Martes 05 de Mayo de 2026
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En una ciudad que vive pendiente de la novedad, todavía resisten lugares donde el tiempo no impone su ritmo. Casas que funcionan al margen de la rotación constante, ajenas a modas y a discursos de temporada, con una identidad construida desde la permanencia. En el distrito de San Blas–Canillejas, Asador 7 de Julio responde exactamente a esa descripción: un espacio que conserva el pulso de lo auténtico, donde la cocina tradicional, casera y abundante mantiene intacta su lógica. Da igual entrar hoy o haberlo hecho hace cinco años, cuando abrió sus puertas en Madrid, el planteamiento sigue siendo el mismo.
El primer pulso de Asador 7 de Julio es atravesar sus puertas. La sala se abre sin transición: gran formato, más de doscientas personas, algo poco habitual en el barrio. Mesas largas pensadas para compartir, madera en paredes y mobiliario, barricas de sidra que fijan el origen antes de que llegue ningún plato. Los techos altos dan aire; los detalles, cuadros, objetos, guiños castizos, terminan de situar el conjunto. Al fondo, la cocina se muestra sin filtros. Remite al comedor de siempre, pero con una estructura clara que evita desgaste. Un espacio amplio, cálido, con ese ruido de fondo propio de las casas que funcionan, pensado para grupos y celebraciones.
La identidad del proyecto se entiende mejor al mirar su origen. Detrás está Rufino Brioso, que empezó en la madera con 16 años y en 1998 cambió el cincel por la parrilla. Las primeras casas en Manises y Massanassa fijan el modelo: base vasco-navarra, producto reconocible y una estructura pensada para gran volumen. Esa lógica llega a Madrid sin cambios. Carta directa, platos de siempre y una cocina preparada para dar de comer a muchos sin perder ritmo. Parrilla, guisos y entrantes clásicos. Una propuesta que no necesita reinventarse porque sabe exactamente lo que es.

En sala, el ritmo lo marca Valentina, cercana desde el primer momento y con criterio en la recomendación de carta, en línea con el resto del equipo. Hay oficio y coordinación, algo clave en un espacio de este tamaño. Durante la conversación surge un dato que ayuda a entender el recorrido: los fines de semana resulta difícil encontrar mesa sin reserva. Al inicio, el público llegaba sobre todo desde el entorno cercano; con el paso del tiempo, el radio se ha ampliado y hoy atrae a clientes de distintos puntos de Madrid. La filosofía ha calado. Los llenos lo confirman.

La carta permite elegir o dejarse llevar: dos menús cerrados con entrantes al centro, principal a elegir, postre y bebidas. Una fórmula pensada tanto para quien no quiere decidir como para quien busca recorrer la propuesta con una selección ya medida. Tras las croquetas caseras, cremosas y con fritura limpia como aperitivo, arrancamos con las Mollejas de cordero con setas y ajos. Una combinación menos habitual en el recetario más clásico, pero con sentido desde una lectura de temporada: el fondo terroso de la seta encaja bien con la intensidad de la casquería. Llegan bien doradas, con exterior ligeramente crujiente y un interior jugoso. La mordida es limpia, sin exceso de grasa ni textura invasiva. El ajo queda bien integrado y acompaña el sabor sin dominarlo. Un plato que puede convertir a más de un escéptico.

La Txistorra a la sidra aparece como otro de los pases. Elaborada en Irura (Guipúzcoa), conecta de forma directa con el origen vasco-navarro de la casa. Llega bien trabajada, con la sidra integrada en la grasa del embutido y una base ligada en el fondo. Jugosa, intensa, con un punto ligeramente ácido que equilibra el plato. Funciona sin necesidad de más. El nivel sube con los Pimientos del piquillo rellenos de carne madurada. Una versión menos habitual frente al clásico de bacalao, que dejamos para el siguiente plato. La salsa, cremosa y bien ligada, a base de piquillo y nata, cubre el pimiento. En el interior, la carne aparece melosa, se deshace al corte y concentra el sabor. De lo mejor de la mesa.

Terminamos esta primera parte con la Tortilla de bacalao, que en carta aparece como especialidad de la casa. Muy jugosa, con el interior meloso, casi cremoso. Destaca el punto de sal, difícil de ajustar en este tipo de platos porque el propio bacalao ya aporta salinidad; aquí bien medido. Para quien busque un perfil más marcado, podría ganar con algo más de presencia del pescado. También hay espacio para entrantes en frío, jamón de Guijuelo, surtidos de embutidos, quesos, steak tartar o carpaccio, una alternativa clara para abrir boca.
La prueba de fuego, si se permite la licencia, en cualquier asador es la carne. El Chuletón de vacuno mayor con 30 días de maduración sobresale con claridad sobre el resto. La pieza, trabajada en sus propias cámaras, visibles nada más entrar, adelanta el peso del producto. En mesa, llega sobre parrilla individual, de fabricación artesanal y con carbón vegetal de encina, donde el comensal marca el punto en cada corte.
La carne presenta buena jugosidad, con una infiltración equilibrada, fibra tierna y un sabor limpio, bien definido. La maduración aporta profundidad sin alterar el perfil. Se acompaña de Patatas asadas sobre una base de pisto, una combinación menos habitual, pero acertada. Un plato que justifica la visita. Más allá del chuletón, la carta recoge otros cortes: entrecot madurado a la brasa, solomillo en distintas versiones, desde la parrilla hasta opciones con foie o salsas, y chuletas de cordero. Todo dentro de una misma lógica de producto y parrilla.

Llegar al postre no resulta sencillo, pero merece la pena. Dos destacan con claridad. Por un lado, la Tarta de queso. Un postre explotado hasta la saciedad, a menudo sin sentido, pero aquí sí justificado. Tostada en superficie, con base bien trabajada y una textura cremosa, con fuerza, capaz de mantener el equilibrio entre intensidad y ligereza. Por otro, la Torrija con helado de turrón. Jugosidad máxima, bien empapada, con la leche muy presente desde el primer corte. Postre sencillo, bien ejecutado, sin necesidad de añadir nada más.

La propuesta líquida sigue esa misma línea. La sidra ocupa un lugar protagonista, en toneles en sala y en formato ilimitado. El comensal se sirve directamente, algo poco habitual en Madrid. Eso alarga la sobremesa, invita a repetir y añade un punto más lúdico y participativo, muy en línea con la casa. La bodega acompaña con una selección amplia y bien ordenada, con opciones por copa y referencias reconocibles: Rioja, Ribera del Duero, Rías Baixas o alguna etiqueta internacional. Una carta clara, fácil de leer, pensada para elegir sin darle demasiadas vueltas.
Todo encaja con lo que prometía desde el principio. Autenticidad, servicio cercano y producto bien tratado, a un precio que encaja. Se sale con la sensación clara de haber comido bien. Y con ganas de volver.
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