Cambiar de variedades no es la mejor solución del viñedo al cambio climático

La Universidad de Cornell plantea conservar variedades tradicionales si el mercado compensa invertir en protección frente al calentamiento

Martes 09 de Junio de 2026

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Un equipo de la Universidad de Cornell plantea que el calentamiento no llevará de forma automática a sustituir las variedades de uva en los viñedos. Su trabajo propone un modelo económico para ayudar a decidir qué vía de adaptación conviene más en cada zona: mantener la variedad tradicional con medidas de protección, introducir cambios técnicos como las mallas de sombreo o trasladar el cultivo a áreas más frías.

La información difundida a partir de este estudio señala que la decisión no depende solo de la temperatura. También pesa el valor comercial de cada variedad y la disposición del consumidor a pagar más por vinos ligados a una uva concreta, a una denominación o a un origen conocido. Esa combinación, según el planteamiento del equipo, puede hacer que en muchos casos resulte más rentable conservar la variedad habitual y aplicar medidas agronómicas antes que arrancar viñas y replantar otras.

El trabajo se centra en una cuestión que preocupa desde hace años al sector del vino. Las olas de calor, los veranos más largos y los cambios en la maduración alteran el equilibrio entre azúcar, acidez y compuestos aromáticos. En muchas regiones, eso obliga a revisar calendarios de vendimia, manejo del viñedo y técnicas de cultivo. Hasta ahora, una parte del debate se había centrado en si sería necesario reemplazar variedades tradicionales por otras más adaptadas al calor. El modelo de Cornell introduce otra idea: esa sustitución no siempre será la opción con mejor resultado económico.

Según el resumen difundido por Muser Press, los investigadores comparan tres grandes caminos. El primero consiste en seguir con la misma variedad y asumir pérdidas o cambios en la calidad cuando sube la temperatura. El segundo pasa por invertir en herramientas de adaptación dentro del propio viñedo, como sistemas de sombreo. El tercero contempla mover la producción hacia lugares más frescos. La conclusión principal es que no existe una respuesta única válida para todos los casos.

El estudio parte de un criterio sencillo: el productor no decide solo por razones agronómicas, sino también por ingresos esperados y por el comportamiento del mercado. Si una variedad tiene un fuerte reconocimiento entre los compradores, cambiarla puede suponer perder parte del valor añadido del vino. En ese caso, invertir en protección frente al calor puede compensar más que sustituir la uva por otra menos conocida. Si ese reconocimiento es menor o si el calentamiento es muy intenso, otras opciones pueden ganar peso.

Ese enfoque resulta relevante para regiones vitícolas con una identidad muy ligada a determinadas castas. En Europa, muchas zonas construyen su imagen comercial sobre variedades históricas y sobre normas de producción vinculadas al territorio. Cambiar de uva no es solo una decisión técnica: afecta al posicionamiento del vino, a su precio y a la relación con el consumidor. El modelo pone cifras a esa tensión entre adaptación climática y valor de mercado.

La investigación también apunta al papel de las tecnologías intermedias. Las mallas de sombreo, citadas en el resumen del trabajo, son una herramienta cada vez más presente en algunos cultivos para reducir radiación y temperatura sobre la planta. En viñedo, su uso genera debate porque puede modificar el microclima de la cepa y alterar costes de manejo y producción. Aun así, el estudio las incorpora como ejemplo de inversión capaz de evitar decisiones más drásticas cuando el calor aumenta pero todavía permite mantener la viabilidad económica del cultivo.

Otro elemento central es la intensidad del calentamiento. Si el aumento térmico es moderado, conservar la variedad tradicional con ajustes técnicos puede ser suficiente. Si el cambio es mayor, esa estrategia puede dejar de funcionar o exigir inversiones demasiado altas. En ese punto, trasladar plantaciones a zonas más frías o elevar altitudes puede pasar a ser una alternativa más razonable desde el punto de vista empresarial.

La referencia al precio que paga el consumidor añade una dimensión poco tratada fuera del ámbito académico. No todos los vinos responden igual ante un cambio varietal. En segmentos donde pesa mucho la marca territorial o la fama de una uva concreta, el mercado puede penalizar una sustitución aunque mejore la adaptación al clima. En otros casos, donde el comprador da prioridad al precio o muestra más flexibilidad ante nuevas propuestas, introducir otra variedad puede tener menos impacto comercial.

Para España, donde buena parte del viñedo se asienta en zonas secas y cálidas y donde muchas bodegas trabajan con variedades muy asociadas a su origen, este tipo de modelos ofrece una herramienta útil para planificar inversiones. También puede servir para orientar decisiones públicas sobre ayudas a modernización, investigación agronómica o revisión normativa en denominaciones de origen que estudian cómo responder al aumento de temperaturas.

El interés del estudio está en que no presenta el cambio varietal como un destino inevitable ni como una solución universal. Sitúa la adaptación del viñedo en un terreno más amplio, donde cuentan clima, técnica, rentabilidad y percepción del consumidor. Esa mirada permite entender por qué dos regiones con problemas térmicos parecidos pueden tomar caminos distintos.

La información disponible no detalla aún todos los supuestos empleados por los autores ni el alcance geográfico exacto del modelo difundido por Cornell a través de Muser Press. Tampoco precisa qué escenarios térmicos se comparan ni cómo se mide el valor comercial asociado a cada variedad. Aun así, el planteamiento general coincide con una tendencia cada vez más visible en la investigación vitícola: adaptar el viñedo exige combinar ciencia agraria y análisis económico.

En los últimos años, universidades y centros especializados han estudiado medidas como cambios en orientación de filas, manejo de cubierta vegetal, poda tardía, riego ajustado o traslado a cotas más altas para amortiguar los efectos del calor extremo. El trabajo ahora difundido añade un marco para ordenar esas decisiones según su rentabilidad probable y según lo que esté dispuesto a aceptar el mercado.

Para bodegas y viticultores, esa cuestión tiene consecuencias directas. Replantar una finca supone años sin plena producción y una inversión elevada. Instalar sistemas de protección también requiere gasto inicial y mantenimiento. Moverse a otra zona implica acceso a tierra, permisos e infraestructuras nuevas. Elegir mal puede comprometer márgenes durante mucho tiempo. Por eso gana interés cualquier herramienta que ayude a comparar escenarios antes de actuar.

La aportación del equipo de Cornell llega además en un momento en que muchas regiones productoras revisan sus estrategias frente al calor extremo y las vendimias adelantadas. La idea central que deja este trabajo es clara: la adaptación del viñedo no pasa siempre por cambiar la uva; en muchos casos dependerá de cuánto suba la temperatura y de cuánto valor conserve esa variedad ante los ojos del consumidor.

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