Lunes 27 de Julio de 2026
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Los incendios forestales de este julio en España y Francia han abierto una alarma que va más allá de la emergencia ambiental. Para el viñedo, el daño no se limita a las parcelas que arden. El humo puede arruinar la uva, la vendimia puede retrasarse, los accesos y sistemas de riego pueden quedar inutilizados y, después del fuego, la erosión puede comprometer varias campañas. En dos de los principales países productores del mundo, ese riesgo tiene alcance internacional.
España declaró la emergencia nacional por incendios el pasado 23 de julio bajo el Sistema Nacional de Protección Civil. Según informó Reuters, era la primera declaración de este tipo ligada a incendios forestales. El Joint Research Centre de la Comisión Europea situó en 254.388 las hectáreas quemadas en la UE hasta el 22 de julio, por encima de la media de largo plazo, aunque todavía algo por debajo del mismo punto de 2025.
En España, Reuters y AP situaban este lunes, 27 de julio, la superficie quemada nacional por encima de 170.000 hectáreas. El incendio de Ávila ha sido descrito como el mayor fuego de la historia reciente del país. Aun así, los datos disponibles no permiten afirmar que 2026 haya superado ya a 2025 como peor año nacional por superficie arrasada. Reuters recordó el pasado 20 de julio que España registró 354.747 hectáreas quemadas en 2025, el valor más alto de la última década.
Francia presenta una situación distinta. Reuters informó este lunes, 27 de julio, de que el primer ministro francés calificó la campaña actual como “sin precedentes” y señaló que la superficie quemada ya superaba la del año récord 2022. Los balances citados por la agencia situaban el total por encima de 98.000 hectáreas a 25 de julio y de 116.000 hectáreas este lunes, 27 de julio. En Gironda, el fuego llegó a unos 15 kilómetros del área metropolitana de Burdeos y obligó a evacuar a miles de personas. También se ha observado un pirocumulonimbo, un fenómeno raro en Francia que puede generar rayos y nuevos focos.
En Burdeos, sin embargo, las zonas vitícolas más conocidas no habían sufrido daños directos “por ahora”, según trasladó el Consejo Interprofesional del Vino de Burdeos a Reuters. La principal preocupación inmediata del sector seguía siendo la sequía. Eso no elimina otros riesgos para el vino: humo, mala calidad del aire, problemas logísticos, presión sobre el agua y la posibilidad de nuevos focos durante las próximas jornadas.
La dimensión del problema se entiende mejor con las cifras del sector. La Organización Internacional de la Viña y el Vino sitúa a España como el mayor país del mundo por superficie de viñedo en 2025, con 919.000 hectáreas, y a Francia como el segundo, con 740.000. Juntas suman cerca del 23,7% del viñedo mundial. En producción, Francia alcanzó 35,9 millones de hectolitros y España 29,4 millones en 2025, cerca del 28,8% del vino producido en el mundo.
El peso comercial también es distinto y complementario. Francia exportó vino por valor de 11.200 millones de euros en 2025, mientras España vendió al exterior 19,6 millones de hectolitros por 3.000 millones. Francia concentra más valor; España aporta más volumen. Si ambos países sufren al mismo tiempo incendios, calor extremo y sequía, puede haber efectos sobre precios, disponibilidad de producto, mezclas, contratos de suministro y planificación de bodegas e importadores.
Además, ambos llegaban a esta campaña con una base productiva ya debilitada por el clima. La OIV estimó para Francia una vendimia en 2025 un 16% inferior a su media quinquenal y la más baja desde 1957 si se confirma esa serie. En España proyectó una cosecha un 15% por debajo de su media quinquenal y entre las más bajas de las últimas décadas. Los incendios llegan así sobre viñas que ya venían acusando calor y falta de agua.
El primer efecto sobre el viñedo es el daño directo. El fuego puede destruir postes, alambres, tuberías y sistemas de riego, además de afectar al tronco y al sistema vascular de la cepa. La literatura técnica recogida por el Australian Wine Research Institute señala que cuando xilema y floema quedan dañados, la vid puede perder vigor durante semanas, meses o incluso años. Eso obliga en algunos casos a replantar o asumir pérdidas durante varias campañas.
El segundo efecto es el humo, que para muchas bodegas resulta aún más grave que las llamas. El AWRI explica que ciertos compuestos volátiles del humo pueden penetrar en la uva y unirse a azúcares formando glicósidos. Esos compuestos pueden pasar desapercibidos en la fruta y aparecer después durante la fermentación, la crianza o incluso al beber el vino. El resultado son notas descritas como ahumadas, ceniza, quemado o medicinales. La sensibilidad aumenta desde el envero hasta la vendimia, justo en una fase clave del verano.
