Entrevista a Gerardo Collazo Vilar: Las redes sociales han sustituido a las barricadas

El escritor gallego presenta Los años sin dueño, una novela distópica que cuestiona el papel del arte, el poder y la sociedad contemporánea.

Escrito por

Viernes 10 de Julio de 2026

Compártelo

Leído › 693 veces

El arte como forma de resistencia, el poder de los algoritmos, la polarización política, el capitalismo, las redes sociales o la fragilidad de las democracias contemporáneas son algunos de los temas que atraviesan Los años sin dueño, la nueva novela de Gerardo Collazo Vilar (Baiona, 1988). Ambientada en una España distópica situada en 2033, la obra construye un thriller de fuerte carga crítica en el que la creación artística se convierte en el detonante de una revolución capaz de poner en cuestión los pilares de la sociedad actual.

Escritor, pintor y creativo con experiencia en el periodismo, la publicidad y el ámbito audiovisual, Collazo Vilar plantea una reflexión incómoda sobre el papel del arte en una época dominada por los algoritmos, el consumo y la construcción permanente del relato. A través de David, un artista desencantado que impulsa un movimiento conocido como el "arte de destrucción", el autor explora cuestiones como el ego del creador, la manipulación del poder, la violencia, la identidad y los límites de la creatividad en una sociedad hiperconectada.

Con motivo de la publicación de Los años sin dueño, en VINETUR conversamos con Gerardo Collazo Vilar sobre los orígenes de esta novela, la capacidad de la ficción para anticipar los conflictos del presente, el papel de la cultura como espejo de nuestro tiempo y las preguntas que, más que ofrecer respuestas, buscan incomodar al lector y obligarle a reflexionar.

Los años sin dueño imagina una sociedad convulsa donde el arte se convierte en detonante de una revolución. ¿En qué momento surgió la idea de construir una historia que uniera creación artística, conflicto social y thriller?

La idea surge en 2018 como algo bastante más sencillo de lo que finalmente fue. En un primer momento me planteé una novela corta en la que un grupo antisistema atacaba museos por oposición al Estado, inspirado por los sabotajes culturales llevados a cabo por el grupo de afinidad anarquista y contracultural Up Against the Wall Motherfuckers entre 1967 y 1969 en la ciudad de Nueva York, así como las acciones del colectivo de arte callejero ruso Voiná. Pero las reiteradas acciones llevadas a cabo por activistas climáticos contra importantes obras de arte, sopa de tomate y pegamento de contacto mediante, me empujaron a desarrollar más profundamente la idea. Los ingredientes ya estaban ahí, flotando en el aire. Yo solo los mezclé con las convulsiones políticas y sociales de nuestro país. Además, atacar el arte como forma de protesta tiene un punto grotesco; sacrílego. Dicha tesitura se ofreció ante mí como el escenario perfecto para contraponer el acto de creación al de destrucción desde una perspectiva poética. No conozco ninguna otra novela reciente que explore un escenario similar.

El protagonista, David, acaba transformándose en Vadsyd, una figura que parece devorar su propia identidad. ¿Hasta qué punto la novela habla de los riesgos de convertirse en el personaje que uno mismo ha creado?

David pasa de ser un simple peón de la publicidad a un artista consagrado, antipático, narcisista y peligroso. En resumidas cuentas: un sociópata. En esta capa de la novela me recreo en el ego del artista; la importancia del personaje frente a la inutilidad de la persona, que queda relegada a una mera interferencia que con el tiempo tiende a desaparecer. En mi opinión es importante contar con un personaje a la hora de desenvolverse en cualquier rama del arte; yo mismo cuento con varios. Evitar que tu propio personaje te devore es otra historia. Sin duda es uno de los temas principales de la novela, así como una de las luchas internas de cualquier artista apasionado.

A través del llamado "arte de destrucción", planteas una pregunta incómoda: ¿qué ocurriría si el arte dejara de ser una herramienta para construir y pasara a ser un instrumento para destruir? ¿Qué reflexión hay detrás de este planteamiento?

Hubo décadas realmente doradas para el arte combativo. Pero desde que el arte está sujeto a proyectarse en redes sociales como Instagram, donde impera la autocensura (y si no ya se encarga la propia plataforma de cortar las alas al artista), todo se ha ido al traste. El algoritmo jamás potencia el arte subversivo; un arte crítico, incómodo: capaz de asustar, ofender, herir sensibilidades... Las redes sociales potencian al payaso que baila frente al que provoca incendios.

