Un mes durmiendo en la calle: El fenómeno por el vino Borgoña en Noruega

En un ritual que se repite cada año muchos noruegos pasan un mes durmiendo en la calle para poder conseguir una de las pocas botella de Romanée-Conti que llegan al país

Viernes 23 de Febrero de 2024

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A medida que el frío se cuela por las calles de Oslo, un fenómeno poco común, pero cada vez más familiar, se repite fuera del Vinmonopolet, encargado de la venta de alcohol en el país, uno de los establecimientos más emblemáticos de Noruega. Se trata de la anticipación y devoción que despiertan los vinos de Borgoña entre los aficionados al vino noruegos, dispuestos a enfrentarse a temperaturas extremadamente bajas por la posibilidad de añadir a sus colecciones algunas de las botellas más codiciadas del mundo, incluyendo (y especialmente) el legendario Romanée-Conti Grand Cru.

Este 2024 no fue la excepción, y ya desde el primer día del año —sí habéis leído bien, desde el 1 de enero— los más fervientes seguidores de estos vinos se apostaron frente a la tienda principal del Vinmonopolet en el barrio de Aker Brygge en Oslo, armados con tiendas de campaña, juegos de mesa y, por supuesto, una buena dosis de paciencia. La espera no es para menos: el sistema de venta "el primero en llegar, el primero en ser servido" promete a los más afortunados en la fila la oportunidad de llevarse a casa verdaderos tesoros enológicos.

Cabe aclarar que Vinmonopolet es una empresa pública en Noruega y tiene el monopolio de todas ventas con alcohol al por menor en el país, no es posible comprar legalmente cervezas, vinos, licores o RTD en ningún otro establecimiento.​ Vinmonopolet opera más de 300 tiendas en toda Noruega, además de una tienda online.

Y, aunque es posible comprar todo el año, muchos hacen colas para conseguir aquellos vinos que se agotan pronto. Entre las joyas más preciadas que se buscan en estas largas vigilias están los grandes crus de Domaine de la Romanée-Conti (DRC) y Domaine Armand Rousseau, botellas que en el mundo del vino son poco menos que santos griales. No es casualidad que algunos estén dispuestos a soportar temperaturas de hasta -20ºC, todo por la promesa de poder degustar, o quizás coleccionar y guardar como inversión, una parte de la historia y la tradición vinícola de Borgoña.

Este año, el esfuerzo de los primeros campistas, que iniciaron su vigilia justo con el cambio de año, culminó el 1 de febrero, día en que Vinmonopolet lanzó su venta anual de vinos de Borgoña. La espera, lejos de ser un mero trámite, se transforma en una experiencia comunitaria, con hasta 200 personas congregándose en el punto álgido de la espera, compartiendo historias, experiencias y, por supuesto, el amor por el vino.

La venta de este año incluyó, entre otros, tres botellas de Romanée-Conti Grand Cru 2020 a un precio de 80.000 coronas noruegas (7.000€) por unidad, un precio que refleja no solo la calidad excepcional del vino sino también su rareza. Y aunque para muchos el desembolso pueda parecer exorbitante, para los verdaderos amantes del vino, la oportunidad de poseer una obra maestra de la vinicultura justifica la inversión. Recordemos también que, siempre y cuando esté bien conservado, Romanée-Conti es casi el único vino del mundo que garantiza la revalorización de su precio con los años, y eventos como este que sucede en Noruega no hacen más que reforzar el valor y la demanda de esta marca superpremium.

La práctica de acampar frente a Vinmonopolet se ha ido convirtiendo en un ritual anual para algunos, que realizan este ritual cada año, demostrando que, más allá de la compra, lo que se forma en estas largas noches bajo el cielo invernal es una comunidad de aficionados que comparten una pasión inquebrantable por el vino.

Este fenómeno, aunque pueda parecer extremo, es un testimonio de la profundidad y la riqueza que el mundo del vino ofrece a quienes están dispuestos a sumergirse en él. No se trata solo de coleccionar botellas, sino de perseguir experiencias únicas, de entender y apreciar el trabajo, la tradición y la historia que cada botella encierra. En este sentido, la fila a las puertas de Vinmonopolet es mucho más que una simple espera; es una celebración de la cultura del vino, un homenaje a la dedicación de los productores de Borgoña y, sobre todo, una manifestación del espíritu humano, siempre en busca de la belleza y la excelencia.

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