¿Blanco o tinto?, una simple pregunta que revela quién eres

Mariana Gil Juncal

Lunes 04 de Marzo de 2019

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“Todo iba más que bien hasta que el camarero nos acercó la carta y rompió el hechizo con una sola pregunta”

Algunas semanas de miles de horas de conversaciones desembocaron, por fin, en la primera cita. Noche de expectativas alta, hay que confesarlo. Todo eso que uno imagina del otro puede convertirse en una realidad soñada o, quizá, desmoronarse cual piezas de  jenga sobre una mesa de domingo con abuelos y tíos.

Pero volvamos al inicio, era sábado a la noche y él me estaba por pasar a buscar por mi casa. Me abre la puerta del auto, buen perfume, la conversación es amena y fluye como agua de río. Pensás: ¡qué buen inicio! Hasta que te cuenta su excelente elección para ir a cenar. El buen inicio, se transformó mágicamente en un muy buen inicio. Todo parecía indicar que tendríamos una gran noche. Apenas llegamos él le dice algo al maître que realmente no llegué a identificar, pero así sin escala aterrizamos directamente en una de esas mesas que uno cuando llega a ese tipo de lugares tan chic y elegantes, sabe que siempre están reservadas para alguien que claramente no somos nosotros. Esta noche, la mesa bien puesta, la eternamente reservada para otra gente, era la nuestra.

Ya ubicados en la mesa equidistante de las paredes, de la cocina y el baño, tan bien centrada que uno puede llegar a creer que la mismísima Marie Kondo ayudó en la distribución de la sala; la charla informal comenzó a fluir sin siquiera darnos cuenta. Todo iba más que bien hasta que el camarero nos acercó la carta, intercambiamos rápidamente nuestros gustos y preferencias gourmet y sin siquiera darse cuenta el camarero rompió el hechizo con una sola pregunta. Se dirige a mí y me dice: "¿Vino blanco o tinto?" y con tanta rapidez como torpeza, él se anticipa y responde: "Blanco, las mujeres toman siempre blancos, son más livianitos".

Y a partir de ese momento, ya el restaurante no te parecía tan elegante, ni el perfume tan encantador. Intenté no darle un sermón, pero con una sonrisa le expliqué que el vino es cuestión de gustos y no de géneros. Y que esta noche mi elección estará relacionada con lo que elijamos para comer.

¿Mi elección? Cabernet Sauvignon para acompañar un filete de carne con una mil hojas de papa. Lo que no podría garantizar es si realmente tenía ganas de ese maridaje o simplemente quería que él pueda ver en primera persona a una mujer eligiendo uno de los vinos tintos más estructurados del condado.

Él siguió mi impulso de arrebatos de taninos y estructura, no sé realmente si por gusto o presión ya que más de una vez esbozó "no te voy a dejar sola tomando tinto". Yo simplemente volví a sonreír mientras pensaba "podés elegir el vino que más te guste que juro que no pienso cambiar mi elección por ninguna razón del mundo".

Todo el tiempo había dos conversaciones: la que realmente estaba sucediendo y la otra muy adentro mío que más de una vez pensé: "pongamos todo arriba de la mesa y pase lo que tenga que pasar". Pero respiré profundo, miré a mí alrededor y me dije: vamos a disfrutar este lugar, esta comida, este vino, y bueno, por último  lo que se pueda de la compañía.

Y así fue que cambiando rotundamente de tema y con buena conversación ese primer traspié desapareció hasta que el vino llegó a la mesa. Le sirvieron el vino a él, quien siguiendo al pie de la letra la antigua frase "arriba, abajo, al centro y adentro" esquivó el tradicional testeo del vino con tres pasos muy fáciles y rápidos: color, aroma y sabor. En ese momento, en el que el vino fue directo a la copa, yo pensé: "¿Y si está picado, qué hará con el vino?". Pero claro, no decís nada y sonreís, deseando que esta vez el vino esté en perfectas condiciones, si no, podrías llegar a protagonizar un verdadero papelón que no tenés ganas de vivir.

Ya con el vino en la copa, la conversación continuaba y el segundo traspié también se esfuma. De repente, tu copa está casi vacía y él muy gentilmente te sirve un poco de vino. O un poco mucho. Y te sirve tanto que estás pensando las distintas maneras de mover la copa sin volcar una gota en el trayecto de la mesa a tu boca. Y tus pensamientos se agolpan, se mueven, bailan tanto que ya casi llegás a enloquecer. Pensás en explicarle que no hace falta servir tanto la copa, que el vino sube de temperatura muy rápidamente en la copa y después no habrá forma de modificarla (excepto introduciendo un hielo, ¡que no harás porque el vino elegido no merece semejante maltrato!) y que, además de todo eso, estéticamente queda muy pero muy mal.

Nuevamente, decidís no entrar en el camino de la explicación y del sermón. Pero sabés muy adentro tuyo que esa noche fue un debut y despedida, todo en uno. Ya que si alguien hizo sufrir a tu gran amigo, el vino, esa cita decididamente no es para vos.

Mariana Gil Juncal
Licenciada en comunicación social, periodista y sumiller.

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