Vadsyd halla en el acto de destrucción algo que, como bien dice, ni siquiera el capitalismo es capaz de absorber. Considero que este es el punto fuerte de la novela, de ahí que sea la frase inicial: «Os daré algo que el capitalismo no podrá vender»; teniendo en cuenta que se refiere al mercado del arte, capaz de vender un plátano pegado a una pared con cinta aislante, un vaso de agua o un espacio vacío delimitado por una cinta, sin duda es una declaración de intenciones de carácter incendiario. La reflexión que hay detrás de todo esto es que la sociedad en general, y el mundo del arte en particular, está actualmente idiotizada por la tecnología y las redes sociales. El arte dejó de ser combativo en el momento en el que un algoritmo tuvo el poder de limitar el alcance de una obra y de su artista, en mi opinión desde una perspectiva completamente retrógrada y mojigata.

Por otro lado, la destrucción es la piedra angular de nuestra historia como especie; el arte de destrucción es una humilde representación de la estela dejada por el ser humano a lo largo de los siglos. Nos apasiona la destrucción, mucho más que el acto de crear o construir. Nuestro sistema se sostiene en la agresión; en la apropiación de lo ajeno. Esa es la conclusión que lleva a Vadsyd a idear el arte de destrucción, a hacer uso de las herramientas del Sistema para luchar contra él, para borrar nuestra memoria, desdibujar nuestra identidad y construir un futuro incierto. Eso sería el ser humano sin el arte: un conjunto vacío sin pasado ni presente, tan solo un futuro incierto.

La novela transcurre en una España distópica situada en 2033, pero muchos de los conflictos que describe ya están presentes hoy. ¿Crees que la ficción tiene la capacidad de anticipar realidades que aún no hemos terminado de ver?

Algunos escritores y escritoras son capaces de vaticinar el futuro. No creo que ese sea mi caso. Di por finalizado el primer borrador de Los años sin dueño a inicios de 2021, y en él ya hablaba de la actual guerra en Ucrania. Pero dicho conflicto se inició en 2014 con la invasión de Crimea por parte de Rusia; era solo cuestión de tiempo que el Kremlin ampliara sus ambiciones a todo el país. Se trata de un conflicto con cientos de años de antigüedad, desde los tiempos de Catalina la Grande, sin olvidar el Holodomor, cuando Stalin mató de hambre al pueblo ucraniano para financiar la modernización de la Rusia urbana y afianzar el régimen a ojos del Occidente capitalista. Todo conflicto mantiene sus raíces enterradas en el pasado. Si has seguido de cerca la historia de un determinado territorio, fácilmente puedes anticipar su futuro inmediato. En este sentido considero que la ficción sí es capaz de anticipar el futuro. Escritores como Orwell, Huxley o Asimov acertaron de pleno en cuestiones cuanto menos terroríficas. El tiempo dirá hasta qué punto han sido capaces de ver el futuro.

En el libro aparecen temas como la polarización, los populismos, las redes sociales o la fragilidad de las democracias contemporáneas. ¿Qué aspecto de la sociedad actual te preocupa especialmente como observador y como escritor?

Lo que más me preocupa es que estemos tan sedados que seamos incapaces de poner límites al capitalismo; de rebelarnos ante las injusticias de un Sistema que se vuelve depredador si la sociedad lo permite; que sea el poder quien defina nuestras preocupaciones en función de sus muchos intereses, ahora que la mayoría dominante carece de sentido crítico. Sobre todo me preocupan los tecnoligarcas; el feudalismo tecnológico es ya una realidad. Todo lo que nos interesa, preocupa o aterra ha sido servido ante nuestros ojos por una serie de algoritmos, acompañado de impactos publicitarios que han sabido monetizar nuestras respuestas emocionales hasta la extenuación, empujándonos hacia un consumismo ciego y desbordado. Las redes sociales han sustituido a las barricadas, y no hay nada más dócil que una queja en uno de estos espacios controlados por los nuevos señores. Me preocupa la docilidad con la que estamos renunciando a nuestras libertades, a cambio de disponer de pan y circo veinticuatro horas al día los siete días de la semana.

