Martes 31 de Marzo de 2026
Este miércoles tuve la suerte de poder asistir a la cata que Álvaro Palacios y su sobrino Ricardo Pérez Palacios llevaron a cabo en el icónico Berry Bros & Rudd londinense — institución fundada en el siglo XVII — para presentar en primeur los 2025 tanto de sus vinos de paraje como sus parcelarios.
Creo que a estas alturas de la película no hace falta que me pare a explicar quienes son Álvaro Palacios o Ricardo Pérez, ya que sus nombres trascienden fronteras por todo lo que han significado para el salto cualitativo del vino en España en este siglo XXI. Para no saturar el reportaje, hoy me centro sólo en el trabajo de Álvaro, para dedicar otra entrada a lo que hace Ricardo en el Bierzo.
Tengo que confesar que llegué al establecimiento con algo de antelación, movido tanto por el entusiasmo de asistir a la cata como por la fascinación de poder pasear a solas entre muros cargados de historia, deseando haber vivido en primera persona los momentos que estos muros guardan y que ya se han quedado en el olvido. El local es simplemente espectacular: conserva la madera de antaño y está salpicado de botellas centenarias que parecen reflejar con orgullo los instantes en que fueron descorchadas.
Empezamos la cata con el trabajo que hace en Alfaro, donde está el proyecto familiar. Como vemos en la imagen, su bodega se encuentra en la parte más oriental de Rioja, en la montaña de Yerga. La Rioja está, en su zona sur, toda atravesada por el sistema Ibérico montañoso y, por ello, las Garnachas buenas siempre estuvieron al este, a los pies de las faldas de la montaña. Aquí estamos hablando de altitudes que oscilan entre los 600 y los 650 metros, más altitud incluso que algunos de los viñedos en Rioja Alta; con más luminosidad, menos pluviomentría y con suelos más calientes ya que nos vamos hacia perfiles muy rojos en la superficie, lo que favorece a esta variedad.
Quiñón de Valdelareina 2025
Este es un vino parcelario que sale de una viña que mira al alba, de 103 años de edad que compraron hace 3 años. Antes trabajaban con esta parcela, pero compraban la uva. El universo varietal aquí es complejo. Si bien domina la Garnacha, también hay otras variedades coplantadas en menor medida como la Bobal (o Requena, como se la llama por esta parte), Garnacha Roya, Moristel, Vidadilla, Tinta Velasco, Viura y Pavés. El perfil del suelo viene marcado por tener mucha arcilla roja en la parte de arriba y, más en profundidad, verse cortada por horizontes de carbonato cálcico.
Tiene una nariz muy estimulante, que te atrae desde el primer impacto en copa por su carácter intensamente aromático. Mucha hierba de monte, enebro, clavo, pino, nectarina, fresa silvestre y frambuesa. Algo cerradito, no por no haberle hecho una doble decantación, sino por su juventud. En boca es cristalinamente calizo, destacando por su pureza y concentración textural, acompañado de un tanino que es puro terciopelo. Es una de esas Garnachas que te llenan la boca, que crujen, y te hacen salivar con una complejidad apabullante. Top-class.
Quiñón de Valmira 2025
En este caso estamos ante otro vino parcelario que procede de un viñedo de casi 40 años de edad sobre un suelo que tiene una capa fina arcillo-arenosa con unos 6 metros de carbonato cálcico bajo sus pies, que le aporta al vino una sensación a tiza muy achampanada. Son 3 hectáreas, muy batidas por el viento del noroeste. Mayoritariamente Garnacha, pero también tiene otras variedades por ahí coplantadas — Bobal, Moristel y Tinto Velasco.
El vino resulta mucho más frío y fino — granada, frambuesa, grosella, piel de pomelo, agujas de pino, enebro, confitura de pétalos de rosa y naftalina. Elegancia etérea. En boca es linear, no tiene tanta textura como Valdelareina y se hace más calizo y etéreo. Tanino polvoriento pero elegante que denota su juventud. Sabor muy cálcico de persistencia envolvente. Este vino, aunque parezca así de liviano, es bueno jarrearlo para que se despierte su acidez jugosa, sobre todo a estas alturas de la película, donde está empezando a gatear. Pinta a convertirse en un vinazo sublime.
Seguimos la cata con su trabajo en el Priorat, donde dejamos atrás los suelos de cal para adentrarnos en el mundo de los suelos metamórficos — suelos antiquísimos, formados por presión y cristalización del magma, que al emerger a la superficie ya solidificados carecen de calcificaciones y presentan muy poca materia orgánica. Aquí tuvieron un 2025 un poco demasiado seco, por lo que no les quedo otra que airear la tierra continuamente.
