Lunes 13 de Julio de 2026
Leído › 180 veces

El ingeniero agrónomo y analista agropecuario Gustavo Huesca ha reunido en tres capítulos una revisión amplia sobre la historia del trigo, desde su domesticación en el Creciente Fértil hasta los desarrollos biotecnológicos más recientes. En su recorrido, sitúa a esta gramínea como una de las especies vegetales con mayor influencia en la evolución de la humanidad y en la formación de las primeras sociedades agrícolas.
Huesca explica que el trigo pertenece al género Triticum, dentro de la familia Poaceae o gramíneas, y recuerda que comparte parentesco con cultivos como maíz, arroz, cebada, avena y sorgo. Describe su sistema radical fasciculado, el tallo en forma de caña con nudos y entrenudos, las hojas con vaina, la espiga como inflorescencia y la cariopse como fruto. Pero subraya sobre todo una característica que considera decisiva en su historia: su condición predominantemente autógama, es decir, su capacidad de fecundarse a sí mismo.
A juicio del autor, esa autogamia permitió conservar durante miles de años tipos relativamente estables y facilitó más tarde los programas de mejora genética. Frente a las especies alógamas, que necesitan polen de otra planta y generan una mezcla genética mayor, el trigo ofreció una base más uniforme para la selección y la conservación de variedades.
El primer capítulo sitúa el origen de la agricultura hace unos diez mil años en el Creciente Fértil, una región que abarcaba zonas del actual sur de Turquía, Siria, Irak e Irán. Huesca sostiene que allí grupos humanos pasaron de la recolección a la siembra de gramíneas silvestres con rasgos favorables, entre ellas los antepasados del trigo moderno. Ese cambio, afirma, hizo posible la aparición de excedentes agrícolas y, con ellos, el desarrollo de poblaciones permanentes, oficios especializados, estructuras estatales y civilizaciones complejas.
Entre los primeros trigos domesticados cita a Triticum monococcum y Triticum dicoccum. Eran plantas muy distintas de las variedades actuales, con espigas más frágiles, bajos rendimientos y una cosecha que exigía mucho trabajo manual. Su ventaja principal, según expone, era la posibilidad de almacenar el grano durante meses, algo que modificó de forma duradera la relación entre las comunidades humanas y el alimento.
Huesca concede un papel central al antiguo Egipto, donde las crecidas del Nilo permitieron generar excedentes agrícolas capaces de sostener ejércitos, grandes obras y una administración compleja. En su análisis, el control del trigo equivalía al control de la estabilidad social. Después sitúa a Grecia como difusora de técnicas agrícolas y a Roma como la potencia que llevó la expansión del cultivo a una escala mucho mayor, impulsando mejoras en almacenamiento, transporte y comercialización para abastecer a millones de habitantes.
La expansión continuó con la llegada de los europeos a América en el siglo XVI. Huesca recuerda que fueron los españoles quienes introdujeron las primeras semillas de trigo en el continente y que, con el tiempo, el cultivo se adaptó a regiones muy distintas, desde México hasta el Cono Sur. En algunos territorios prosperó con rapidez y en otros necesitó décadas o siglos hasta disponer de variedades adecuadas.
El segundo capítulo se centra en la transformación técnica y científica del cultivo. Huesca señala que durante miles de años los agricultores reservaron parte de la cosecha para sembrar la campaña siguiente y seleccionaron las mejores espigas sin contar todavía con una base científica formal. Ese proceso, lento pero continuo, empezó a cambiar a partir del siglo XVIII con la Revolución Agrícola europea.
Según su relato, la introducción de nuevas herramientas, mejores rotaciones, leguminosas y avances en el manejo del suelo elevó la productividad. A la vez, la agricultura comenzó a profesionalizarse y a incorporar conocimiento científico, también en el campo del mejoramiento genético. El trigo fue uno de los cultivos más beneficiados por esa evolución. La mecanización, añade, redujo de forma drástica la necesidad de mano de obra gracias a sembradoras y cosechadoras cada vez más eficientes.
Huesca atribuye un giro decisivo a los descubrimientos de Gregor Mendel sobre la herencia genética. Aunque sus experimentos se realizaron con arvejas, sus principios se convirtieron después en la base del mejoramiento moderno. A partir de ahí, los obtentores pudieron cruzar variedades con objetivos concretos, como más rendimiento, mejor calidad, mayor resistencia a enfermedades o una adaptación ambiental más precisa.
El autor identifica uno de los grandes límites productivos de comienzos del siglo XX en el vuelco del cultivo. Explica que el uso de mayores dosis de fertilizantes hacía crecer demasiado las plantas y aumentaba el riesgo de caída, con pérdidas en la cosecha. En ese punto introduce la figura de Norman Borlaug, agrónomo estadounidense afincado en México, a quien atribuye una transformación decisiva por la incorporación de genes de enanismo en nuevas variedades de trigo.
