Martes 16 de Junio de 2026
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El análisis del ADN de 80 semillas de uva halladas en antiguos pozos de Cetamura del Chianti, en la Toscana italiana, ha permitido reconstruir una parte poco conocida de la historia del vino europeo. El estudio, publicado en la revista Journal of Archaeological Science y dirigido por investigadores de la Universidad de York, concluye que hace unos 2.000 años esa zona, asociada en la actualidad a vinos tintos elaborados sobre todo con sangiovese, cultivaba principalmente uvas blancas.
Las semillas proceden de un yacimiento situado en el municipio de Gaiole in Chianti, en pleno territorio del Chianti Classico. Según los autores, abarcan un periodo que va del 300 a.C. al 300 d.C., una etapa en la que el asentamiento pasó por fases etruscas y romanas. Los restos se conservaron en el barro sin oxígeno del fondo de pozos profundos, una condición que frenó la degradación biológica y permitió recuperar material genético útil para su estudio.
La autora principal del trabajo, Oya Inanli, explica que la mayor parte de las semillas analizadas pertenecía a una sola variedad idéntica, mantenida durante siglos y transmitida desde época etrusca hasta época romana. Los marcadores genéticos empleados por el equipo permitieron además determinar el color de las uvas. El resultado apunta a que ese clon dominante producía bayas blancas.
El hallazgo modifica la imagen habitual de una de las zonas vinícolas más conocidas de Italia. El Chianti se identifica desde hace décadas con vinos tintos y con el peso central de la sangiovese en sus mezclas o elaboraciones monovarietales. Sin embargo, la investigación sitúa en sus orígenes documentados una viticultura distinta, al menos en lo relativo al color de la uva predominante.
Nancy De Grummond, profesora de la Florida State University y responsable de excavaciones en Cetamura desde 1973, señala que el resultado aporta un nuevo capítulo a la historia vitícola del lugar. A su juicio, resulta llamativo comprobar que el actual prestigio del tinto chiantigiano estuvo precedido por una tradición de cultivo de uvas blancas mantenida durante siglos en época etrusca y romana.
El trabajo no se limita a identificar una variedad antigua. También ofrece información sobre la circulación de material vegetal dentro del Imperio romano. Tras la conquista romana del asentamiento aparecieron en Cetamura nuevas variedades de vid, lo que sugiere la llegada de plantas o esquejes desde otros territorios bajo dominio de Roma. Para los investigadores, ese dato encaja con la existencia de redes agrícolas amplias y organizadas.
Las pruebas genéticas muestran además parentesco entre el clon dominante hallado en Cetamura y dos semillas antiguas estudiadas con anterioridad en el sur de Francia. Esa relación refuerza la idea de intercambios a larga distancia entre regiones vitícolas del mundo romano. No se trataría solo del comercio de vino ya elaborado, sino también del movimiento de cepas y material de propagación para implantar o mantener variedades concretas.
Nathan Wales, coautor del estudio en la Universidad de York, considera que estos resultados acercan las uvas apreciadas por los romanos a variedades presentes todavía en copas actuales. La investigación sugiere así una continuidad genética más amplia de lo que se pensaba entre viñedos antiguos y modernos.
Entre las 80 semillas secuenciadas apareció además un ejemplar vinculado a una familia de vides que sigue cultivándose en Europa central y oriental. Su pariente moderno más próximo sería una rara variedad húngara llamada Baratcsuha szürke. Los autores también relacionan esa línea genética con la célebre vid de Maribor, en Eslovenia, reconocida oficialmente como la planta productiva más antigua del mundo aún en activo, con unos 400 años.
Ese vínculo amplía el alcance geográfico del estudio y apunta a una larga continuidad en ciertas familias varietales europeas. Para los arqueólogos y genetistas implicados, la viticultura antigua no avanzó solo por sustituciones bruscas, sino también por transmisión lenta entre generaciones y territorios distintos.
La investigación combina arqueología y genética molecular para leer restos vegetales que hasta hace pocos años ofrecían información limitada. En este caso, el ADN antiguo no solo ha servido para identificar parentescos entre semillas separadas por siglos y cientos de kilómetros. También ha permitido conocer rasgos concretos como el color probable de las uvas.
Los pozos de Cetamura han sido esenciales para ello. El lodo anaeróbico actuó como un medio natural de conservación excepcional. Gracias a esas condiciones, los investigadores pudieron trabajar con un conjunto amplio y coherente procedente de un único yacimiento, algo poco frecuente en estudios sobre vides antiguas.
El trabajo aporta así nuevas pruebas sobre cómo se organizaba la producción vitícola en tiempos etruscos y romanos y sobre el papel que tuvo Italia central en esa historia. También obliga a revisar algunas ideas asentadas sobre el pasado del Chianti, una región cuya identidad actual está ligada al tinto pero cuyo registro arqueogenético remite, al menos para ese periodo, a un predominio claro de uvas blancas.
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