Mariana Gil Juncal
Viernes 12 de Junio de 2026
Felipe Menéndez es descendiente directo de Melchor Concha y Toro, bisnieto de los pioneros que abrieron la Patagonia al mundo con la lana y el transporte marítimo, y discípulo de Nicolás Catena Zapata. Después de años recorriendo la estepa, encontró en Valle Azul, Río Negro, un suelo de 33 millones de años y una variedad que nadie esperaba: el Merlot. Con Ribera del Cuarzo está escribiendo uno de los capítulos más apasionantes del vino patagónico.
La Patagonia es enorme y durante años recorrí muchas regiones buscando un lugar que tuviera identidad propia. En Valle Azul encontré algo difícil de explicar al principio: una sensación de origen. La barda, el viento, la luz y sobre todo esos suelos antiguos me hicieron sentir que había algo diferente. No era el lugar más evidente ni el más fácil, pero sí uno capaz de contar una historia única.
El suelo de la parte alta del viñedo tiene 33 millones de años y una concentración mineral excepcional. ¿Cómo se traduce esa antigüedad geológica en la copa? ¿Se puede beber el tiempo?
De alguna manera sí. Cuando uno prueba un vino no está tomando solamente una cosecha, sino la historia de un paisaje. Los minerales, el carbonato de calcio, el cuarzo y millones de años de erosión forman parte de la personalidad del vino. La antigüedad geológica no se percibe como un sabor puntual, sino como una sensación de profundidad y una energía que hacen que el vino tenga una identidad difícil de copiar.
El viñedo fue elegido, construido y habitado por la condesa Noemi Marone Cinzano en 2004.
Más que un viñedo, nos dejó una mirada. Noemi fue una pionera y tuvo la sensibilidad de ver el potencial de este valle mucho antes que muchos otros. Su valentía para apostar por lugares poco evidentes y su respeto por el origen son valores que siguen presentes. Nosotros continuamos ese camino, tratando de escuchar al lugar y no de imponerle un estilo.
Creo que sí, pero no hablo solamente de vino. Hablo de una región con un potencial enorme en agricultura, energía, turismo y calidad de vida. Argentina necesita desarrollar nuevas fronteras y Valle Azul tiene todavía mucho por crecer. Hace falta infraestructura, conectividad y una mirada de largo plazo. La Patagonia siempre fue una tierra de pioneros.
Porque nunca elegimos una variedad antes que el lugar. Fue el lugar el que eligió al Merlot. Año tras año veíamos que era la variedad que mejor expresaba la delicadeza, la frescura y la mineralidad del viñedo Araucana. El Malbec es extraordinario, pero el Merlot acá tiene una capacidad única para transmitir el paisaje. No buscamos ir contra nadie; simplemente seguimos lo que el viñedo nos mostraba.
Nació de la paciencia. Durante varios años fuimos guardando las mejores barricas y observando cómo evolucionaban. Un día entendimos que juntas contaban una historia más completa que por separado. El blend de cosechas permite incorporar la dimensión del tiempo a un vino profundamente ligado al lugar. No representa una añada, sino un período de la vida del viñedo.
Creo que es una de las cosas más lindas que pueden pasar. Significa que antes que el vino hubo una conexión con el origen. Al final, las grandes botellas nacen de grandes lugares. Si alguien se enamora primero del paisaje, probablemente ya entendió el vino antes de probarlo.
No. El viñedo no sabe quién compró el vino. Nuestro trabajo sigue siendo el mismo: interpretar cada cosecha con honestidad. La presión existe, pero nunca puede condicionar el estilo. El vino siempre tiene que responder primero al lugar.
Aprendí que la obsesión por la calidad es una forma de respeto. Nicolás siempre tuvo la capacidad de pensar a largo plazo y de creer en lugares y proyectos cuando todavía nadie los entendía. Me enseñó que la paciencia y la convicción son tan importantes como la técnica.
Es una continuidad absoluta. En Ribera del Cuarzo se unen las dos grandes raíces de mi historia familiar. Por un lado, soy el único descendiente directo vivo de Melchor Concha y Toro que hoy está haciendo vino. Desde chico pasé parte de mis veranos en Pirque, creciendo rodeado de viñedos y de una cultura en la que el vino formaba parte de la vida cotidiana. El resto de mis veranos transcurrían en la Patagonia, una tierra a la que mi bisabuelo llegó hace más de 150 años y donde mi familia dedicó generaciones enteras a contribuir a su desarrollo, primero a través de la lana y luego del transporte marítimo, abriendo la región al mundo.
De alguna manera, Ribera del Cuarzo representa la unión natural de esas dos herencias. El vino y la Patagonia siempre estuvieron presentes en mi vida, aunque por caminos separados. Hoy me toca aportar mi pequeño granito de arena continuando esa historia, convencido de que el vino puede ser una nueva forma de contribuir al desarrollo de esta región extraordinaria. No siento que esté haciendo algo diferente a lo que hicieron las generaciones anteriores. Cambian las actividades, pero permanece el mismo espíritu: construir a largo plazo, creer en la Patagonia y dejar algo valioso para los que vienen.
Ser vigneron en la Patagonia implica aceptar que todavía estamos aprendiendo. Es una región muy joven y cada año entendemos un poco más el lugar. La Patagonia exige mucho esfuerzo: las distancias son enormes, la mano de obra es escasa y nada resulta sencillo. Pero también tiene algo apasionante. Cada cosecha nos enseña algo nuevo. El viñedo te va hablando y uno tiene que aprender a escucharlo.
Con el tiempo empezás a entender mejor una parcela, un suelo o una variedad, pero siempre con la humildad de saber que todavía queda mucho por descubrir. Quizás eso sea lo más lindo de hacer vino en la Patagonia.
Siempre. La curiosidad es probablemente la parte más importante de este trabajo. Cuanto más aprendemos sobre Valle Azul, más preguntas aparecen. Creo que nunca terminamos de conocer un lugar. Y eso es justamente lo que hace apasionante al vino. Exploramos el lugar porque todavía hay mucho que aprender pero también siempre sigo buscando nuevas regiones en Patagonia.
Origen, paciencia y verdad.
Mariana Gil Juncal