La falta de competitividad de nuestros vinos

Antonio Viñal

Lunes 26 de Junio de 2017

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¿Por qué España es el primer país en ventas pero solo factura 2.639 millones de euros, muy por detrás de Francia (8.252) e Italia (5.623)?

 

El suplemento económico de un diario de tirada nacional ha vuelto a abordar recientemente una de las cuestiones clave de nuestra industria vitivinícola: la falta de competitividad de nuestros vinos.

Una cuestión que, pese a su recurrencia, continúa estando de plena actualidad, pues no deja de plantearse año tras año, y año tras año, tras constatar los mismos problemas, constatamos también los mismos vacios de soluciones que permitan dar a nuestros vinos el salto de calidad que sin duda merecen. ¿Por qué nuestro país, el primero en ventas en 2016 con 22 millones de hectolitros, no pasa de ser el tercero en valor, con 2.639 millones de euros, tras Francia ( 8.252) e Italia (5.623), como siempre? ¿Por qué un año sí y otro también? ¿Por qué?.

Hay, sí, como reconoce el suplemento en cuestión, una "ausencia de grandes marcas de calidad y de muy alta calidad que sean reconocidas en todo el mundo". Pero, ¿es este el problema o la consecuencia del problema? Porque si es el síntoma, y no la causa, ¿cuál es ésta?

En realidad, no hay, a mi juicio, una sino varias, empezando por la carencia de una estrategia consistente y persistente a escala mundial, ya sea pública o privada, que identifique a los vinos españoles como vinos de calidad y asocie su consumo a un determinado nivel de renta: en Malasia, por ejemplo, un mercado en el que, como en otros del sudeste asiático, los hábitos de consumo se occidentalizan día a día, el precio máximo de un vino tinto francés puede llegar a unos 1.000 ringgits (unos 250 euros), mientras que el de un vino tinto español, de igual o superior calidad, no sobrepasa los 500 ringgits (unos 125 euros).

Esta diferencia de precio se explica, al menos por lo que al mercado malasio se refiere, pero que podría extenderse sin grandes márgenes de error a otros mercados de la zona, por la falta de una política de marketing y promoción dentro de esa estrategia consistente y persistente a la que me acabo de referir.

Una política, además, adaptada al mercado de que se trate, en una acción coordinada de productores, importadores y minoristas, que, hoy por hoy, brilla por su ausencia y que, en el mejor de los casos, es suplida por una "guerra de guerrillas" aislada e individual, bodega a bodega, carente de un compromiso firme con el mercado en cuestión.

Esta "guerra de guerrillas", cuya manifestación más visible son eventos restringidos destinados a importadores aislados, tiene un impacto apenas perceptible en el mercado, refleja la inexistencia de una estrategia global y acentúa, al final, la falta de competitividad de nuestros vinos.

Uno de nuestros proverbios más conocidos, fruto, como otros, de la información acumulada a través de cientos de años de historia, dice que "el buen paño en el arca se vende", y ello, traducido al lenguaje de los negocios de hoy en día, significaría que los productos de excelente calidad no precisarían de marketing ni de promoción alguna, pues se venderían solos.

Desgraciadamente, sin embargo, la realidad actual va en dirección contraria, y ésta, la realidad, digo, que marca el camino a seguir, subordina en muchos casos la bondad un producto a la publicidad que se hace de él.

Aunque duela aceptar esta realidad, ya que no siempre esta ecuación es correcta, estas son las reglas del juego, pero ¿pueden permanecer ajenos a ellas nuestros vinos en los mercados exteriores?

Antonio Viñal
Socio - Director de Antonio Viñal & Co. Abogados (AVCO)
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