Martes 19 de Mayo de 2026
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Hay un lugar en la Patagonia donde el vino convive con montañas, lagos, bosque andino, ríos y mesetas abiertas. Hablo de Neuquén, una provincia ubicada en el norte de la Patagonia argentina, que logró construir una identidad vitivinícola propia dentro del mapa del vino patagónico argentino.
Para muchos fuera de Argentina, la Patagonia suele asociarse con nieve, naturaleza extrema, paisajes inmensos y rutas lejanas. Todo eso existe. Pero también existe una Patagonia del vino.
Una Patagonia marcada por el viento, la amplitud térmica, los cielos abiertos y una luminosidad muy particular. Condiciones que terminan influyendo en la forma en que los vinos se expresan: frescura natural, buena acidez, fruta definida y un equilibrio que suele sorprender a quien los prueba por primera vez.
Muchos conocen San Patricio del Chañar, la zona que puso al vino neuquino en el mapa y donde se concentra gran parte de la producción provincial. Es lógico. Allí comenzaron muchos de los proyectos que ayudaron a consolidar la imagen del vino patagónico moderno, especialmente a partir de variedades como Pinot Noir, Chardonnay, Malbec y Cabernet Franc.
Pero recorrer Neuquén permite entender algo interesante: no existe una sola geografía del vino.
El paisaje cambia mucho dentro de la provincia. Cambia el viento, la cercanía con los ríos, la relación con la cordillera, la amplitud térmica y hasta la forma en que se vive el territorio. Y, tarde o temprano, esas diferencias empiezan a aparecer también en la copa.
Además de San Patricio del Chañar, aparecen otras zonas que comienzan a mostrar perfiles propios. La región de Confluencia, más cercana a los grandes ríos, conserva una tradición agrícola histórica. Hacia Senillosa y el corredor del Limay surgen paisajes abiertos donde el clima empieza a mostrar matices distintos.
Más al oeste, Cutral Co y Plaza Huincul aportan una de las historias más inesperadas del vino argentino. En una geografía históricamente ligada a la energía y al petróleo, los viñedos encontraron un lugar para crecer, demostrando que el vino también puede convertirse en una nueva forma de identidad territorial.
Hacia el norte de la provincia aparece otro capítulo poco conocido fuera de Neuquén. En localidades como Chos Malal, en el Alto Neuquén, existen algunos de los viñedos más antiguos de la provincia, mucho antes de que el vino neuquino comenzara a asociarse con los desarrollos modernos de la Patagonia.
En el Norte Neuquino el paisaje vuelve a cambiar. Aparecen la montaña, los ríos, las veranadas, pequeños oasis productivos y una identidad cultural profundamente ligada a la trashumancia y a la gastronomía regional. Allí el vino todavía aparece de forma más discreta, pero la historia ya estaba antes. Y quizás no resulte casual que vuelva a despertar interés en un territorio marcado por la amplitud térmica, la altura y una personalidad muy distinta dentro de la provincia.
Y hacia la cordillera, cerca de lagos, bosque andino y montañas, empieza a insinuarse otra posibilidad: la de vinos profundamente ligados al paisaje patagónico de montaña.
El atractivo del vino neuquino no pasa solamente por el clima frío. También tiene que ver con una forma de expresión cada vez más definida. Son vinos que, en general, privilegian la frescura, el equilibrio y cierta precisión aromática por sobre la sobre madurez o el exceso de extracción. Vinos que suelen sentirse cómodos en la mesa y acompañan muy bien a la gastronomía.
Pero hay algo más difícil de explicar y que muchas veces se entiende recién cuando uno llega a la Patagonia.
El vino cambia cuando cambia el lugar.
No es lo mismo probar un Pinot Noir mirando un lago rodeado de bosque andino, compartir un Cabernet Franc junto a un fuego en plena estepa o descubrir un Chardonnay después de recorrer kilómetros de rutas patagónicas atravesadas por viento y horizontes abiertos. El paisaje, el clima y las personas terminan formando parte de la experiencia.
Quizás ahí esté una de las razones por las que el vino neuquino empieza a llamar cada vez más la atención: no busca copiar estilos ni parecerse a otros vinos. Va encontrando una expresión propia, muy ligada al paisaje donde nace.
Y probablemente ahí esté una de sus mayores fortalezas: dejar que el territorio hable un poco más en la copa.

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