Mariana Gil Juncal
Jueves 18 de Junio de 2026
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Con 29 años y una formación forjada en Mendoza y Chile, Agustina Estigarribia tomó una llamada inesperada y cruzó el mundo del Malbec al mar Caribe. Hoy es la primera enóloga de Alto Vista Winery, la única bodega de Aruba, donde elabora vinos en un suelo coralino, bajo 33°C constantes y sin una sola estación. Una historia de pionerismo, experimentación y la convicción de que el terroir puede existir —y sorprender— en los lugares más impensados.
La mendocina Agustina Estigarribia tiene 29 años y dio sus primeros pasos en el mundo del vino en el Valle de Uco, Mendoza, y en el Paine, Chile. Desde 2025 se desempeña como enóloga en Alto Vista Winery, la primera y única bodega de Aruba. Allí trabaja tanto en la elaboración de los vinos como en el manejo agronómico del viñedo, contribuyendo al desarrollo de una de las experiencias vitivinícolas más innovadoras del Caribe.
Trabajé un año y medio en una bodega de Chile y decidí volver a Mendoza en mayo de 2025. Una semana después de haber llegado recibí una llamada de Juan Pablo Michelini. Me contó que estaban buscando una enóloga para liderar un proyecto muy particular en Aruba. Mi primera reacción fue de sorpresa; sinceramente me pareció una locura pensar que existiera un viñedo y producción de vino en una isla del Caribe. Nunca había imaginado que algo así fuera posible. La propuesta despertó mi curiosidad profesional. Empecé a investigar, a leer todo lo que encontraba sobre el proyecto y a entender qué estaban intentando construir. Cuanto más aprendía, más me fascinaba la idea. Es un desafío enorme, con muchas preguntas, expectativas y la posibilidad de que estaba frente a una experiencia que podía marcar un antes y un después en mi carrera. Lo que más me atrajo fue justamente eso, la posibilidad de hacer algo que nadie había hecho antes y demostrar que la vitivinicultura puede desarrollarse en lugares que tradicionalmente no asociamos con el vino y la viticultura, y saber que hay proyectos que apuestan a eso es algo que te motiva a ser parte.
Un entorno vitivinícola conocido con regiones productoras reconocidas mundialmente, para empezar en un proyecto completamente nuevo y desconocido. También fue salir de una zona de mucha experiencia y conocimiento acumulado para empezar prácticamente desde cero, por que si bien existen bodegas en climas muy parecido que Aruba, hasta el momento no hay mucha información y bibliografía sobre la viticultura tropical como la hay sobre otras regiones vitivinícolas. Sin duda hubo incertidumbre, pero también una enorme motivación por ser parte de algo innovador y pionero.
Más que escepticismo, lo que recibí fue mucha sorpresa y curiosidad. Cuando les contaba a colegas y personas de la industria que me venía a trabajar a Aruba a una bodega la reacción casi siempre era la misma: se preguntaban si se podía hacer vinos acá. La mayoría no imaginaba que pudiera existir un viñedo en una isla caribeña, porque tradicionalmente asociamos la viticultura a regiones con climas muy diferentes.

Alto Vista Winery es un proyecto familiar liderado por David Kock y su familia. La iniciativa nació inicialmente con la idea de desarrollar una destilería de ron en Aruba. Mientras esperaban los permisos necesarios para ese proyecto, conocieron una iniciativa vitivinícola de Curazao que estaba por finalizar sus operaciones. Esto despertó su interés por la producción de vino y los llevó a explorar la posibilidad de cultivar uvas y elaborar vinos en Aruba.
A pesar de los desafíos que presenta el clima árido de la isla, el equipo decidió apostar por la innovación y contaron con apoyo técnico de especialistas provenientes de los Países Bajos y de estudiantes y profesionales de Mendoza, Argentina, debido a la limitada experiencia local en producción de vino. Y lograron establecer la primera y única bodega de Aruba, convirtiendo a Alto Vista Winery en un proyecto pionero que combina producción local, turismo y emprendimiento familiar.
