La intrahistoria de los blancos de La Rioja

José Peñín

Viernes 30 de Julio de 2021

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En los últimos años la calidad de los blancos riojanos ha mejorado más por el interés que se han tomado los bodegueros que por el progreso vegetativo de la técnica y mejor preparación de los enólogos. Ahora bien, en su historia desde comienzos del siglo XX, la viura como casta hegemónica en la Rioja, ha atravesado toda una serie de vicisitudes poco conocidas que conviene revelar.

Según la gráfica del Catastro de 1977, hasta 1935 el cultivo de uva blanca en la Rioja era muy importante cayendo en picado después de la guerra civil. Hace unos días me confesaba Javier Pascual, director de la revista Prensa de la Rioja, que en los años Sesenta se llegó a primar con 5 pesetas por cepa la plantación de viura por su mayor rentabilidad y no así a la garnacha blanca y malvasía que quedó reducida a un viñedo residual. Esta ayuda aceleró el cultivo de la viura hasta el punto de retirarse la subvención 10 años más tarde. Esto produjo una nueva caída de la producción de modo que en una ocasión se tuvo que autorizar la importación de vino blanco catalán al limitar su cultivo a tan solo 2.500 hectáreas para toda la D.O.

Estos vaivenes no eran tanto por la demanda de blancos sino para mezclarlo con el tinto para suavizarlo disimulando los taninos herbáceos y los colores intensos. Eran tiempos de claretes y tintos algo abiertos. Los blancos jóvenes que se vendían tenían un perfil evolutivo, ya que era imposible lograr vinos afrutados al no haber control térmico de la fermentación. La escasa frescura que tenían se perdía en el almacenaje en depósitos de cemento previo al embotellado, al tiempo que las mejores cepas se utilizaban para la crianza en madera. El blanco envejecido en roble se asimilaba como retrato riojano en paralelo al tinto mientras que el consumo del blanco joven se podría aceptar por su precio inferior al tinto más que por sus cualidades.

Variedades blancas. Foto: Riojawine

Se bebe tinto, pero se planta blanco

Aunque parezca mentira, España ha sido un territorio de uva blanca cuando el consumo ha sido mayoritariamente de tintos. Incluso el término "tinto" -en vez de vino rojo como se denomina en toda Europa- se debe a la acción de "teñir" el blanco con uvas negras que nosotros llamamos tintas. No hay que olvidar que la uva blanca, en un clima de escasa pluviometría como la española, el rendimiento es el triple que las tintas pagándose el kilo al mismo precio. El ejemplo más notorio lo tenemos con la uva airén en La Mancha, el viñedo blanco más grande del mundo, para producir con un 10 por ciento de cencibel, un 65% de tinto manchego; en la Rioja la viura no fue la excepción.

Después de la filoxera

Cuando al final de la filoxera se impuso la terminología francesa para definir los vinos riojanos, el modelo "tipo chablis" definía a los blancos secos y el "tipo sauternes" el vino dulce o semidulce. Entre la década de los Cincuenta y Ochenta, el catálogo de marcas de blancos era relativamente abundante. Se consumía el blanco en barrica como algo muy riojano. También destacaban más que ahora los blancos endulzados, de tal modo que en las etiquetas había que marcar las distancias con los secos.  En ese periodo dos vinos se hallaban en el firmamento riojano: el Monopole de Cune como seco y el Diamante de Franco Españolas como semidulce. El dulzor tapaba en cierto modo los defectos de algunos blancos que, al tener tan solo 11º o 12º la acidez era elevada y el azúcar lo moderaba.

Los pioneros de la modernidad

En los Ochenta fue el declive del blanco joven evolutivo de los depósitos de cemento y los de crianza en roble hechos con vinos procedentes de estos mismos depósitos en su mayoría sin vitrificar y con excesivo sulfuroso. Cuando aparece la fermentación controlada, la bodega Marqués de Cáceres lanza al mercado el primer blanco afrutado de la Rioja. Le siguió Viña Soledad de Franco Españolas, entonces de Rumasa, quizá con excesiva manipulación en la elaboración, para que al final de esa década Martínez Bujanda fuera el primero que elaboró el blanco con fermentación en barrica.

Cuando en los Noventa hubo un debate sobre cuáles eran las mejores cepas nacionales de blanco, la viura estaba en el furgón de cola. En aquellos años Telmo Rodríguez con la marca Remelluri, lanzó un excelente blanco con 9 variedades entre las que destacaban garnacha blanca, viognier, chardonnay y sauvignon blanc, pero sin incluir la viura. Más tarde se descubrió que reduciendo su rendimiento la identidad de la cepa era mucho más notoria. El primer ejemplo lo instauró en el año 1995 Miguel Ángel de Gregorio con su extraordinario monovarietal viura Mártires, hasta el punto que yo mismo dudaba que fuera totalmente de esta uva. Este modelo no fue suficiente para que el Consejo Regulador riojano impidiera la lamentable autorización de la verdejo, sauvignon blanc y chardonnay por razones economicistas. Este hecho fue como un cohete que impulsó a un pequeño grupo de elaboradores para que, además, recuperaran algunas variedades autóctonas con el pionerismo de Benjamín Romeo con su blanco "Que Bonito Cacareaba" combinando la garnacha blanca y malvasía con la viura.

Hoy, Juan Carlos Sancha, con las bendiciones de Fernando Martínez de Toda, es un soplo salvador de un gran número de variedades autóctonas (maturana blanca, tempranillo blanco, garnacha blanca, turruntés e incluso la despreciada calagraño). Los resultados son verdaderamente fabulosos al frente de una nueva generación de viñadores con un riguroso trabajo orgánico dejando muy claro que en el mapa riojano no solo brillan los tintos.

José Peñín
Posiblemente el periodista y escritor de vinos más prolífico en habla hispana.
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