Todo empezó con un puñado de corchos

La cultura del vino como espacio de encuentro, conversación y mirada sistémica

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Viernes 03 de Julio de 2026

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Un corcho puede abrir mucho más que una botella.

Las fotos que acompañan este artículo nacieron de la forma más sencilla: recogiendo corchos para hacer un tarjetero que utilizo en mis talleres o eventos.

Mientras los recogíamos, antes de cenar, la conversación fue derivando hacia mi trabajo. Entonces llegó una pregunta que escucho con frecuencia:

—¿Y eso del coaching a través del vino, cómo lo haces? ¿Cómo funciona?

Podría haberlo explicado.

Pero preferí que lo vivieran de una manera diferente.

Porque improvisar también forma parte de nuestro trabajo. Puedes llevar una sesión perfectamente preparada, pero aparecen las personas con un gesto, una mirada de desgaste momentáneo, quizá un mal día o una situación puntual, y es entonces cuando toca adaptarse, cambiar el rumbo y seguir sacando todo el jugo que esa persona y ese momento merecen.

En ese mismo restaurante, de forma completamente improvisada, nació una pequeña dinámica. Una conversación diferente, un momento para parar, crear, observar y jugar con la idea de que incluso algo tan cotidiano como unos corchos podía convertirse en una herramienta para mirar la vida de otra forma.

Nadie lo esperaba.

Y precisamente ahí reside la magia.

Todo proceso comienza antes de mover la primera pieza.

Quienes conocen el coaching sistémico pueden imaginar la sorpresa: una sesión improvisada con corchos, antes incluso de empezar a cenar."Lo que ocurrió después fue mágico. En realidad, fue una pequeña sesión de coaching sistémico, aunque en aquel momento nadie la llamó así."

El enfoque sistémico parte de una idea sencilla pero poderosa: no entendemos a las personas de forma aislada, sino dentro de los sistemas a los que pertenecen —sus relaciones, sus contextos, sus decisiones, sus vínculos y sus historias.

Cuando trabajamos desde esta mirada, utilizamos elementos para representar lo que no siempre se ve: personas, dinámicas, bloqueos, recursos, tensiones o situaciones que nos rodean y que, desde fuera, se ven de otra manera.

A veces usamos figuras, otras veces tarjetas. Aquella noche fueron corchos.

Tengo que decir que también he utilizado palillos, servilletas, botones o incluso aceitunas. Es increíble cómo, de repente, surge un momento de reflexión en el que la persona ve algo más allá del nudo o del bloqueo.

Y algo cambió en el momento en el que los colocamos sobre la mesa.

Lo que era conversación empezó a convertirse en observación.

Las distancias entre los corchos empezaron a tener significado.

Después de unas cuantas preguntas, algunos se movieron, otros cambiaron de posición, algunos se tumbaron y otros fueron dejando de formar parte de la representación porque, en ese momento del proceso, ya no eran necesarios.

Lo que comenzó con 9 corchos, que representaban personas, situaciones, emociones o elementos importantes para esa persona, acabó con cuatro. El propio sistema fue mostrando qué permanecía, qué cambiaba y qué podía dejarse atrás.

Las posiciones hablaban por sí solas. Sin necesidad de grandes explicaciones, apareció una nueva forma de entender aquella situación.

No se trata de buscar respuestas rápidas. Se trata de ver lo que antes no estábamos viendo.

Te regalo un pequeño ejercicio con corchos para este verano, una invitación a mirar las cosas desde otra perspectiva.Si quieres experimentar esta idea de una forma sencilla, puedes hacer un pequeño ejercicio en casa con algo tan básico como unos corchos.

No necesitas experiencia previa ni conocimientos. Solo un momento de calma.

1. Reúne entre 4 y 8 corchos.
Colócalos sobre una mesa sin pensarlo demasiado. Si te apetece, puedes decorarlos o escribir una palabra en cada uno. Hará la experiencia todavía más personal.

2. Asigna una representación intuitiva.
A cada corcho asígnale algo de tu vida actual: una persona, una decisión, una situación, un proyecto o una emoción.

No lo racionalices demasiado. Quédate con lo primero que aparezca.

3. Colócalos en el espacio.
Muévelos hasta que la disposición "te encaje", sin buscar una explicación lógica.

4. Observa.
Sin interpretar demasiado, simplemente mira.

  • ¿Qué está cerca de qué?
  • ¿Qué está más lejos?
  • ¿Qué posición te llama la atención?
  • ¿Qué te sorprende al verlo fuera de tu mente?
  • ¿Tu círculo representa cómo te sientes hoy?
  • ¿Hay algún corcho que te gustaría acercar?
  • ¿Hay alguno que necesite más espacio?
  • ¿Hay algo que ya no tenga sentido mantener donde está?
  • Si pudieras mover solo un corcho, ¿cuál sería y por qué?
  • ¿Qué pequeño cambio haría que esa representación se pareciera más a la vida que deseas?