Mendoza me dio una formación muy importante porque trabajé en una bodega ubicada en Tupungato, una región donde el terroir está fuertemente marcado por la altura, la amplitud térmica y condiciones climáticas muy particulares. Es un lugar donde el clima tiene una gran influencia en el perfil de los vinos, aportando frescura, concentración y una expresión varietal muy definida.
Pero eso no existe en Aruba, y justamente ahí está el desafío. No se trata de replicar lo que funciona en Mendoza, sino de utilizar ese conocimiento como base para innovar y descubrir qué funciona aquí. También implica entender cómo responde la vid a un clima tropical, a ciclos productivos diferentes y a factores que no están presentes en las regiones vitivinícolas tradicionales.
Mi objetivo es combinar los conocimientos que adquirí en Argentina y Chile con la observación, la experimentación y la adaptación constante para desarrollar vinos con identidad propia.
Desde el punto de vista vitícola, Aruba presenta un suelo franco arenoso con características muy particulares. Es un suelo con excelente drenaje y buena aireación para las raíces esto se debe a su textura ligera y a su alto contenido de grava, que alcanza aproximadamente el 63%. Pero a la vez estas mismas características hacen que tenga una baja capacidad de retención de agua, por lo que el manejo del riego es fundamental para evitar estrés hídrico en las plantas.
Tenemos una capa de roca madre a unos 40 cm de profundidad, lo que limita el desarrollo radicular y restringe el acceso de las raíces a capas más profundas con mayores reservas de humedad y nutrientes. Y cuando llegué me encontré con un suelo muy diferente a los que estaba acostumbrada a trabajar en Argentina. Si bien presenta ciertas limitaciones para la viticultura tradicional, también ofrece oportunidades interesantes. El desafío sigue siendo entender cómo manejar estas condiciones y adaptar las prácticas agronómicas para que la vid pueda desarrollarse de la mejor manera posible en este entorno.
Cuando se diseñó el viñedo se buscó trabajar con variedades capaces de adaptarse a condiciones de clima cálido y con cierta tolerancia al estrés hídrico, sin perder el potencial para producir vinos de calidad.
La elección de Chenin Blanc, Colombard, Syrah y Tempranillo responde a varios criterios. Por un lado, se buscó diversidad entre variedades blancas y tintas para poder elaborar diferentes estilos de vino y reducir el riesgo productivo asociado a depender de una sola variedad. El Chenin Blanc fue seleccionado por su versatilidad y capacidad de adaptación. Es una variedad que puede mantener un buen equilibrio incluso bajo condiciones de calor, además de presentar una tolerancia relativamente buena a la sequía lo cual nos permite elaborar vinos con buena expresión aromática y diferentes estilos de vinificación.
La Colombard aporta productividad, vigor y una adaptación favorable a climas cálidos. Tradicionalmente ha sido utilizada en regiones de altas temperaturas por su capacidad para producir vinos frescos y aromáticos, algo particularmente interesante en un entorno tropical. El Tempranillo complementa el proyecto por su adaptación a climas cálidos y por ofrecer un perfil diferente al de Syrah. Su ciclo relativamente corto permite alcanzar madurez con facilidad y aporta otra dimensión enológica para la elaboración de vinos tintos. Y el Syrah si bien es una variedad resistente a sequías particularmente no se adaptó positivamente aca en Aruba.
Nos enfocamos principalmente en la elaboración de vinos blancos, rosados y tintos ligeros, además de un vino estilo Oporto. Buscamos perfiles frescos, frutales y muy expresivos aromáticamente, que reflejen las condiciones únicas de nuestro viñedo. Nuestros vinos tienen una identidad muy particular, marcada por el clima, el suelo y la influencia del mar. Son vinos de cuerpo ligero a medio, con una frescura natural, graduaciones alcohólicas moderadas y una marcada nota salina que aporta complejidad y carácter. A nivel aromático destacan las notas frutales y florales, dando lugar a vinos muy accesibles, vibrantes y fáciles de disfrutar.
En los vinos blancos y rosados cuido mucho el control de temperaturas bajas para poder preservar la mayor parte de aromas frescos y frutales, lo cual son claves para mi, es una forma de poder transmitir lo que nos da el terroir de acá.
En los tintos, el enfoque es un poco distinto, priorizando la extracción suave y con un día de maceración en frío y en fermentación a temperatura controlada.