La experiencia en California refuerza esa preocupación. Un estudio sobre productores vitícolas recogió que los daños económicos podían deberse más al humo que al fuego directo. Más del 75% de los encuestados necesitó análisis por exposición al humo y aumentó con fuerza la demanda de ensayos rápidos y microvinificaciones para decidir si una cosecha podía comercializarse o debía descartarse.
A eso se suma el impacto laboral. Climate-ADAPT advierte de que los trabajadores al aire libre están entre los grupos con mayor exposición al humo de incendios, sobre todo por partículas PM2.5 y otros compuestos contaminantes. En viticultura eso puede traducirse en jornadas más cortas, menor rendimiento de las cuadrillas y vendimias concentradas en ventanas muy estrechas.
El calor y la falta de agua agravan todo lo anterior. La investigación reciente sobre fisiología de la vid apunta a efectos sobre fenología, composición de la baya, rendimiento y necesidades hídricas cuando coinciden altas temperaturas y déficit hídrico. La propia OIV atribuyó buena parte del mal resultado francés en 2025 al calor y la sequía.
Después llega otro problema: el suelo. En áreas mediterráneas, el fuego eleva mucho el riesgo de erosión durante el primer año posterior. Climate-ADAPT recuerda que los viñedos pueden ser muy vulnerables según pendiente, cubiertas vegetales e intensidad de las lluvias posteriores. Si tras el incendio llegan tormentas intensas a final del verano o en otoño, se pierde fertilidad y se dañan caminos y parcelas.
El efecto territorial también preocupa a medio plazo. La Comisión Europea subraya que los viñedos bien gestionados pueden actuar como franjas que frenan o ralentizan los incendios al romper la continuidad del combustible y facilitar el acceso a los equipos de extinción. Ese papel depende de que las explotaciones sigan activas.
Reuters documentó en agosto de 2025 un caso claro en Aude, en Francia: casi 5.000 hectáreas arrancadas en doce meses habían eliminado una barrera agrícola que ayudaba a frenar el fuego. Allí donde quedaban viñas trabajadas, el avance se detenía con más frecuencia; donde las parcelas habían quedado abandonadas o baldías, el matorral había recolonizado el terreno y favorecido la propagación.
La tendencia sectorial va en esa dirección. La OIV constató que en 2025 la superficie vitícola de la UE cayó un 1,6%, impulsada sobre todo por arranques en Francia y también en España. Francia perdió un 4,4% en un solo año y España un 1,3%. Si esa reducción coincide con incendios repetidos, seguros más caros e incertidumbre sobre humo y rendimientos, puede aumentar la concentración empresarial y el abandono en zonas menos rentables.
La literatura científica mediterránea relaciona ese abandono agrario con un mayor riesgo de incendio por acumulación y continuidad del combustible vegetal. La Comisión Europea vincula además ese riesgo con temperaturas más altas, sequías más largas y más tierra sin uso agrario activo. Para Francia cita una expansión del 17% del área expuesta al fuego hacia 2040.
El problema no afecta solo al sur de Europa. El IPCC considera al Mediterráneo una zona especialmente expuesta al calentamiento y a incendios más severos. La Agencia Europea de Medio Ambiente añade que Europa es el continente que se calienta con mayor rapidez y prevé un empeoramiento del calor extremo, las sequías y los incendios incluso bajo escenarios relativamente favorables.
También hay una relación directa con las emisiones. El Joint Research Centre cifró en 8,31 millones de toneladas de CO₂ las emisiones acumuladas por incendios en la UE desde comienzos de 2026 hasta el 22 de julio. Copernicus recuerda que los fuegos extremos pueden emitir más carbono del que luego recupera la vegetación al regenerarse y reducir además la capacidad del suelo para almacenarlo.
Para el vino mundial eso abre dos cambios profundos. Uno es geográfico: varios trabajos científicos apuntan a una pérdida gradual de aptitud vitícola en áreas mediterráneas cálidas y secas y a mejores condiciones relativas en zonas más frías o septentrionales. El otro es sanitario y económico: Climate-ADAPT recuerda que el humo puede viajar cientos o miles de kilómetros y afectar a salud respiratoria y cardiovascular mucho más allá del perímetro quemado.
En regiones donde pesan mucho el trabajo temporal al aire libre y el enoturismo, esa contaminación implica menos días útiles para trabajar y mayores gastos en protección y prevención. Un estudio multicéntrico publicado en The Lancet Planetary Health y difundido por ISGlobal concluyó además que la mortalidad asociada a PM2.5 procedente de incendios en Europa podría estar infravalorada en un 93%.
Las cifras actuales muestran así un problema inmediato para la campaña de 2026 y otro estructural para las próximas décadas: dos países que reúnen casi una cuarta parte del viñedo mundial soportan al mismo tiempo incendios extensos, sequía intensa y cosechas ya reducidas por episodios climáticos recientes. En ese escenario, lo que ocurra este verano en España y Francia no afectará solo a sus agricultores ni solo a sus bodegas. También condicionará oferta, precios y mapa futuro del vino internacional.
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