Los años sin dueño lanza críticas al mundo del arte, a los medios de comunicación, al poder político e incluso al propio sistema capitalista. ¿Escribir esta novela fue también una forma de cuestionar algunas de tus propias certezas?

Por supuesto. Siempre lo digo: soy muy crítico con todo, pero sobre todo soy crítico conmigo mismo. Llevo más de una década dedicándome al mundo de la publicidad y el marketing: formo parte del Sistema y con ello del problema. Mi forma de equilibrar la balanza es ser consciente de ello, intentar transmitir con mi obra (sobre todo con la literatura) una perspectiva en nada romántica y terriblemente lúcida del engaño al que estamos sometidos. Me dedico a la publicidad, sí, es por ello que soy crítico con algunos de sus ámbitos, como por ejemplo el de las redes sociales, sobre todo en lo que atañe a la gente joven. También soy crítico con el mercado del arte. No podría criticar otros ámbitos, pues no dispongo de los suficientes conocimientos; intento hablar de lo que conozco y en ocasiones me equivoco. Me encanta cometer errores porque de ellos aprendo. No tengo ningún complejo que me impida cuestionarme mis propias certezas. En parte, escribo para ser capaz de cuestionarme aquello en lo que creo. Mi pensamiento evoluciona como lo hacen los tiempos que corren, esta realidad que aplasta, la política que defrauda y nuestra sociedad, que aguanta. Cualquiera que posea una certeza incuestionable está más cerca de la fe que de la verdad. La verdad es mutante; la fe es inamovible. La locura es creer en algo con fe ciega. Ser capaz de cuestionarse certezas, y evolucionar, es un acto de rebeldía que muy generalmente se traduce en inteligencia.

A lo largo de la historia surge una cuestión fundamental: la diferencia entre revolucionario y criminal. ¿Crees que la línea que separa ambas figuras es más fina de lo que solemos admitir?

El revolucionario, como el criminal, nace del relato. Todo depende del ángulo de visión. Un grafitero, por poner un ejemplo, es un delincuente a ojos del Estado, pero el mundo del arte hace tiempo que ha asumido el grafiti como parte de su historia reciente. Es innegable que el grafiti es la única corriente artística que en la actualidad mantiene su carácter contestatario. Si la pregunta se refiere a revolucionarios de índole político, la cuestión se vuelve peliaguda: aquí, más que en ningún otro caso, todo depende del relato. Lo que sí es cierto es que nadie, jamás, ha llevado a cabo una revolución sin derramar sangre. Las contadas excepciones que existen no hacen sino confirmar la regla.

En tu biografía reivindicas la creatividad como una forma de resistencia frente a una realidad que a menudo busca uniformarnos. ¿Sigue siendo el arte una herramienta para desafiar el pensamiento dominante?

No, en absoluto. El arte es una falacia. En mi opinión solo tiene utilidad en lo personal. Creo que el arte brilla únicamente en la intimidad que surge entre el artista y su obra; en cuanto se le pone precio, y el ego del artista es proyectado y aplaudido, la magia se esfuma. Ocurre lo mismo con la literatura: el ejercicio de enfrentarse al folio en blanco y llenarlo de renglones coherentes, vivir como real esa experiencia, esa conversación con uno mismo y con sus pensamientos más íntimos, resulta fascinante. Volcarlo en un soporte tangible, buscar una editorial, que te ignore la mayoría y lograr al fin ver publicado el libro, para que te ignore la mayoría lectora, resulta agotador. Escribir me apasiona: es mi vida. Amo escribir tanto como leer, y devoro los libros. Pero publicar es otra historia. Esto último lo digo con una pequeña sonrisa en los labios: los libros no existen hasta que llegan a las manos del lector. Creo que lo decía Cela, si no me equivoco. La creatividad es una forma de resistencia íntima, nada más. Hace mucho que el arte perdió sus superpoderes. El grafiti es la única excepción que se me ocurre y, como las demás excepciones, confirma la regla. Pero es solo mi opinión; podría estar equivocado. De hecho me encantaría estarlo.

Además de escritor, eres pintor, creador y has trabajado en ámbitos tan diversos como el periodismo, la publicidad o el audiovisual. ¿Cómo dialogan todas esas disciplinas dentro de tu proceso creativo?