A diferencia de las regiones vitícolas tradicionales, donde normalmente hay una sola cosecha anual debido a las estaciones marcadas, En Alto Vista los ciclos de producción se basan en el fenómeno de crecimiento continuo que ocurre bajo condiciones tropicales, adaptado a periodos de sequía, se realizan dos cosechas por año. La primera en febrero -marzo y la segunda en noviembre, Después de la poda, la vid tarda aproximadamente cuatro meses en completar su ciclo hasta la cosecha con una duración promedio entre 114 y 133 días dependiendo la variedad. Esto es posible gracias a las condiciones climáticas de Aruba: temperaturas cálidas, mucha radiación solar y ausencia de un invierno marcado, por lo que el desarrollo es más rápido. La planta recibe suficiente calor y luz durante todo el año, lo que acelera el crecimiento, la floración, el envero y la maduración de la uva.
Sí, aunque impacta de manera indirecta. Los componentes coralinos y calcáreos, junto con nuestros suelos franco arenosos favorecen a un buen drenaje y una maduración equilibrada de la uva. En el vino eso suele reflejarse en frescura, tensión y una sensación de mineralidad más asociada al equilibrio y la acidez que a minerales específicos provenientes del suelo.
En Alto Vista no trabajamos en pie franco. Todas las variedades están injertadas sobre portainjertos seleccionados específicamente según las necesidades de cada cepa y su adaptación a nuestras condiciones. La elección del portainjerto es una decisión estratégica acá en Aruba porque influye en aspectos fundamentales como el vigor de la planta, la eficiencia en la absorción de agua y nutrientes, la tolerancia a la sequía, la adaptación al suelo y el equilibrio productivo.
El mayor enemigo no es un factor aislado en sí,sino la combinación de calor y humedad. En Aruba tenemos temperaturas muy estables durante todo el año, generalmente entre 25°C y 33°C, con muy poca variación estacional. Estas condiciones permiten que la vid permanezca activa durante gran parte del año, pero también incrementan significativamente la presión de enfermedades y obligan a realizar un manejo muy cuidadoso del viñedo. Por otro lado, la humedad influye directamente en el estado sanitario de la planta y requiere un monitoreo constante para mantener el equilibrio entre crecimiento vegetativo y producción. Los vientos alisios, por su parte, suelen ser un aliado, ya que ayudan a ventilar el follaje y a reducir la acumulación de humedad alrededor de los racimos.
El principal desafío es mantener el equilibrio entre la madurez azucarina y la madurez fenólica. En Aruba, las temperaturas son elevadas y muy estables durante todo el año, con máximas que suelen oscilar entre 30°C y 33°C durante el día, y mínimas que rara vez descienden por debajo de los 24°C o 25°C durante la noche. Esta escasa amplitud térmica hace que la vid continúe con una actividad metabólica elevada incluso durante las horas nocturnas y por eso la acumulación de azúcares puede acelerarse, mientras que la maduración de taninos, antocianos y compuestos aromáticos no siempre evoluciona al mismo ritmo. Por eso, no podemos definir la cosecha únicamente en función del grado de azúcar; es fundamental monitorear también la madurez fenólica y el desarrollo aromático de la uva. Por eso, el objetivo es encontrar el momento en que todos estos parámetros estén lo más equilibrados posible.
El viento puede ser ambas cosas, ayuda a reducir la temperatura de los racimos, mejora la ventilación de la canopia y disminuye la presión de enfermedades fúngicas y también compensa en parte el efecto de las altas temperaturas y la intensa radiación solar. Pero también los vientos incrementan la evapotranspiración de la planta, aumentando el estrés hídrico y la demanda de agua. Esto puede limitar la actividad fotosintética, ralentizar el crecimiento vegetativo y afectar el rendimiento y durante la floración, vientos intensos pueden interferir con el cuajado, reduciendo el número de bayas por racimo.
Aunque la humedad es uno de los factores que más condiciona el manejo en el viñedo, no necesariamente se traduce en una alta presión de enfermedades fúngicas. Como la isla tiene un clima relativamente seco y cuenta con la presencia constante de los vientos alisios, que favorecen la ventilación del viñedo y reducen la permanencia de humedad sobre hojas y racimos. Por eso, enfermedades como el mildiu o la botritis, que requieren condiciones de humedad más prolongadas para desarrollarse, no suelen representar un problema frecuente. Pero pueden aparecer a veces algunos focos que son tratados a tiempo para no dejar desarrollar los hongos o enfermedades.
