Mariana Gil Juncal
Jueves 03 de Septiembre de 2026
Mejor Sommelier de Argentina 2022, docente del Centro Argentino de Vinos y Espirituosas (CAVE) y Certified Sommelier de la Court of Master Sommeliers, Andrea Donadio lleva más de cinco años enseñando análisis sensorial -y confirmando en el aula lo que la neurociencia documenta en el laboratorio: que el efecto precio, el efecto contexto y el efecto etiqueta operan incluso en los paladares más entrenados. Una conversación sobre los límites del criterio experto y cómo construir percepción genuina.
Cuando los investigadores de la Universidad de Burdeos tiñeron un vino blanco de rojo y lo sirvieron a estudiantes de enología, todos usaron vocabulario de tinto para describirlo. Ninguno detectó el engaño. El experimento -uno de los más citados en neurociencia sensorial aplicada al vino- demuestra algo incómodo: que la vista domina al olfato y al gusto incluso en catadores con años de formación. Andrea Donadio no necesita ir tan lejos para probarlo. En su aula del CAVE, donde enseña Apreciación Gastronómica, alcanza con servir un vino ordinario en un decanter para ver cómo cambian las expectativas de sus alumnos antes de que haya probado el primer sorbo. Donadio es egresada de CAVE cosecha 2011, Certified Sommelier de la Court of Master Sommeliers desde 2015, se formó en sala en Martín Berasategui y en Michel et Sebastian Bras, y en 2022 fue elegida Mejor Sommelier de Argentina. En 2023 representó al país en el Concurso Mundial de Sommeliers en París. Habla de sesgos cognitivos en la cata con la autoridad de quien los estudió, los enseñó y los sigue experimentando.
Sí. Uno de los ejercicios que más funciona es probar vinos complejos y luego vinos simples. Este ejercicio sirve para describir objetivamente lo que está en la copa y no pensar que siempre el orden creciente tiene que corresponder de menor a mayor complejidad.
Sí, lo veo. Si un alumno sabe que un vino es caro, muchas veces espera encontrar determinadas características y eso condiciona su percepción. Creo que la experiencia y el entrenamiento no eliminan estos sesgos, pero ayudan a reconocerlos. A mí misma me sirve muchísimo catar a ciegas para tratar de dejar afuera toda la información que tengo sobre una botella, un productor o una variedad.
No hice exactamente ese mismo experimento pero es frecuente servir un vino simple y económico en un decanter y ese simple cambio en el servicio puede generar mayor expectativa en la persona que va a catar y describir el vino.
El contexto influye muchísimo. No es lo mismo tomar un vino en una degustación técnica que en una mesa con amigos, con buena comida y música. En un aula tratamos de modificar algunas condiciones que tenemos a nuestro alcance: temperatura, formato de copas, información previa o incluso el orden de los vinos.
Como dije antes creo que el entrenamiento no elimina los sesgos, pero los vuelve más visibles. Y eso ya es muchísimo. Con los años aprendés a desconfiar un poco de tus primeras impresiones y a preguntarte por qué estás percibiendo algo.
La preparación para los concursos me enseñó muchísimo sobre mis propios límites. En general entreno la cata de lo que más me cuesta reconocer, sea una variedad o el origen del vino o una técnica de vinificación. Empiezo siempre por lo más difícil para mi.
Sí, creo que puede pasar, pero hay que poner límites en los contextos que habitamos. Cuando estoy catando con colegas saco una radiografía de los vinos que pruebo, cuestiono algunas aristas, intento encontrar patrones o pautas concretas que me hablen del vino. Cuando estoy con amigas o con familia disfruto todo lo que una botella no tienen en su interior pero que sin lugar a dudas tiene una poder de atracción: la charla, la compañía, la mesa, la comida, festejo o una simple comida en casa.
Toda esa información puede ayudar, pero también puede generar prejuicios. Si veo que alguien pide determinado plato o mira primero una zona en la carta puedo imaginar qué vino le va a gustar, pero tengo que comprobarlo hablando con esa persona. El riesgo es creer que ya sabemos lo que quiere el cliente antes de escucharlo, es como dar un paso en falso.
Y creo que lo primero es no ponerse a la defensiva. Si alguien dice que no le gusta un vino que recomendaste, hay que escucharlo. Puede ser el vino, pero también puede ser la temperatura, el formato de la copa, el momento o simplemente que la persona esperaba otra cosa del vino que eligió. El objetivo de un sommelier es minimizar cualquier error de servicio pero no puede manejar al 100% la expectativa del cliente. Y si hay algo que al cliente no le gustó, no debemos buscar tener razón, sino resolver la situación en la mesa y que el cliente pase una hermosa noche.
Le diría que quizás no está comparando dos botellas, sino dos momentos de su vida. El vino que tomamos de viaje viene acompañado de un paisaje, una comida, una emoción, una expectativa. Después lo llevamos a casa y pretendemos que la botella reproduzca todo eso. Y el vino no puede hacer ese trabajo solo. A veces la decepción no está en la copa, sino en todo lo que esperábamos encontrar dentro de ella.
Ir a la cocina y oler todas las hierbas y especias que tenga, lo mismo con los perfumes o fragancias y por último prestar atención a las frutas y encontrar diferencias en una fruta fresca, cocida y deshidratada.
Catar es aprender a prestar atención y construir referencias. Lo más importante es poner toda la atención de nuestro cerebro en lo que sucede entre la nariz y la boca. Como si fuese un ejercicio de mindfulness. La realidad es que cuanto más probamos, más herramientas tenemos para describir lo que sentimos.
El vino todavía tiene una enorme capacidad de sorprenderme y espero que siga siendo así, porque si algún día dejo de sorprenderme, probablemente también deje de tener sentido seguir aprendiendo.
Mariana Gil Juncal