5. Quédate un momento en silencio.

No hay una lectura correcta. No hay interpretaciones buenas o malas.

Solo el gesto de observar tu realidad desde fuera.

Y, si al terminar sientes que te gustaría acercar algo, pregúntate: ¿qué pequeño paso podría dar para hacerlo posible?

Y si descubres que algo ocupa un lugar que ya no quieres que ocupe, quizá puedas preguntarte: ¿qué me impide soltarlo? ¿Qué necesitaría para empezar a dejarlo ir?

Las imágenes que acompañan este artículo corresponden al proceso real de aquella sesión improvisada. Podrás ver cómo una representación que comenzó con ocho corchos fue transformándose paso a paso. No conocerás la historia que hay detrás —esa pertenece a la persona que la vivió—, pero quizá sí puedas apreciar el poder de observar una realidad desde otra perspectiva.

Mucho más que una cata o una copa de vino

Cuando hablo de Cata Emocional, no me refiero únicamente a una cata técnica o a conocer la historia del vino que vamos a degustar.

No buscamos analizar el vino desde la precisión ni competir en descriptores.

Lo que hacemos es utilizar la cultura del vino como un lenguaje común para crear experiencias de reflexión.

Seguimos disfrutando del vino, seguimos catando, seguimos compartiendo y seguimos jugando con la experiencia. Seguimos disfrutando para conectar con el momento presente.

Pero también nos regalamos algo cada vez más escaso: tiempo para parar.

Tiempo para escuchar.
Tiempo para observar.
Tiempo para hacernos preguntas.
Tiempo para nosotros.
Tiempo para desconectar de la rutina.

Porque, igual que un vino necesita tiempo para expresar todos sus matices, las personas también.

La metáfora del vino

El vino siempre ha sido, para mí, una forma de mirar la vida desde otro lugar.

Cada botella tiene un origen, un proceso, un tiempo de maduración y una historia. Y las personas también.

Quizá por eso esta forma de trabajar tiene tanto sentido para mí. Crecí viendo cómo el vino formaba parte de la vida cotidiana. Como decía mi padre, siempre estaba presente "el chato de vino". Recuerdo a mis abuelos, a mis tíos y a tantas personas reunidas alrededor de una barra o de una mesa, compartiendo conversaciones, risas, celebraciones, encuentros familiares y momentos con amigos de toda la vida.

Con el paso de los años he comprendido que, para mí, el vino nunca ha sido solo una bebida. Siempre ha sido un punto de encuentro.

Por eso, cada vez que miro una copa, no veo solo el vino que contiene. También recuerdo personas, abrazos, conversaciones, despedidas, comienzos y momentos que siguen formando parte de mi historia.

Por eso utilizo el vino como metáfora en mis talleres de crecimiento personal. Nos ayuda a detenernos, a observar sin prisa, a descubrir matices y a comprender que, igual que ocurre con un buen vino, no todo se aprecia en el primer instante. A veces, lo más valioso no está solo en la copa, sino en todo lo que compartimos alrededor de ella.

Cuando la experiencia se traslada al mundo profesional

Esta dinámica también tiene mucho sentido en el ámbito para proyectos.

Salir del entorno habitual, compartir una copa y vivir una experiencia diferente cambia la forma en la que los equipos se relacionan.

Se suavizan jerarquías.
Se abren conversaciones.
Se genera escucha.

Y aparecen espacios donde la confianza y la empatía pueden crecer de forma natural, porque los equipos no solo necesitan objetivos: también necesitan experiencias compartidas que les permitan conocer a sus compañeros desde otra perspectiva.

Aquella conversación improvisada en un restaurante me recordó la emoción del cambio, de los resultados inesperados, del factor sorpresa y de lo no previsto.

Las personas se relajan, aparecen preguntas reales, se dejan llevar y, en ese momento, lo viven casi como un juego. Y de ese juego nace lo auténtico.

Porque solemos asociar el vino al disfrute, las celebraciones, los encuentros importantes, el cierre de contratos o el inicio de nuevos proyectos y se convierte en excusa para mirar hacia dentro y hacia el otro.

Y con este puñado de corchos, hoy te invito a hacer algo sencillo: mirar de otra forma lo cotidiano, aunque solo sea con unos corchos sobre una mesa.

Muchas de las respuestas aparecen cuando nos permitimos parar, observar y cambiar de perspectiva.

Un abrazo, feliz verano y que no falten los buenos momentos, las conversaciones... y, por supuesto, los corchos.

Elena Naranjo

www.elenanaranjo.net

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