ADN de semillas antiguas revela que la vid francesa fue domesticada hace más de 2.600 años

La genética muestra que variedades como la Pinot noir apenas han cambiado y ayuda a entender la evolución del vino en Europa

Viernes 27 de Marzo de 2026

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DNA Analysis of Ancient Seeds Reveals Early Grape Domestication in France by 650 B.C.

Un estudio publicado en la revista Nature Communications ha analizado el ADN de semillas de uva antiguas encontradas en yacimientos arqueológicos de Francia. El objetivo ha sido conocer cómo los humanos han influido en la evolución del vino y de las variedades de uva a lo largo de miles de años. El trabajo, dirigido por Ludovic Orlando, del Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS) y la Universidad de Toulouse, ha contado con la colaboración de expertos en genética vegetal y arqueología.

Los investigadores han examinado más de 150 semillas conservadas, conocidas como pepitas, que abarcan un periodo desde la Edad del Bronce, alrededor del 2250 a.C., hasta el siglo XV. De todas ellas, 49 presentaban ADN en condiciones adecuadas para su secuenciación completa. Los resultados muestran que las muestras más antiguas corresponden a uvas silvestres. Sin embargo, hacia el 625 a.C., aparecen ya variedades domesticadas y formas híbridas entre uvas silvestres y cultivadas. Este hallazgo permite situar con mayor precisión el inicio de la domesticación de la vid en Francia, coincidiendo aproximadamente con la fundación de Marsella por colonos griegos.

El análisis genético revela que algunas variedades actuales, como Pinot noir o Folha de Figueira, apenas han cambiado durante siglos. Esto se debe a que los viticultores han utilizado técnicas de propagación vegetativa, como el uso de esquejes, que permiten mantener clones genéticamente idénticos. Según Michele Morgante, genetista de la Universidad de Udine, este fenómeno es poco habitual si se compara con otros cultivos como el maíz, que han experimentado miles de generaciones desde su domesticación.

La investigación también confirma que las primeras vides domesticadas surgieron en una región montañosa situada entre los mares Negro y Caspio. Existen pruebas arqueológicas que sitúan el inicio de la producción de vino hace al menos 8.000 años en esa zona. A medida que el comercio y las migraciones se extendieron hacia Europa occidental, las variedades domesticadas se mezclaron con especies silvestres locales. Francia se consolidó así como uno de los principales centros históricos del vino.

Hasta ahora existían muchas dudas sobre cuándo aparecieron las distintas variedades y cómo evolucionaron las prácticas agrícolas relacionadas con la vid. El estudio aporta datos nuevos sobre estos procesos y ayuda a entender mejor la continuidad genética observada en algunas cepas europeas.

Jazmín Ramos Madrigal, investigadora de la Universidad de Copenhague no implicada en el estudio, señala que resulta sorprendente comprobar cómo los humanos han mantenido durante casi mil años clones idénticos de ciertas plantas. Esta estabilidad genética ha permitido conservar características apreciadas como el sabor o la adaptación al clima europeo.

El equipo responsable del estudio considera que ampliar el conocimiento sobre los genomas antiguos puede ser útil para afrontar problemas actuales relacionados con el cambio climático. Muchas variedades europeas proceden originalmente de regiones cálidas y secas, por lo que identificar genes asociados a la resistencia podría ayudar a seleccionar plantas más adaptadas a nuevas condiciones ambientales.

Los autores planean continuar sus investigaciones ampliando tanto el periodo histórico analizado como las zonas geográficas incluidas. Su objetivo es reconstruir con mayor detalle cómo han evolucionado conjuntamente las vides y las culturas humanas.

Por último, los expertos recuerdan que reproducir fielmente los vinos antiguos resulta complicado. La calidad final depende no solo del material genético sino también del clima, los métodos de fermentación y otros factores relacionados con la elaboración y conservación del vino.

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