Martes 05 de Mayo de 2026
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Yves d’Amécourt defendió en la Asamblea Nacional francesa una viticultura más flexible para adaptar el viñedo al aumento de las temperaturas en Gironda, donde, según explicó, la media ha subido 1,7°C desde finales de los años 90. El político y viticultor intervino el 28 de abril en un coloquio sobre la vid y el vino celebrado en París, en una mesa redonda dedicada a cómo ajustar el viñedo al cambio climático.
D’Amécourt, viticultor en Sauveterre-de-Guyenne, sostuvo que la respuesta no pasa por un modelo único para todas las zonas, sino por adaptar cada explotación a su suelo y a su clima. En su intervención defendió manejar la superficie foliar y la altura de las cepas para aprovechar mejor la luz y el calor, dos factores que considera clave para el desarrollo de la planta y la maduración de la uva.
También propuso ajustar la densidad de plantación a las condiciones locales. A su juicio, no tiene sentido aplicar la misma arquitectura del viñedo en territorios con perfiles de suelo distintos. En el caso de Entre-deux-Mers, recordó que existen 47 perfiles de terroir, lo que obliga a estudiar cada parcela antes de fijar una forma de cultivo.
El viticultor vinculó esa idea con un artículo que publicó en 2003 en la revista Union Girondine bajo el título “Pourquoi je défends les vignes larges et hautes”. Según explicó, aquel texto ya defendía una gestión agronómica basada en captar mejor la luz y controlar el vigor de la vid para evitar excesos productivos y también excesos normativos.
En su análisis, la calidad del vino depende del equilibrio entre suelo, clima, planta y conducción del viñedo. Por eso rechazó las reglas rígidas que impiden a los productores adaptar sus prácticas a cada parcela. D’Amécourt afirmó que las normas deben dejar margen para decisiones técnicas distintas según el terreno y las condiciones meteorológicas.
El político señaló además que el ensolamiento no ha cambiado en Gironda, pero sí se ha concentrado más en los meses de verano. Esa evolución, unida al aumento térmico registrado desde finales de los años 90, obliga a revisar la forma en que se trabaja el viñedo si se quiere mantener el nivel de calidad y ajustar el grado alcohólico de los vinos.
Entre las medidas que defendió figuran las cubiertas vegetales para reducir el vigor de la vid y limitar el uso de herbicidas. También abogó por bajar el empleo de pesticidas y por organizar las parcelas con hileras más anchas para reducir el consumo de energía en los trabajos mecánicos. Puso como ejemplo que una viña plantada con tres metros entre filas exige menos recorrido que otra con un metro de separación.
Su intervención se alineó con otras prácticas agroecológicas que ya se aplican en distintas zonas vitícolas francesas. D’Amécourt sostuvo que estas herramientas permiten reducir insumos sin renunciar a la identidad del vino ni a la rentabilidad de las explotaciones. A su juicio, la arquitectura del viñedo puede sustituir parte del trabajo que hoy se resuelve con productos externos.
El coloquio reunió a representantes del sector vitivinícola francés y abordó también la imagen del vino entre los consumidores y la gobernanza pública del sector. En ese marco, D’Amécourt insistió en que la adaptación al cambio climático requiere más libertad técnica para los productores y menos rigidez administrativa.
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