Martes 16 de Junio de 2026
Durante años, el mundo del vino se ha cargado de un exceso de relato que, con demasiada frecuencia, termina por ocultar lo esencial. Se habla de bodegas con el mismo fervor con el que se narran linajes, paisajes, sagas familiares o sacrificios heroicos. Se habla de todo, menos de la copa, que es el único lugar donde el vino debería defenderse por sí mismo.
Ahí empieza el problema. Cuando la conversación sobre el vino se convierte en una pieza de marketing perfectamente coreografiada, el producto deja de ser una experiencia cultural y sensorial para transformarse en un simple objeto de consumo con una buena narrativa. No tengo nada en contra del relato; toda cultura lo necesita. Lo que cuestiono es su abuso cuando se utiliza para suplantar el criterio. El vino puede ir acompañado de historia, contexto y memoria, pero no debería depender de ellos para justificar su valor. Si una botella necesita una puesta en escena desmesurada para parecer importante, no estamos ante una gran verdad enológica, sino ante una gran operación comercial.
Aprender antes de opinar Quien quiera acercarse al vino con honestidad debe partir de una premisa elemental: primero se aprende, luego se opina. No hablo de acumular tecnicismos ni de recitar vocabulario de cata como quien memoriza una liturgia ajena. Hablo de adquirir una base real: conocer las variedades de uva, entender las diferencias entre zonas, reconocer qué influye en el caracter de un vino y, sobre todo, entrenar el olfato y el paladar con paciencia.
La cata no es una ceremonia de autoridad, sino un ejercicio de percepción. Se aprende mirando, oliendo, probando, comparando, volviendo a probar y, sobre todo, equivocándose muchas veces. Un catador serio no es quien más palabras utiliza, sino quien mejor observa lo que tiene delante. Eso exige tiempo, curiosidad y cierta disciplina interior. El vino enseña mucho más cuando se le presta atención de verdad que cuando se le consume entre frases hechas.
El 'terroir' no es poesía, es oficio Hay términos que se han usado tanto que corren el riesgo de vaciarse de significado. Terroir es uno de ellos. Bien entendido, sin embargo, sigue siendo una de las ideas más valiosas del lenguaje del vino. La Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) lo define como un espacio en el que la interacción entre un medio físico y biológico identificable y las prácticas vitivinícolas confiere características distintivas a los productos que proceden de ese lugar.
Esta precisión importa, porque evita caer en el romanticismo fácil. Hablar de terroir no debería servir para adornar una etiqueta con aire poético, sino para recordar que el vino es, ante todo, la expresión concreta de un lugar y de un trabajo. Un buen vino no nace de una fórmula mágica ni de una historia bien contada, sino de un conjunto de decisiones agronómicas, enológicas y culturales que terminan por darle identidad.
La tiranía de los puntos y la carta de vinos El problema no es que existan importadores, distribuidores, sumilleres o vendedores. El problema surge cuando el discurso comercial ocupa el lugar del juicio personal y se presenta como si fuera conocimiento objetivo. Es legítimo vender vino; lo que no lo es tanto es convertir cada botella en una pequeña epopeya emocional diseñada para anular el criterio del comprador.
A ese exceso de relato se suma otro hábito muy extendido en el sector: convertir las puntuaciones en el argumento definitivo. Basta escuchar a muchos vendedores (o a quienes repiten su discurso en sala) para comprobar hasta qué punto el "tiene 90 y tantos puntos" se ha convertido en una fórmula casi mágica. Casi nunca se explica quién otorgó esa nota, en qué contexto se hizo la cata o qué significado real tiene dentro de una escala concreta. Se anuncia el número como si hablara por sí solo.
Una puntuación puede ser útil para orientarse, sobre todo cuando se tiene una base de conocimiento mínima y se quiere filtrar entre muchas referencias. Pero convertirla en el principal criterio de decisión es un error. Una nota no sabe si el vino encaja con la cocina de un restaurante, con el gusto de un cliente, con el momento de consumo ni con la sensibilidad de quien lo va a beber. Pretender que lo resuelva todo es confundir una referencia externa con un juicio propio.
Donde esta cuestión se vuelve más evidente es en la restauración. Una carta de vinos no debería ser una lista impuesta desde fuera ni una colección de referencias colocadas por conveniencia comercial. Debe ser una extensión natural de la cocina, del precio medio, del tipo de clientela y de la personalidad del local. Cuando una carta se diseña sin esa lógica, el restaurante deja de tener voz propia y pasa a reproducir las decisiones ajenas de cualquier representante de ventas. Una buena carta no solo debe vender; debe orientar con inteligencia, equilibrando estilos, regiones, rangos de precio y posibilidades de armonía.
Catar como acto de independencia Frente al ruido, la mejor respuesta sigue siendo la misma: catar. Probar vinos distintos, tomar notas, comparar impresiones y compartirlas con otros es mucho más valioso que aceptar sin filtro la versión oficial de cada botella. El vino se entiende mejor cuando uno aprende a identificar sus componentes básicos: aroma, textura, acidez, tanino, equilibrio y persistencia.
Catar bien no significa buscar una verdad absoluta, porque no la hay. Significa construir una relación personal y rigurosa con lo que se bebe. Cada paladar educado acaba desarrollando su propio mapa, y eso es precisamente lo que más incomoda al relato interesado de cualquier vendedor: que el consumidor piense por sí mismo. La educación sensorial, al final, es una forma de independencia.
El vino merece una defensa más seria que la que suelen darle sus vendedores. No hace falta convertirlo en un dogma ni en una experiencia mística, pero tampoco rebajarlo a una mercancía adornada con historias bonitas. Entre ambos extremos hay un espacio más honesto: el de quien aprende, compara, disfruta y juzga con criterio propio. Ahí es donde el vino recupera su dignidad.
El mejor acercamiento al vino no es el que más impresiona, sino el que más enseña. Y enseñar, en este caso, significa distinguir entre información y propaganda, entre relato y realidad, entre experiencia y representación. Cuando esa diferencia se entiende, el vino deja de ser un decorado comercial y vuelve a ser lo que siempre debería haber sido: una cultura del gusto, del lugar y de la mirada personal.