Esos materiales, más bajos y resistentes al vuelco, podían aprovechar mejor los fertilizantes y elevar de forma notable los rendimientos. Huesca recuerda que Borlaug recibió el Premio Nobel de la Paz en 1970 por su contribución a la alimentación de cientos de millones de personas. Enmarca ese avance dentro de la Revolución Verde de las décadas de 1960 y 1970, cuando nuevas variedades, fertilización intensiva, control de malezas, riego, mecanización y mejoras agronómicas impulsaron un fuerte aumento de la producción mundial de trigo.
En el caso argentino, Huesca sitúa el despegue del trigo desde finales del siglo XIX. Relaciona su expansión con el ferrocarril, la inmigración europea y la disponibilidad de tierras fértiles. Asegura que durante décadas el país fue uno de los grandes graneros del mundo y que los programas de mejoramiento impulsados por organismos públicos y empresas privadas permitieron adaptar variedades a distintos ambientes productivos, mejorar el control de enfermedades, elevar los rendimientos y reforzar la calidad industrial.
En esa revisión menciona de forma expresa a las familias Klein y Buck por su trabajo en mejora genética, así como al INTA por haber desarrollado variedades que, en su opinión, cambiaron la producción nacional. Huesca sostiene que Argentina ha ocupado una posición muy relevante en el mejoramiento del trigo gracias a la capacidad técnica de productores, obtentores y empresarios vinculados a esta gramínea.
El tercer capítulo se ocupa del presente y del futuro del cultivo. Huesca recuerda que el trigo sigue siendo uno de los productos agrícolas más importantes del planeta y que miles de millones de personas consumen a diario pan, pastas, galletitas, harinas y cereales derivados de él. Por eso considera que su papel en la seguridad alimentaria internacional sigue siendo central.
Entre los mayores productores mundiales cita a China, India, Rusia, Estados Unidos, Canadá, Australia y la Unión Europea. Matiza, sin embargo, que producir no equivale necesariamente a exportar, ya que China e India destinan gran parte de su cosecha al consumo interno por el tamaño de sus poblaciones. En el comercio internacional, señala como actores principales a Rusia, Canadá, Australia, Estados Unidos y Argentina, mientras que sitúa entre los grandes importadores a países del norte de África, Oriente Próximo y varias naciones asiáticas.
En América Latina, Huesca presenta a Argentina como uno de los principales productores y exportadores. Localiza las zonas más aptas en el sudeste y sudoeste bonaerense, el centro y norte de Buenos Aires, el sur de Santa Fe, el sudeste de Córdoba, el este de La Pampa y algunas áreas de Entre Ríos. Dentro de ese mapa, concede un valor especial al sudeste bonaerense por sus temperaturas moderadas durante el llenado del grano, que suelen favorecer una buena calidad industrial.
Sobre la calidad del trigo argentino, Huesca evita una clasificación absoluta. Afirma que no existen trigos universalmente mejores, sino materiales adecuados para usos distintos. En el caso argentino, indica que predominan los trigos pan con buena aptitud para panificación y con niveles adecuados de proteína, gluten y fuerza panadera, rasgos apreciados por la industria molinera. Añade que Canadá dispone de materiales con alto contenido proteico, Australia presenta perfiles de calidad concretos y Francia ocupa posiciones relevantes en otros segmentos.
El análisis también aborda el debate sobre el gluten. Huesca recuerda que se trata de un conjunto de proteínas presentes de forma natural en el trigo y otros cereales relacionados, responsable de propiedades esenciales para elaborar panes esponjosos y masas elásticas. Precisa que para las personas con enfermedad celíaca su consumo supone un problema serio de salud, mientras que gran parte de la población puede ingerirlo con normalidad. Ante las discusiones de los últimos años, defiende el valor de la evidencia científica para separar la información rigurosa de las modas.
En la parte final, Huesca sitúa el cambio climático entre los asuntos que más condicionarán el futuro del trigo. Cita eventos extremos más frecuentes, sequías prolongadas, olas de calor, nuevas enfermedades y alteraciones en los patrones de precipitaciones como factores que obligan a desarrollar variedades más resilientes. A su juicio, la adaptación climática será una de las claves del cultivo en las próximas décadas.
También concede un papel central a la biotecnología. Señala que el mejoramiento convencional fue durante décadas la herramienta principal para obtener nuevas variedades, pero sostiene que las nuevas técnicas amplían de forma notable las posibilidades. En ese terreno menciona el trigo HB4 desarrollado en Argentina, asociado a una mayor tolerancia al estrés hídrico, y apunta además al avance de la edición génica como vía para introducir modificaciones más precisas.
Entre las líneas de trabajo que considera probables para los próximos años menciona una mayor eficiencia en el uso del agua, mejoras en la calidad nutricional, más resistencia a enfermedades y una adaptación superior al estrés térmico. Con esa perspectiva, Huesca presenta al trigo como un cultivo que ha acompañado a la humanidad desde las primeras aldeas hasta las grandes ciudades actuales y que sigue en plena evolución científica y productiva.
Leído › 180 veces