A la hora de elaborar sus Garnachas —tanto aquí como en La Rioja— dejan entre un 40% y un 60% de uva entera, mientras que el resto se despalilla, y la crianza se realiza en grandes foudres ovales de roble francés. Prefieren estos depósitos grandes y de madera muy espesa, que aportan más sutileza al vino; aromáticamente, el roble francés es más suave gracias a su bajo contenido de azúcar. Nunca utilizan recipientes completamente nuevos: siempre recurren a aquellos que ya han tenido algún pase.
Gratallops 2025
Este es su vino de pueblo, el primero que se embotelló en España. En la añada 2025, la Garnacha domina con claridad el ensamblaje (95%), acompañada por un discreto 5% de Cariñena — una proporción inferior a la habitual en esta cuvée, que fluctúa en función de la naturaleza de la añada.
El perfil es de una concentración contenida, más sugerente que exuberante. Destaca por su notable inmediatez: pleno de sabor, de textura sedosa y paso envolvente, donde todo fluye con armonía y sin aristas. Sin embargo, esta apertura no sacrifica complejidad. Al contrario, ofrece una expresión aromática de madurez medida y elegante, con notas de ciruela, cereza seca y mora, entrelazadas con matices florales de violeta y un trasfondo claramente mediterráneo de tomillo, romero y delicados toques anisados de monte.
Finca Dofí 2025
Fue su primer vino en Priorato, una viña muy grande, que sale de una finca de 9 hectáreas que son Mediterráneo puro. Es un vino que te recibe con un abanico fragante de hierbas provenzales, acompañado por una fruta de bosque más luminosa y vibrante, donde asoman recuerdos de carne en salazón y un trasfondo mineral de clara impronta grafítica.
En boca no busca la tensión, sino la armonía: su paso es sedoso, casi etéreo, envolviendo el paladar con la delicadeza de un pañuelo de seda. Aun así, mantiene un frescor bien definido que aporta fluidez y lo hace especialmente bebible, sin renunciar a una complejidad bien articulada. Dentro del conjunto catado, quizá sea la cuvée donde se echa en falta un punto adicional de persistencia en el final, que redondearía aún más su expresión.
La Baixada 2025
Esta cuvée parcelaria procede de una hectárea enclavada dentro de Dofí, caracterizada por tener un suelo pizarroso salpicado de estratos rojos de marcada naturaleza ferrosa. La Garnacha aquí plantada — en 1996, a partir de un clon seleccionado de La Ermita — imprime una identidad singular, profundamente ligada a este microterroir. También lleva un pequeño porcentaje de Cariñena.
En esta fase, se muestra como el vino más reservado del conjunto, algo coherente con su vocación de guarda. Su perfil es austero y contenido, con un carácter terroso y cárnico, sostenido por una fruta concentrada que evoca ciruelas y frambuesas acompotadas. En boca revela su verdadera dimensión: más que expansivo, es preciso, con un eje que se concentra en el centro del paladar, sin buscar amplitud sino profundidad. A estas alturas, es ahí donde mejor se expresa, desplegando matices de polen, notas férreas, recuerdos de camino de tierra seca y un sutil eco de aromáticos de monte.
L'Ermita 2025
Este parcelario de vides casi centenarias se encuentra en una exposición más fresca que el anterior vino. Se va a los 400 y pico metros de altitud. Es como un iceberg en medio del Priorat, donde hay un suelo verde porque es un conglomerado de pizarra con motas de cuarcitas y aluminio que lo hacen ser casi granítico. Garnacha con Cariñena, y luego tiene un poco, muy residual, de Picapoll Negre y algo de variedades blancas.
Desde el primer momento se percibe su intensidad contenida, su seriedad y una notable sensación de serenidad. El abanico aromático es profundo y preciso: grafito, piedra cálida, ciruelas, moras y picotas, acompañadas de notas florales de tojo y violetas, junto a un registro mediterráneo de salvia, tomillo, clavo y enebro.
En boca es donde realmente se despliega: amplio, textural, atravesado por una vibración eléctrica que le confiere vida y dinamismo. Es un vino que aún necesita tiempo para asentarse, pero ya deja entrever la grandeza de esta añada 2025. Aquí no hay búsqueda de potencia, sino de una elegancia concentrada, de perfil cristalino y frescura nítida, con una precisión que impresiona. La acidez parece que está escondida, pero es flipante como te hace salivar.
Reportaje publicado originalmente en Atlantic Sommelier.