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O encontro con Miña Vida

Javier Campo

Martes 02 de Octubre de 2018

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Seriedad. Integridad. Responsabilidad. Sostenibilidad. Respeto. Equilibrio. Sensibilidad. Pasión. Todos ellos son valores de la vida, pero que en Pazo Pondal han sido aplicados a la viña. Viña y Vida. Miña Vida

miña vida

Como si de un antiguo recuerdo se tratase, plasmados en una foto en blanco y negro, se muestran los fundadores de Pazo Pondal en la etiqueta del Miña Vida. Y es que es así como nace un sueño que llega casi sin saberse desde Alemania. En 1976, una España en la que se empieza a gestar la democracia, y mientras Steve Jobs funda Apple, nuestros protagonistas se embarcan en la no fácil tarea de cultivar la tierra y plantar viña en Pontevedra. Y mientras crece la albariño y la treixadura, también crece la familia y la ilusión de hacer vino. Esta ilusión no se ve materializada en bodega hasta 1998, fecha en la que el sueño se convierte en algo real y en 2002 empiezan a cosecharse los premios que han acompañado al proyecto hasta la actualidad.

Miña Vida, Pazo Pondal

Aunque ya os he hablado con anterioridad de los vinos de Pazo Pondal, en esta ocasión, mis pulsaciones están plenamente dedicadas a Miña Vida. Y fíjate, que aunque el Cuvée me parece una verdadera maravilla, pienso que con el Miña Vida se ha encontrado un armonioso equilibrio.

Está elaborado con albariño (como no podía ser de otra manera) y treixadura. Esta segunda variedad, a mi entender, en muchas ocasiones se ve denostada o eclipsada por la variedad reina y, sin duda, tiene mucho que ofrecer. Las 15 hectáreas de viñedo están en la sub región conocida como Condado de Tea., muy cerca del Rio Miño. Miño, miña, vino, viña, vida... mezcolanza y juego de palabras con un resultado plasmado en la botella. En Miña Vida, nada es casual. Por eso, cuidan la recolección de sus uvas con mimo. Por eso, solo el mosto flor es utilizado para este vino. Por eso, solo las lías aportan complejidad al vino sin disfrazarlo de madera. Por eso, la identidad de la uva y la identidad de su hacedora, Olivia, impregnan cada sorbo de ilusión líquida.

Podemos ver como el color dorado se desliza sutil sobre la copa de cristal al escanciarlo. Sin acercarte, los aromas se presentan exultantes en forma de cítricos y perfumadas flores. En copa agitada también aparecen frutas de hueso, pero, al quedarse en reposo y a copa parada, aparecen reminiscencias balsámicas y un tanto metálicas por la aportación mineral de las tierras de la D.O. Rias Baixas. En boca, la frescura da paso a la complejidad y se torna elegante y largo en postgusto. Su acidez, estructura y sobre todo, su untuosidad, lo hacen muy gastronómico y es un excelente compañero, no solo de mariscos y pescados, sino de platos mucho más elaborados.

Beber el Miña Vida, o mejor dicho, vivir el Miña Vida es mucho más que recomendable.

Javier Campo
Sumiller y escritor de vinos

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