Desde el inicio del proyecto se trabajó en ajustar los ciclos productivos y las fechas de poda para que la mayor parte de las cosechas no coincidan con la época de lluvias. De todas formas, aunque octubre y noviembre son los meses más lluviosos del año, Aruba sigue siendo una isla semiárida. En promedio, las precipitaciones rondan los 100 mm por mes durante esos meses, una cifra relativamente baja en comparación con muchas regiones vitivinícolas del mundo. Por eso, si bien prestamos especial atención al estado sanitario de la fruta y a la evolución de las condiciones climáticas durante ese período, las lluvias generalmente no representan una limitación tan importante como podrían serlo en otras zonas productoras. La clave ha sido adaptar el calendario del viñedo a las condiciones locales y aprovechar la flexibilidad de los ciclos para minimizar los riesgos.
Algunas elaboraciones como el Tempranillo y nuestro vino estilo Oporto, pasan por barrica para aportar mayor complejidad y estructura. Además de la crianza en madera, también realizamos crianza en tanque y en botella, siempre bajo condiciones de temperatura controlada. Esto nos permite gestionar la evolución de cada vino según el perfil que buscamos, preservando la frescura, la estabilidad y las características aromáticas propias de nuestras uvas.
El agua es un recurso muy importante en Aruba, tanto para la bodega como para el viñedo. La isla cuenta con agua proveniente de desalinización, lo que nos permite disponer de un suministro estable y de buena calidad para los procesos de elaboración, limpieza y sanitización. En el viñedo el agua juega un papel fundamental porque trabajamos en un clima semiárido, con pocas lluvias y suelos que drenan muy rápido. Por eso, el riego es clave para acompañar el desarrollo de la vid y asegurar una producción equilibrada. Utilizamos riego por goteo y monitoreamos constantemente las necesidades de las plantas para aportar el agua justa en cada etapa del ciclo. Yo te diría que más que una limitación, es un recurso que debemos manejar de forma muy eficiente.
Actualmente producimos alrededor de 1.300 botellas por cosecha y por variedad, lo que nos permite mantener un enfoque muy artesanal y un control cercano sobre cada etapa del proceso.
En cuanto al crecimiento, nuestro objetivo no es aumentar el volumen de manera acelerada, sino hacerlo de forma sostenible y acompañando el desarrollo del viñedo. Al tratarse de un proyecto relativamente joven y con condiciones de cultivo muy particulares, cada nueva temporada nos aporta información valiosa para seguir optimizando el manejo agronómico y la calidad de los vinos.
La prioridad hoy sigue siendo consolidar la identidad de nuestros vinos y garantizar la calidad en cada botella. A medida que el viñedo continúe desarrollándose y ganemos experiencia en estas condiciones, evaluaremos las oportunidades de aumentar la producción.
Nuestro principal consumidor es el turista que visita Aruba. Muchas personas llegan a la isla buscando experiencias auténticas y se sorprenden al descubrir que aquí existe un viñedo, una bodega y una destilería.
La reacción suele ser de sorpresa y curiosidad. Muchas de las personas con las que he hablado en Aruba, incluso residentes de toda la vida, no sabían que existía un viñedo y una bodega en la isla. Por eso, una parte importante de nuestro trabajo también consiste en dar a conocer el proyecto y mostrar que es posible producir vino localmente en un entorno tan diferente a las regiones vitivinícolas tradicionales. Una vez que conocen la historia detrás del proyecto, la respuesta suele ser muy positiva. Tanto los arubianos como los visitantes se sienten atraídos por la idea de probar un vino elaborado en la isla.
Al tratarse de una bodega de producción limitada, nuestros vinos se comercializan exclusivamente en nuestro propio bar de degustación. Por el momento, no realizamos exportaciones, ya que la producción está orientada principalmente a la experiencia enoturística y al consumo local.
