Jueves 07 de Mayo de 2026
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Reducir la densidad de plantación en el viñedo puede ayudar a las bodegas a adaptarse al cambio climático sin alterar de forma clara la calidad del vino. Esa es la principal conclusión que dejaron varias ponencias presentadas en Beaune, en Borgoña, donde técnicos e investigadores expusieron resultados de ensayos realizados en Champaña, Borgoña y Beaujolais.
La reunión se celebró el 6 de febrero en el centro del vino de Beaune y reunió a responsables de denominaciones, investigadores y representantes del sector. El debate giró en torno a una cuestión que gana peso en varias regiones francesas: si conviene mantener las densidades altas de plantación que han sido habituales durante décadas o si es mejor pasar a marcos más amplios entre cepas.
Thiébault Huber, presidente de la federación de viticultores y de la denominación de Borgoña, abrió la sesión con una advertencia sobre el número de solicitudes para modificar los pliegos de condiciones de distintas denominaciones por efecto del cambio climático. Según explicó, una parte de esas peticiones se refiere precisamente a la densidad de plantación.
Laurent Torregrosa, investigador del instituto Agro Montpellier, recordó que en Borgoña las densidades se elevaron en el pasado para aumentar la superficie foliar, favorecer la captación de carbono y permitir una maduración más lenta en años frescos. Pero ese planteamiento, dijo, ya no responde igual al escenario actual, marcado por temperaturas más altas y por episodios climáticos más irregulares.
Los datos presentados en Champaña apuntan a que una menor densidad puede reducir entre un 30% y un 50% los daños por heladas. En ese ensayo, desarrollado durante 20 años con densidades que iban de 3.000 a 6.200 cepas por hectárea, también se observó una bajada del impacto ambiental del 20% y una mejora clara en la mecanización del viñedo. Sébastien Debuisson, del Comité Champagne, añadió que Unesco consideró neutro o incluso positivo el efecto sobre el paisaje.
En Borgoña, los estudios técnicos y económicos sobre filas más separadas muestran otra ventaja: el coste de implantación puede bajar entre un 24% y un 36%, mientras que los gastos medios de explotación se reducen alrededor de un 40%, según Mathieu Oudot, del organismo interprofesional del vino de Borgoña.
Una parte central del debate fue si esa menor densidad altera la tipicidad de los vinos. En regiones como Beaujolais, donde el Instituto Francés del Vino ha seguido durante casi una década este tipo de ensayos, los resultados no apuntan a cambios claros en la identidad del producto. Jean-Yves Cahurel explicó que las plantaciones menos densas dieron vinos con acideces algo más marcadas, pero con diferencias muy pequeñas en alcohol potencial y polifenoles.
Las catas a ciegas reforzaron esa idea. En Champaña, Debuisson señaló que en 250 pruebas fue imposible distinguir entre vinos base procedentes de viñas densas y otros elaborados con plantaciones más abiertas en el 66% de los casos. En el tercio restante sí se percibió alguna diferencia, pero sin una preferencia clara por uno u otro estilo.
Los investigadores también observaron que el comportamiento cambia según el año. En campañas más húmedas, las densidades altas parecen ofrecer una ligera ventaja; en años secos, las filas más separadas funcionan mejor. Esa variación refuerza la idea de que no existe una única fórmula válida para todas las zonas ni para todas las añadas.
El sector sigue pendiente ahora de cómo trasladar estos resultados al terreno normativo. Varias denominaciones estudian ajustes en sus especificaciones para permitir nuevas formas de plantación sin romper con sus reglas internas ni con las exigencias comerciales que pesan sobre cada origen.
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