La nueva hospitalidad del vino

El enoturismo busca una relación más cercana y útil con el visitante

Miércoles 27 de Mayo de 2026

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El prestigio de una bodega ya no se construye solo desde la botella. La añada, la crianza, la parcela, la variedad o la capacidad de guarda siguen pesando en la reputación de una marca, pero el consumidor pide hoy algo más que calidad. Quiere saber de dónde procede el vino, quién lo elabora, qué paisaje lo explica y qué valores hay detrás de cada decisión. Así lo señala Mónica Valero Moreno, experta en comunicación vitivinícola en Sec Newgate Spain, para quien la relación entre el público y el vino está entrando en una etapa más humana, más ligada al territorio y más atenta a la sostenibilidad.

En este nuevo escenario, las bodegas dejan de ser solo espacios de elaboración para convertirse en lugares de hospitalidad. La visita ya no se limita a abrir una puerta, enseñar una sala de barricas y terminar con una cata. La experiencia se amplía hacia la arquitectura, el paisaje, la gastronomía, la biodiversidad, la historia familiar y la cultura local. El vino sigue siendo el hilo conductor, pero el visitante busca comprender todo lo que lo rodea. Según Valero, ahí se juega buena parte del vínculo futuro entre las bodegas y quienes se acercan a ellas.

Los datos apuntan en esa dirección. Según ACEVIN, las bodegas y museos asociados a Rutas del Vino de España recibieron en 2024 un total de 3.036.878 visitantes, un 2,22% más que en 2023, y generaron un impacto económico superior a los 112 millones de euros. La cifra muestra que el vino se consume también como viaje, recuerdo y sentido de pertenencia. Para muchas bodegas, esa relación directa con el visitante se ha convertido en una vía para explicar mejor su trabajo y reforzar el valor de sus vinos.

Valero sostiene que la idea de lujo vinculada al vino también ha cambiado. Durante años se asoció a botellas icónicas, bodegas monumentales, restaurantes de alta cocina y catas reservadas a pocos. Todo eso conserva su lugar, pero convive con una sensibilidad más centrada en la autenticidad. El visitante quiere caminar por una viña vieja de Mencía en El Bierzo, entender por qué una Garnacha de Gredos habla de granito y altitud, reconocer la salinidad de una Listán Blanco en Tenerife o comprender por qué el Xarel·lo del Penedès permite leer un paisaje mediterráneo. La hospitalidad del vino empieza, según la experta, cuando la bodega consigue hacer comprensible lo que durante demasiado tiempo se ha explicado con un lenguaje técnico y alejado del público.

La sostenibilidad entra también en esa conversación. Valero defiende que no debería comunicarse solo como una memoria técnica o una certificación en la contraetiqueta, sino como parte del relato de la bodega. En España, la Federación Española del Vino y Cajamar han presentado el primer avance del Barómetro de Sostenibilidad del sector vitivinícola español, vinculado al certificado Sustainable Wineries for Climate Protection, que recoge avances en reducción de huella de carbono y consumo de agua, y muestra que esta materia gana peso como eje de trabajo para las bodegas españolas.

Para la especialista, la sostenibilidad ya no consiste únicamente en mejorar los procesos desde el punto de vista ambiental. También sirve para generar confianza y aportar valor a la visita. Cuando una bodega enseña cómo trabaja el suelo, cómo protege la biodiversidad, cómo reduce su consumo energético o cómo recupera variedades autóctonas, no está mostrando solo una práctica agrícola. Está explicando una manera de entender el oficio y de mirar el futuro.

El territorio vuelve así al centro del relato. Durante décadas, muchas bodegas buscaron parecer internacionales. Ahora, algunas de las propuestas más interesantes son las que apuestan por ser profundamente locales. El Bierzo, con sus viñas viejas de Mencía y Godello; la Ribera del Duero, con el trabajo sobre viñedos históricos y pueblos concretos; Rioja, con su capacidad de atracción enoturística; o Canarias, con sus suelos volcánicos y variedades singulares, muestran una diversidad vitícola difícil de replicar fuera de España. La clave, apunta Valero, está en convertir esa diversidad en experiencia, porque tener paisaje no basta si no se sabe contar.

Este cambio llega en un momento delicado para el vino. La Organización Internacional de la Viña y el Vino estimó el consumo mundial en 2024 en 214,2 millones de hectolitros, un 3,3% menos que en 2023. En ese escenario, la experiencia no debe entenderse como un añadido decorativo, sino como una vía para reconstruir valor. Si se bebe menos vino, cada botella, cada visita y cada vínculo deben tener más sentido.

La hospitalidad puede ayudar a que el consumidor entienda por qué un vino tiene el precio que tiene. Puede explicar el trabajo que no se ve detrás de una hectárea de viñedo, la fragilidad de una vendimia, el impacto del clima, la mano de obra, la crianza, la espera y las renuncias. En un mercado lleno de estímulos, la experiencia permite que el vino recupere relato y cercanía.

Valero advierte, no obstante, de un riesgo: convertir la hospitalidad en pura escenografía. Diseñar espacios atractivos, preparar catas pensadas para la fotografía o envolver la sostenibilidad en palabras amables no basta. Las bodegas que mejor conecten con el visitante no serán necesariamente las que tengan la arquitectura más llamativa ni la sala de catas más sofisticada, sino aquellas capaces de ofrecer una experiencia con verdad. Una copa puede gustar y una visita puede emocionar, pero una bodega que logra que el visitante sienta que ha entendido un territorio, aunque sea por un instante, convierte el vino en memoria.

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