Sábado 11 de Abril de 2026
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El lunes 6 de abril tuvo lugar en Madrid, en el espacio de Asko de la calle Sagasta, 24, una cata dedicada a los vinos de Casale del Giglio, una de las bodegas que más han contribuido a redefinir la imagen contemporánea del Lacio vitivinícola. La sesión permitió recorrer seis etiquetas muy distintas entre sí: Anthium 2024, Antinoo 2023, Radix 2020, Matidia 2023, Madreselva 2019 y Mater Matuta 2019. Más que una simple degustación, fue una lectura en profundidad de un proyecto que combina investigación varietal, recuperación de uvas autóctonas y una visión moderna del vino italiano.
El contexto de la cata no fue casual. Asko ha querido posicionarse en España no solo como firma de electrodomésticos premium, sino como una marca capaz de trasladar al hogar y al servicio profesional criterios de conservación propios de una bodega. En su propuesta para el vino, la marca sueca se apoya en cuatro ideas clave: estabilidad térmica, control de la humedad, ausencia de vibraciones y protección frente a la luz. Sus cavas están concebidas como espacios de guarda de precisión, con zonas independientes de temperatura, filtros de carbón activo, iluminación de baja emisión y sistemas pensados para mantener un microclima constante.

Esa filosofía convirtió a ASKO en un marco coherente para una cata como esta. No se trataba solo de presentar botellas, sino de subrayar que el vino empieza en el viñedo y en la bodega, pero también se decide en la conservación, en el servicio y en el contexto en el que se ofrece al consumidor. La cata, por tanto, dialogó con la propia identidad del espacio anfitrión: precisión, cuidado y respeto por la evolución del vino.
Hablar de Casale del Giglio es hablar del Agro Pontino, en la provincia de Latina, a unos 50 kilómetros de Roma, en una zona marcada por la cercanía al Tirreno y por un paisaje que durante mucho tiempo no estuvo asociado a la gran viticultura. Fundada en 1967 por Dino Santarelli, la bodega encontró su verdadero punto de inflexión en la experimentación. En 1985 plantó una colección de 57 variedades para estudiar cuáles respondían mejor al territorio, sin dejarse arrastrar por modas o jerarquías previas. Aquel trabajo de observación fue decisivo para construir una identidad propia.
De esa investigación surgió un doble camino. Por un lado, la adaptación exitosa de variedades internacionales como Syrah, Viognier, Merlot, Cabernet Sauvignon o Petit Verdot. Por otro, la valorización de castas autóctonas como Bellone, Biancolella y Cesanese. Casale del Giglio entendió que el Lacio podía expresarse tanto desde una gramática internacional bien interpretada como desde sus propias raíces. También incorporó tempranillo, rebautizado comercialmente como Tempranijo, una rareza dentro del panorama italiano y una muestra más de su vocación experimental.
Hoy la bodega cuenta con unas 180 hectáreas de viñedo y una producción amplia que refleja esa vocación investigadora. Su reciente desempeño en el Press Wine Competition de la AEPEV reforzó además su proyección en España: Anthium, Antinoo, Radix y Matidia estuvieron entre los vinos distinguidos por el certamen, confirmando la solidez de una casa que trabaja con blancos muy definidos y tintos de notable profundidad.
La propiedad cuenta además con un restaurante en el centro de Roma, Collegio Bistrot, y los vinos catados mostraron un perfil extraordinariamente gastronómico. Según los sumilleres que asistieron a la sesión, entre los vinos más destacados figuraron los dos elaborados con Bellone: Anthium 2024 y Radix 2020.
La cata arrancó con Anthium 2024, elaborado con Bellone, una variedad histórica del litoral laziale. Es un vino que resume bien una de las líneas maestras de Casale del Giglio: recuperar una uva antigua y traducirla a un lenguaje actual. La elaboración incluye maceración con pieles, fermentación en acero y seis meses de trabajo sobre lías con bâtonnage, en busca de una mayor complejidad y una textura más envolvente.
En copa, Anthium se movió en un registro directo y luminoso. Aparecieron notas de fruta tropical, una sensación salina muy marcada y una boca con volumen, pero sin perder tensión. Fue el vino más inmediato del recorrido, el que mejor expresó frescura, nitidez y vocación gastronómica. En cierto modo, funcionó como una puerta de entrada ideal al universo de la Bellone.

El segundo blanco, Antinoo 2023, dio un paso hacia una mayor complejidad. El ensamblaje de Viognier y Chardonnay se vinifica por separado en tonneaux de acacia de 500 litros, donde tienen lugar tanto la fermentación alcohólica como la maloláctica. Una pequeña parte del Chardonnay pasa además por barrica de roble sin tostar, y la crianza sobre lías se prolonga durante seis meses.
Todo ello se tradujo en una nariz más amplia y una boca más estructurada que la de Anthium. El vino mostró más densidad, más cuerpo y una textura más cremosa, aunque equilibrada por una frescura bien medida. Si Anthium apelaba a la verticalidad y a la expresión marina, Antinoo jugó la carta del volumen, la complejidad y la integración de la madera desde un lugar contenido.

