Viernes 14 de Agosto de 2026
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Las olas de calor no elevan de forma indefinida las ventas de bebidas alcohólicas. Una investigación publicada en marzo por la Universidad de California, ETH Zurich y la Universidad Estatal de Carolina del Norte concluyó que las ventas de alcohol aumentan con la temperatura hasta algo más de 32°C y, a partir de ese punto, empiezan a bajar, en parte porque la gente sale menos. El dato cobra interés este viernes, 14 de agosto, con el arranque de otro episodio de calor intenso en Europa y con el sector del vino pendiente tanto de la producción como del consumo.
La presión del calor y de la sequía sobre el viñedo ya está muy presente en países como Francia y España, donde los incendios han vuelto a poner el foco en el efecto del cambio climático sobre la viticultura. Pero el termómetro también modifica lo que se pide en bares, restaurantes y supermercados. La pauta que manejan productores y distribuidores apunta a un mayor interés por vinos servidos fríos y por estilos más ligeros, mientras el tinto pierde terreno en los meses más cálidos.
Ese movimiento se aprecia en la oferta. Algunas bodegas están elaborando rosado a partir de viñedos de variedades tintas que ya tenían en producción. Otras han probado con blancos hechos con uvas tintas, los llamados blanc de noirs. Entre los ejemplos citados por el sector figuran Trivento, con un vino blanco de Malbec, y Changyu Moser XV, con un blanco elaborado con Cabernet. También hay productores que están injertando o replantando parcelas de variedades tintas con uvas blancas.
El ajuste llega incluso al mapa del viñedo. Chile y Burdeos, dos zonas muy asociadas al tinto, han arrancado cerca de 30.000 hectáreas cada una en los últimos tres años. En el caso chileno, la reposición comercial pasa por la marca Chile Pacífico, con la que el país promueve blancos frescos y tintos más ligeros procedentes de viñedos de clima más frío, orientados hacia el Pacífico. La oferta pone el acento en Sauvignon Blanc, Pinot Noir y maridajes con marisco y pescado de costa, lejos de la imagen más clásica de Carmenère y carnes a la parrilla.
Burdeos, por su parte, está impulsando tintos pensados para beber fríos y ha recuperado la histórica denominación “claret” para una nueva hornada de vinos más ligeros y con fruta marcada, dirigidos a consumidores jóvenes. Marcas de gran tamaño como Calvet y Mouton Cadet ya han adoptado esa línea, a la espera de comprobar si el formato encuentra un hueco estable en el mercado.
La duda no se limita al consumo diario. También alcanza al vino premium y al comprador de colección. La casa de subastas en línea iDealwine repetirá este otoño su encuesta sobre clima y hábitos de compra. Su cofundadora, Angélique de Lencquesaing, sostiene que los veranos más cálidos ya están influyendo en ese segmento. En su análisis, Borgoña puede seguir siendo una de las regiones mejor situadas, pero también prevé más interés por blancos frescos como Chenin Blanc y Riesling, además de tintos más ligeros basados en Cabernet Franc y Garnacha.
La última vez que iDealwine preguntó por este asunto, los resultados ya mostraban cambios en la demanda. Un 18% de los clientes decía que elegiría otra variedad para buscar vinos con menor graduación alcohólica. Un 45% afirmaba que compraría más vino blanco en el futuro. Y un 74% aseguraba preferir añadas más viejas cuando suben las temperaturas, al considerarlas más equilibradas que las de años recientes y más cálidos.
No todos los datos apuntan en la misma dirección. En el Reino Unido, Waitrose difundió la semana pasada cifras que recogían un repunte de las ventas de vino tinto sudafricano junto con platos como el pastel de carne con puré, después de la ola de calor de julio. La cadena bautizó la pauta como “feta fatigue” y “reverse comfort eating”, una forma de resumir que parte de los consumidores británicos se cansan pronto de bebidas frías y comidas ligeras y vuelven a opciones más contundentes.
La imagen cambia cuando el calor es extremo. En Francia, la firma Fyre analizó el consumo de bebidas en hostelería durante la ola de calor del 22 al 28 de junio y lo comparó con una semana de referencia, del 8 al 14 de junio. El agua aumentó un 36% en volumen. Las bebidas lácteas y vegetales subieron un 33%. Los siropes y concentrados avanzaron un 26% y los refrescos, un 18%.
Al mismo tiempo, las bebidas calientes se hundieron. El chocolate caliente cayó un 49%, el té un 37% y el café un 26%. Entre las bebidas con alcohol, la cerveza fue la que mejor aguantó, con una variación de -0,3%. El vino retrocedió un 25% y los espirituosos un 14%. Pese al tirón del agua y de los refrescos, el volumen total de bebidas vendidas bajó un 5,5% en esa semana de calor.
Esos registros coincidieron además con la decisión de París de prohibir el consumo de alcohol en la vía pública entre el 26 y el 28 de junio, en el momento de mayor calor, aunque bares y restaurantes con licencia quedaron fuera de la restricción. Aun así, la lectura que deja el estudio de Fyre es clara: cuando la temperatura sube mucho, no solo cambia la mezcla de bebidas, también puede caer el consumo total.
La secuencia encaja con la investigación académica publicada en marzo por la Universidad de California, ETH Zurich y la Universidad Estatal de Carolina del Norte. Ese trabajo sitúa el punto de inflexión en algo más de 32°C. Hasta ese umbral, las ventas de alcohol tienden a subir. Por encima, empiezan a bajar. Una de las razones que apuntan los autores es que el calor intenso reduce las salidas y altera la actividad social que suele sostener parte del consumo.
Para el vino, la cuestión va más allá de decidir si el consumidor opta por un rosado, un blanco o un tinto servido frío. Si las olas de calor se repiten con más frecuencia y con más intensidad, el reparto del gasto puede desplazarse hacia agua, cerveza y refrescos. Mientras tanto, bodegas, distribuidores y plataformas de subastas siguen ajustando su oferta para medir cuánto pesa ya la temperatura en la elección final del comprador.
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