves a considerar si quieres hacerte con una de estas reliquias donde, ante la imposibilidad de saber si el vino estará o no bebible o incluso maravilloso, para asegurarte de que no te vendan gato por liebre, has de conocer y dominar una serie de detalles: saber cuales son las claves de la botella y el vidrio, cómo es la merma del vino, el estado de las etiquetas y las leyendas de estas (que dan información esencial en muchos detalles... si sabes interpretarlos). En fin, un mundo cambiante, curioso, entretenido y divertido, como los vinos, algunos de los cuales, al catarlos, en boca tienen prestaciones sápidas realmente enjundiosas, y en nariz suelen presentar una paleta aromática interminable: en cada olfacción, en la copa van apareciendo más y más notas de aromas algunos de los cuales son esotéricos. ¡Pena que la mayoría de estas raras botellas no son consumidas, quedan para recuerdos familiares!

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