Todo esto se ve reflejado en las historias que cuento, en las inquietudes de los personajes e incluso en sus conflictos internos. Mis personajes siempre son artistas, escritores, periodistas... siempre viven un poco al margen de la sociedad, buscando el aislamiento y sintiéndose desconectados de la realidad. Me considero una persona afable y extrovertida; resulta muy sencillo dialogar conmigo. No obstante siempre he necesitado tener mi propio espacio (mi pequeño refugio) para sostener el día a día. Una parte de mí busca la soledad, mientras que la otra necesita relacionarse. Ese conflicto interno me ha acompañado allá donde he ido, en todos los ámbitos de mi vida. Ha dialogado con mi obra, con mi trabajo, con las personas con las que he convivido... He sentido cosas muy agradables en todos estos entornos, pero jamás me he negado a explorar sus muchas oscuridades. Supongo que me recreo en mi experiencia para establecer acotaciones creíbles y personajes con una profundidad real; mi objetivo es resultar creíble: por descabellada e hilarante que sea la historia a contar, hablo de aquello que conozco en profundidad. Sin duda la experiencia nutre mi obra. Supongo que en mi proceso creativo dialogan todas estas disciplinas, desde el audiovisual al periodismo, pasando por el arte, la publicidad y el marketing. Si en algún momento vivo de escribir, no dudaré en realizar arduas investigaciones acerca de otras disciplinas para construir nuevos personajes e historias, alejados de mi propia experiencia. Pero de momento, como humilde trabajador que exprime las horas que no tiene para ser capaz de dedicarse a la literatura, he de conformarme con explorar mis propias vivencias a la hora de escribir.

La novela está poblada de referencias culturales, artísticas y mediáticas que van de Banksy a Houellebecq, pasando por figuras de la cultura popular contemporánea. ¿Qué papel juega la cultura como espejo de las contradicciones de nuestro tiempo?

Esto me ha permitido definir con exactitud el carácter del protagonista de Los años sin dueño. Hoy en día nada nos define tanto como el tipo de personajes públicos a los que rechazamos, así como aquellos a los que aplaudimos. Que el protagonista considere a Banksy un vendehumos, a Houellebecq una rock star iconoclasta y exhausta, o a Eduardo Casanova un fraude, define a la perfección la clase de persona que es. Su enfrentamiento con David Broncano y su rivalidad con la Ira (el terrorífico villano de la novela) mantiene prendida su lucha interna, esa que lo empuja hacia el desastre. A Vadsyd lo domina el cerebro primitivo: solo sabe huir o luchar; en ocasiones huir es una forma de luchar, y viceversa. No tengo absolutamente nada en contra de ninguno de estos personajes, pese a que puedan no ser de mi agrado. Simplemente me parecía interesante incluir ciertos iconos del imaginario colectivo en los que apoyarme a la hora de definir con exactitud el carácter del personaje principal. Dime a quién desprecias y te diré quién eres. Así de básica, absurda y delirante es nuestra sociedad. Las contradicciones de nuestro tiempo no son más que continuas guerras horizontales que nos mantienen enfrentados los unos con los otros. En este sentido, la cultura cuenta con un papel protagonista dentro de Los años sin dueño.

Si tuvieras que resumir Los años sin dueño en una sola pregunta para el lector, ¿cuál sería?

¿Confías en vivir el resto de tus días en la cara buena del mundo?

En VINETUR siempre nos gusta cerrar nuestras entrevistas con una referencia al vino. ¿Qué vino elegirías para acompañar la lectura de Los años sin dueño y por qué?

Tenía por costumbre celebrar el momento triunfal de dar por finalizada una nueva novela con una cerveza, pero con Los años sin dueño esa celebración tuvo lugar en La Tinaja, una bodega situada en el Born (Barcelona), y lo celebré con un Radix; no soy muy amigo del rosado, pero en esta ocasión fue una suerte de descubrimiento. Desde entonces, ese ritual íntimo de deslizar la palabra FIN en la última página tiene lugar con vino. Para Los años sin dueño recomendaría un vino de carácter peculiar, diferente al resto. Un Radix me parece una opción perfecta: un vino rosado con alma de tinto... Por lo que sea, me están entrando ganas de terminar mi nueva novela.

Un artículo de Laia Acebes
¿Te gustó el artículo? Compártelo

Leído › 693 veces