Lunes 13 de Julio de 2026
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Los incendios de este mes de julio en el sur de Francia han vuelto a situar al viñedo en una posición central dentro del paisaje agrario mediterráneo. En Occitania, las llamas han afectado ya a miles de hectáreas y han dejado dos escenas distintas: en algunas zonas, las viñas han servido para frenar el avance del fuego; en otras, han quedado arrasadas.
Según la información publicada por La Revue du vin de France, desde el 1 de julio un incendio en el Minervois, entre los departamentos de Aude y Hérault, ha quemado 900 hectáreas. A esa cifra se suman otras 4.900 hectáreas afectadas por otro fuego iniciado el 4 de julio en Trévillach, en la comarca de Fenouillèdes, dentro de los Pirineos Orientales.
En ambos casos, las viñas han quedado expuestas de forma directa por su ubicación dentro de un territorio agrícola muy fragmentado, donde parcelas cultivadas, monte bajo y zonas abandonadas conviven a poca distancia. Esa mezcla explica parte del comportamiento del fuego y también el papel que pueden jugar los cultivos permanentes cuando se mantienen activos.
En el Minervois, varios responsables del sector vitícola sostienen que las viñas actuaron como cortafuegos. Damien Onorré, presidente del sindicato de Viticultores del Aude, explicó a la publicación francesa que las imágenes aéreas permiten ver manchas verdes entre superficies ya ennegrecidas. Su lectura es que las cepas ayudaron a contener parte del incendio.
La experiencia de algunas explotaciones apunta en esa misma dirección. Marie-Pierre Iché, responsable del Château d’Oupia y propietaria de 50 hectáreas en el Minervois, señaló que tres de sus parcelas sufrieron daños en las primeras filas, mientras que el resto quedó intacto. Solo una parcela de garnacha gris ardió por completo. La incógnita ahora es si las cepas podrán rebrotar y volver a producir uva la próxima campaña.
También la cooperativa de Pouzols-Mailhac ha empezado a evaluar pérdidas. Su presidente, Cédric Pech, indicó que, sobre un total de 500 hectáreas vinculadas a la bodega cooperativa, 58 resultaron afectadas en los primeros tramos de las parcelas y 12 no podrán vendimiarse. Añadió además que, sin esas viñas, el pueblo habría estado mucho más expuesto al fuego.
Una parte de esa capacidad para frenar las llamas se relaciona con el acceso al agua. Jean-Marie Fabre, presidente nacional de los Viticultores Independientes, afirmó que la irrigación ha favorecido el mantenimiento del viñedo en esa zona y ha reducido la fragmentación del terreno. Según sus datos, el 65% de la superficie de la cooperativa de Pouzols-Mailhac está irrigada. Esa humedad adicional puede limitar la propagación del fuego frente a áreas secas o abandonadas.
Fabre comparó esta situación con otras comarcas cercanas como Corbières, donde la pérdida progresiva de actividad agraria ha dejado más superficies sin cultivar. Esas franjas abandonadas generan continuidad vegetal y facilitan incendios de gran tamaño. La relación entre abandono rural y riesgo de fuego aparece así como uno de los asuntos que más preocupan al sector.
Onorré insistió además en otra cifra que ilustra ese problema. Según explicó, en dos campañas se han arrancado cerca de 10.000 hectáreas de viñedo en el departamento del Aude. A su juicio, cada hectárea que deja de cultivarse puede convertirse en terreno más expuesto al fuego si no encuentra otro uso agrario. Añadió que muchas de esas superficies no pueden regarse, lo que limita su reconversión y complica su vuelta al cultivo.
La situación ha sido mucho más dura en los Pirineos Orientales. Allí el incendio iniciado el pasado 4 de julio en Trévillach avanzó sobre 4.900 hectáreas y arrasó explotaciones enteras. El viticultor Gilles Troullier relató a la revista francesa que perdió casi toda su finca: de las 10 hectáreas que tenía solo conserva 1,4. Entre las parcelas destruidas figura una syrah plantada hace 25 años.
Troullier había trabajado durante años al frente del domaine Bila-Haut, propiedad de Michel Chapoutier en Latour-de-France, antes de instalarse por su cuenta en esta zona del Rosellón. Tras el incendio aseguró que mantiene su oficio y su voluntad de seguir vinculado al vino, pero descartó replantar allí. Su decisión no responde solo al fuego reciente, sino también a la sequía y a unas condiciones meteorológicas que considera cada vez menos favorables para sostener el viñedo en ese lugar durante los próximos años.
Ese testimonio resume una preocupación más amplia entre productores del sur francés: no solo se trata del daño inmediato sobre cepas e instalaciones, sino del efecto acumulado del calor extremo, la falta de agua y la retirada progresiva del cultivo en áreas frágiles. Cuando una explotación desaparece y no se repone, cambia también la estructura del territorio.
Para el sector de bebidas, esta evolución tiene una consecuencia directa. Menos superficie productiva y más episodios de fuego pueden traducirse en menor disponibilidad de uva en algunas zonas, pérdidas económicas para bodegas y cooperativas y cambios en la oferta futura de vinos procedentes del Languedoc-Rosellón. A eso se suma el riesgo sobre la calidad cuando el humo afecta a racimos o cuando una parcela dañada no puede entrar en vendimia.
El caso del Minervois muestra al mismo tiempo otra lectura para el viñedo: además de producir vino, puede cumplir una función territorial si se conserva activo y con acceso al agua. En áreas mediterráneas donde los incendios son cada vez más frecuentes al comienzo del verano, esa función gana peso dentro del debate agrario y ambiental francés.
Las próximas semanas serán decisivas para medir con precisión cuántas parcelas podrán recuperarse y cuántas quedarán fuera de producción. En muchas fincas todavía se espera comprobar si las cepas quemadas rebrotarán o si será necesario arrancarlas. Mientras tanto, viticultores y cooperativas hacen balance entre daños parciales, cosechas perdidas y un paisaje que vuelve a mostrar hasta qué punto el futuro del vino depende también del uso continuo del suelo agrícola.
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