Tenemos una propuesta de enoturismo que permite a los visitantes conocer de cerca todo el proyecto. La experiencia comienza con un recorrido guiado por el viñedo, los visitantes recorren la destilería, donde pueden conocer el proceso de elaboración de nuestros destilados y la historia detrás de cada producto. La experiencia finaliza con una degustación guiada por nuestros sommeliers, en la que se pueden probar nuestros vinos y destilados mientras se aprende sobre sus características, métodos de elaboración y perfiles sensoriales.
Es algo que todavía estamos construyendo en cada cosecha, lo cual no es un concepto cerrado, sino un proceso que se va formando con el tiempo. Estamos aprendiendo a escuchar la vid e interpretar lo que nuestro terroir nos puede dar. Más que imponer un estilo, tratamos de entender qué puede expresar realmente este lugar y cómo adaptarnos a sus condiciones.
Si bien Alto Vista Winery es un proyecto que lleva más de diez años de desarrollo, para mí asumir el rol de la primera enóloga representa un desafío enorme y una gran responsabilidad. Cuando llegué encontré un camino ya iniciado, pero también muchas preguntas por responder desde el punto de vista vitivinícola y enológico.
Lo que más me entusiasma es la posibilidad de ayudar a construir la identidad del vino de Aruba. No se trata simplemente de elaborar vino, sino de entender qué tiene para decir este terroir tan particular. Cada viñedo, cada cosecha y cada variedad nos aporta información nueva sobre cómo se expresa la vid en este entorno tropical y como enóloga mi objetivo es interpretar ese carácter y trasladarlo a una botella. Creo que ahí está la verdadera esencia de nuestro trabajo: escuchar lo que el lugar nos ofrece y transformarlo en un vino que refleje auténticamente su origen.
Ser parte de este proceso es un privilegio. Estamos escribiendo una historia nueva para la vitivinicultura del Caribe, y poder contribuir a definir cómo será esa identidad en el futuro es, sin duda, una de las experiencias más importantes de mi carrera.
Mantengo contacto principalmente con profesionales que trabajan en regiones con condiciones climáticas similares a las nuestras. Una de las personas que más me ha ayudado es Guillermo, pionero de la primera bodega de Venezuela. Su experiencia ha sido muy valiosa porque muchas de las condiciones que enfrentan allí, especialmente en términos de clima y manejo del viñedo, tienen similitudes con las de Aruba.
También intercambio experiencias con productores de Brasil, otra región donde la viticultura se desarrolla bajo condiciones muy diferentes a las de las zonas tradicionales. Aunque no tengo contacto directo con productores de otras regiones tropicales como India o Tailandia, la experiencia de Venezuela y Brasil me aporta herramientas muy valiosas para seguir desarrollando acá.
Una de las tendencias que más me interesa es la búsqueda de vinos con una identidad auténtica y una intervención mínima en bodega. Creo que el objetivo como enóloga es acompañar a la uva para que pueda expresar de la mejor manera posible el lugar donde fue plantada
Es lo que trato de hacer en cada vinificación. Me gusta experimentar, probar distintas técnicas y seguir aprendiendo, pero siempre teniendo cuidado de no perder la identidad del vino. La innovación es importante, especialmente en una región tan nueva como Aruba, pero no debería ocultar las características que hacen único a un vino.
Mi interés está en entender cómo el clima, el suelo, la influencia del mar y las particularidades de cada variedad se reflejan en el producto final. Busco intervenir lo necesario para garantizar calidad y equilibrio, pero dejando que el terroir sea el verdadero protagonista. Para mí, el desafío es encontrar ese equilibrio entre experimentar y respetar la identidad de cada vino.
Si bien llevo poco tiempo en Alto Vista, estoy muy orgullosa de los vinos que hemos logrado hasta ahora. Cada cosecha ha sido un gran aprendizaje y una oportunidad para entender mejor este lugar tan particular. Pero todavía siento que estoy buscando esa botella que represente realmente la esencia de Aruba. No busco hacer un vino parecido al de otra región, sino uno que refleje nuestro clima, nuestros suelos y la influencia del mar y creo que cada vinificación me acerca un poco más a ese objetivo y espero que con el tiempo podamos elaborar una botella que capture verdaderamente la esencia de Aruba en una copa.
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