Martes 28 de Abril de 2026
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Peñafiel se levanta en el corazón de la Ribera del Duero, en la provincia de Valladolid, como una villa en la que la historia, el vino y la cocina tradicional conviven en pocos metros. Su perfil está dominado por el castillo, una construcción de 210 metros de largo y solo 20 de ancho que le da ese aspecto de barco encallado sobre la loma y que alberga en su interior el Museo Provincial del Vino. La imagen resume bien lo que ofrece este destino: patrimonio, paisaje de viñedos y una relación muy estrecha con el lechazo y los vinos de la zona.
La villa conserva además una de sus celebraciones más singulares, la Bajada del Ángel, que tiene lugar el Domingo de Resurrección. Para seguirla, los balcones de la Plaza del Coso se subastan al mejor postor, porque es la única manera de conseguir un palco privado en una plaza que se llena con horas de antelación. Ese espacio, un enorme coso medieval con casas desiguales, sigue siendo uno de los grandes escenarios de la vida local y mantiene su papel en los festejos de la villa.
Más allá del castillo y de la plaza, Peñafiel reúne otros lugares de interés que ayudan a entender su pasado. El Convento de San Pablo llama la atención por su cabecera gótico-mudéjar. La Torre del Reloj conserva la maquinaria original del siglo XIX y sigue marcando el ritmo de la localidad. La Casa Museo de la Ribera ofrece una visita teatralizada para conocer cómo era la vida cotidiana en la comarca a principios del siglo XX. También merece un paseo la ribera del río Duratón, donde se ven antiguos molinos y el parque en el que estuvo la antigua judería.
Dentro del casco urbano, la Calle de las Rondas permite acercarse a los restos de la muralla. Es uno de los pocos puntos en los que todavía se puede tocar la piedra que protegió la villa durante siglos. Ese recorrido ayuda a entender por qué Peñafiel ha mantenido una identidad tan marcada entre la arquitectura defensiva, el trazado histórico y la actividad ligada al vino.
La visita a la Bodega Protos es una de las paradas más conocidas. Sus galerías excavadas bajo la montaña del castillo contrastan con la estructura moderna diseñada por Richard Rogers. La bodega ocupa un lugar central en la historia de la Ribera del Duero porque fue la primera de la zona. Protos nació en 1927 como cooperativa de 11 viticultores y, según el texto de referencia, cedió el nombre Ribera del Duero para que pudiera crearse la Denominación de Origen en 1982. La palabra Protos procede del griego y significa primero.
Bajo el cerro del castillo, la bodega suma más de 2 kilómetros de galerías excavadas en la montaña. Allí el vino reposa a una temperatura constante de unos 12°C y con una humedad estable durante todo el año, sin necesidad de aire acondicionado. La nueva bodega, inaugurada en 2008, fue diseñada por Richard Rogers, autor también del Centro Pompidou de París y de la T4 de Barajas. Su tejado de cinco bóvedas entrelazadas recuerda la forma de las barricas y completa un conjunto que une tradición y arquitectura contemporánea.
Las galerías antiguas guardan además una parte de la memoria local. El texto señala que los trabajadores que excavaron el túnel a mano en los años 20 y 30 lo hicieron con una precisión tal que apenas hay desviaciones. Durante la Guerra Civil, esos túneles sirvieron como refugio antiaéreo para la población de Peñafiel y también protegieron el vino almacenado en su interior.
La bodega propone varios vinos que forman parte de su identidad. Protos Crianza es el vino de referencia, elaborado con 100% Tinta del País, es decir, Tempranillo, y con al menos 12 meses en barrica. Protos Reserva se hace solo con viñedos de más de 50 años y se presenta como una opción más compleja. Protos '27 rinde homenaje al año de fundación y busca una elaboración más cuidada, con equilibrio entre frescura y concentración.
La gastronomía de Peñafiel completa la visita con una oferta muy ligada al producto local y al asado. El texto sitúa a la villa en un puesto muy alto dentro de los lugares de España donde mejor se come, según un ránking de National Geographic. Entre las paradas recomendadas aparece el Bar Torero, en la Plaza de España y junto a la Iglesia de Santa María, un lugar muy frecuentado por vecinos y visitantes para el aperitivo o el tardeo. Allí se sirven tapas como torreznos, gambas rebozadas, croquetas u oreja, siempre acompañadas por vino de la zona.
Otra referencia es el Restaurante Molino de Palacios, instalado en un antiguo molino sobre el río Duratón del siglo XVI. Su plato principal es el lechazo asado en horno de leña, aunque también aparecen níscalos a la molinera, croquetas, morcilla, escabechados de caza, guisos caseros y setas de temporada. El local conserva una decoración cuidada con elementos de artesanía y mantiene el vínculo con el edificio histórico que ocupa.
El Lagar de San Vicente completa esa ruta gastronómica desde un antiguo lagar con bodega subterránea. El ambiente rústico acompaña una carta en la que vuelve a mandar el lechazo al horno de leña, servido en cazuela de barro y con la carne exterior crujiente. También figuran la sopa castellana, las mollejas a la plancha y una tabla combinada con marisco, embutido, queso y calamares. El propio texto recomienda llegar con antelación para tomar un aperitivo y ver la puesta de sol desde esa altura, un cierre tranquilo para una visita marcada por el vino, la piedra y la cocina de siempre.
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