Radix 2020 fue probablemente uno de los vinos más singulares de la sesión. De nuevo elaborado con Bellone, se aparta por completo de cualquier lectura simple o primaria de la variedad. La vinificación incluye maceración con hollejos en tonneaux abiertos, fermentación sin maloláctica, una larguísima crianza sobre lías de unos dos años y una fase posterior en ánfora.
El resultado es un blanco de evolución, profundo y complejo, con notas terciarias que remiten a miel, mantequilla, vainilla y un leve apunte de hidrocarburo. En boca apareció amplio, largo y concentrado, con una presencia casi táctil. Fue uno de esos vinos que obligan a revisar prejuicios sobre lo que puede ofrecer una variedad local cuando se trabaja con ambición y paciencia.

Con Matidia 2023 comenzó el bloque de tintos. Elaborado con Cesanese procedente de un viñedo maduro, este vino conecta con otra de las apuestas más interesantes de Casale del Giglio: la reivindicación de una variedad histórica del centro de Italia desde una lectura precisa y contemporánea. La vinificación contempla maceración, fermentación prolongada y una crianza repartida entre acero y tonneaux. Destaca por su carácter varietal, con una nota vegetal que casi recuerda a una maceración con raspones, y por su perfil de fruta roja viva, acidez marcada y buena longitud.
En la degustación se mostró jugoso y expresivo, con fruta madura, recuerdos de compota y un toque especiado. No fue un tinto de peso excesivo, sino de equilibrio y definición, con una energía que lo hacía especialmente atractivo en la mesa. Esa combinación de identidad local y facilidad de lectura ayuda a entender por qué ha sido uno de los vinos reconocidos por la AEPEV.

Madreselva 2019 cambió de registro. Aquí Casale del Giglio entra en un lenguaje más clásico y ambicioso, con un ensamblaje de corte bordelés a partes iguales de Merlot, Cabernet Sauvignon y Petit Verdot. Cada variedad se vinifica por separado y envejece durante 18 a 20 meses en barrica antes del ensamblaje final.
En copa se expresó como un tinto de perfil más internacional, con notas de especias, tabaco y un fondo balsámico. La fruta madura estaba presente, pero ya integrada en un conjunto más evolucionado y serio. Fue un vino de estructura y discurso, menos inmediato que Matidia y más orientado a quien busca complejidad, madurez y un desarrollo pausado en boca.

El cierre correspondió a Mater Matuta 2019, una de las etiquetas emblemáticas de la bodega. Está elaborado con un 85% de Syrah y un 15% de Petit Verdot. La Syrah puede incluir una parte de uva recogida con ligero pasificado, y el vino pasa dos años en barricas nuevas antes de reposar un año adicional en botella. Es, por tanto, un tinto construido desde la profundidad, la materia y el tiempo.
En la cata mostró elegancia, textura sedosa y complejidad. Se reconocieron notas de fruta roja, cereza, especias y un matiz de cuero, dentro de un conjunto amplio pero afinado. Fue el vino que mejor cerró la secuencia porque condensó muchas de las virtudes del proyecto: madurez mediterránea, precisión técnica y una clara voluntad de situarse en una franja alta sin perder definición.

La cata celebrada en ASKO permitió ver con claridad que Casale del Giglio no es una bodega de etiquetas aisladas, sino un proyecto con un claro hilo conductor. Anthium, Antinoo y Radix mostraron tres formas muy distintas de trabajar el blanco en el Lacio, desde la frescura más franca hasta la complejidad de guarda. Matidia reivindicó el Cesanese como una variedad plenamente vigente. Madreselva y Mater Matuta enseñaron la cara más estructurada y ambiciosa de la casa.
También quedó claro que el trabajo de Casale del Giglio sigue teniendo algo raro y valioso: combina curiosidad, técnica y sentido del lugar. En un momento en que muchas bodegas tienden a repetir modelos ya consolidados, la casa laziale mantiene viva la idea de que un territorio todavía puede descubrirse a través del vino. Y ese fue, en el fondo, el gran mensaje de la mañana del 6 de abril: que el Lacio tiene mucho más que decir de lo que durante años se pensó.
Y eso es precisamente lo que tanto el Lacio como la bodega Casale del Giglio buscarán mostrar en la próxima edición de Vinitaly. La bodega estará presente con un puesto tanto en el Pabellón 6, stand E2, como en el Pabellón A de la región del Lacio, stand 32, con el objetivo de reivindicar la tradición y la calidad de los vinos autóctonos.
https://www.casaledelgiglio.it/
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