Miércoles 06 de Mayo de 2026
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Un estudio de la Universidad de Sheffield publicado en la revista Addiction sostiene que recortar la venta de alcohol en supermercados y tiendas podría tener un efecto positivo en la economía británica si ese gasto se traslada a otros sectores. La investigación, firmada por el Sheffield Addictions Research Group, analiza qué ocurre cuando los consumidores dejan de comprar parte del alcohol barato que se vende fuera del canal hostelero y destinan ese dinero a otros bienes y servicios.
El trabajo usa un modelo input-output con datos públicos de la Oficina Nacional de Estadística del Reino Unido. Ese sistema permite calcular cómo circula el dinero entre sectores y qué impacto tiene en el empleo y en el valor añadido bruto, una medida que sirve para medir la actividad económica. Según los autores, el argumento de que reducir el consumo de alcohol daña la economía es demasiado simple, porque no tiene en cuenta que el gasto se mueve hacia otras áreas.
La investigación plantea una diferencia clara entre el alcohol vendido en supermercados y tiendas y el que se consume en pubs y restaurantes. En el primer caso, una reducción del 10% del gasto en alcohol off-trade se asocia con un aumento estimado de 2.543 millones de libras en valor añadido bruto. En el segundo, una caída similar en el canal hostelero tendría un efecto negativo de 2.677 millones de libras.
Los autores explican que el motivo está en la estructura de cada canal. El alcohol vendido fuera del sector hostelero tiene más peso fiscal y depende más de importaciones, sobre todo en el caso del vino, que se produce en su mayor parte fuera del Reino Unido. Eso hace que una parte menor del precio final se quede en la economía doméstica. En cambio, bares y restaurantes generan más empleo directo y tienen más vínculos con proveedores locales.
El estudio también calcula los puntos a partir de los cuales el dinero ahorrado al comprar menos alcohol dejaría de perjudicar al conjunto de la economía. En el caso del alcohol vendido en supermercados, bastaría con que solo 1% del gasto se trasladara a otros bienes para neutralizar el efecto sobre el valor añadido bruto. Para el tabaco, esa cifra es 4%. En bebidas consumidas en pubs y bares, el umbral sube hasta 180%, lo que refleja su mayor peso dentro de la hostelería.
A partir de esos datos, los autores respaldan medidas como el Minimum Unit Pricing, un sistema ya aplicado en Escocia y Gales para fijar un precio mínimo por unidad de alcohol. Según su análisis, este tipo de políticas actúa sobre las bebidas baratas y de alta graduación que se venden sobre todo en supermercados, donde se concentra buena parte del consumo asociado a daños para la salud.
El texto añade que las reformas recientes del impuesto especial sobre el alcohol en Reino Unido han dado al Gobierno margen para ajustar mejor la fiscalidad entre bebidas vendidas en pubs y las comercializadas fuera de ellos. Esa diferencia fiscal puede servir para subir impuestos allí donde el impacto económico es menor y donde también se busca reducir daños sanitarios.
Los autores recuerdan además que su modelo solo mide la parte ligada al gasto y no incluye las ganancias derivadas de una población más sana, como menos bajas laborales o más productividad. Según una estimación citada por el Institute of Alcohol Studies, el coste amplio del alcohol en Inglaterra asciende a 5.06 millones de libras al año.
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