Viernes 03 de Julio de 2026
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La segunda edición de Discover-Eat, Congreso Internacional de Turismo Gastronómico no Urbano, se celebró del 29 de junio al 1 de julio en Sigüenza y su entorno con una idea de fondo compartida por ponentes y participantes: el viajero ya no busca solo comer bien, sino entender el territorio y conocer a las personas que sostienen la producción, la cocina y la acogida. El encuentro, organizado por Vocento Gastronomía y patrocinado por el Gobierno de Castilla-La Mancha, reunió a expertos, cocineros, productores, comunicadores y gestores de destinos de Europa, Latinoamérica y Estados Unidos.
La cita convirtió a Castilla-La Mancha en un espacio de debate sobre el papel de la gastronomía como motor de desarrollo rural y como vía para atraer visitantes. A lo largo de tres jornadas, el congreso puso el foco en la hospitalidad, la colaboración entre vecinos y la capacidad de adaptación como bases para construir pueblos y territorios gastronómicos con futuro.
La jornada inaugural se celebró en la iglesia de Santiago de Sigüenza y estuvo centrada en el poder transformador del turismo gastronómico. Erik Wolf, director ejecutivo de la World Food Travel Association, defendió que la gastronomía puede hacer que un territorio sea más habitable, más atractivo y con más oportunidades si se reconoce y se valora su patrimonio propio.
En esa primera sesión también se presentaron varios casos internacionales. Lindsey Gallagher expuso la experiencia de Napa Valley desde la promoción turística como ejemplo de construcción de marca internacional. Hubert Gonera abordó el desarrollo de los viñedos de Polonia desde una visión regenerativa. También se analizó el caso de la región ecuatoriana de Manabí, presentada como un territorio que ha utilizado la gastronomía como herramienta de reconstrucción y de proyección exterior.
Uno de los debates centrales fue el dedicado a los pueblos gastronómicos. Enrique Pérez, de El Doncel, en Sigüenza, y Vicent Guimerà, de L’Antic Molí, en Ulldecona, defendieron una cocina vinculada al entorno, apoyada en el producto local, los pequeños productores, la estacionalidad y la memoria culinaria. Ambos trasladaron la idea de que la alta cocina en municipios pequeños no debe verse como un lujo aislado, sino como una herramienta para fijar población mediante la creación de empleo y para convertir un pueblo en un destino atractivo.
La segunda jornada se trasladó a Bodegas Río Negro, en Cogolludo, donde el eje fue la autenticidad como ventaja para diferenciar la oferta rural. Allí se presentaron proyectos que, según sus responsables, muestran cómo el medio rural puede generar experiencias turísticas de alto valor sin perder su identidad.
Natasha Nedanoska presentó el caso de su agroturismo en Macedonia del Norte, basado en cocina tradicional y hospitalidad familiar. Después, el chef Vítor Adão y la experta en turismo rural y comunicación Teresa Vivas explicaron el proyecto de las Tabernas do Alto Tâmega, en Portugal, una red de casas de comida tradicionales que recupera antiguas tabernas de pueblos. Según expusieron, el modelo se apoya en productos locales, razas autóctonas y la colaboración entre vecinos propietarios, productores de la zona y cocineros.
El programa también analizó cómo algunos productos pueden convertirse en polos de atracción para los visitantes. En la mesa redonda dedicada al whisky, el mar y la comunicación participaron Florence Grey, presidenta del comité organizador del Fèis Ìle, y Ben Shakespeare, fotógrafo especializado en whisky, ambos vinculados a la isla escocesa de Islay. Su intervención sirvió para mostrar cómo una industria agroalimentaria puede construir un relato turístico y cultural a partir de un producto estrechamente unido al territorio.
El queso artesano tuvo un espacio propio en otra de las mesas redondas. Participaron Jesús “Suso” Mazaira, socio y cofundador de Airas Moniz; Juan Ocaña Mateo, ganadero en Crestellina; José María Alonso Ruiz, presidente de QueRed y propietario de la Quesería Quesoba; y Luis de la Vega Yrisarry, director de ventas en Quesería Finca Valdivieso. Los participantes defendieron que sin pastoreo y sin relevo generacional no puede haber un turismo rural sostenible. También plantearon la apertura de queserías y explotaciones al visitante para convertir el producto en una experiencia, más allá de su consumo alimentario.
Otro de los bloques abordó el astroturismo como complemento de la oferta gastronómica y vitivinícola. En esa mesa participaron Blanca Moreno, copropietaria y directora del hotel Molino de Alcuneza; Juan Jesús Valdelana, consejero delegado de Bodegas Valdelana; y Susana Malón, física especializada en contaminación lumínica. Los ponentes explicaron que la observación de estrellas puede ampliar la oferta de las bodegas mediante maridajes nocturnos y nuevas propuestas ligadas al cielo como patrimonio.
Los casos del Molino de Alcuneza y de Bodegas Valdelana se presentaron como ejemplos de cómo ese recurso puede convertirse en argumento de reserva para los visitantes. La idea compartida en ese bloque fue que el paisaje nocturno también puede formar parte de la identidad de un destino y reforzar su propuesta.
La tercera y última jornada tuvo lugar en el Molino de Alcuneza, un espacio que, según se expuso durante el encuentro, reúne varios de los elementos defendidos en el congreso: alojamiento, restauración de alta cocina, vínculo con el territorio, sostenibilidad y una experiencia diferenciada. La mañana comenzó con un taller de pan artesanal dirigido por Samuel Moreno, chef del establecimiento, con el objetivo de subrayar que la propuesta gastronómica también se construye desde los oficios tradicionales.
En el tramo final del congreso se abordó cómo construir territorios gastronómicos de alta gama. La experiencia de Huesca se presentó como ejemplo de ecosistema culinario y de retención de talento a través de las intervenciones de Carmelo Bosque, chef y propietario de Lillas Pastia, y Alfredo Lachos, consultor y formador en hostelería.
También se analizaron prácticas de enogastroturismo en Castilla-La Mancha. En esa mesa participaron Sandra Luque, directora técnica del Grupo Pago del Vicario; María Cristina Barrero, directora de enoturismo de Bodegas Martúe; Víctor Fuentes, director comercial de Finca Río Negro; y Juan Miguel Tolosa, copropietario de Pagos de Familia Vega Tolosa y presidente de la Ruta del Vino de la Manchuela. Los participantes incidieron en la necesidad de diferenciar la oferta mediante experiencias inmersivas.
La mesa dedicada al nuevo turismo gastronómico rural reunió a responsables de restaurantes situados fuera de los grandes circuitos turísticos que han optado por integrar alojamiento y otros servicios en su propuesta. Intervinieron Carlos Fernández, chef de Kàran Bistró, en Pozoblanco; Salvador Fernández, chef de Borrego, en Bullas; Amaranta Rodríguez, directora y jefa de sala de Culler de Pau; y José Álvarez, chef de La Costa, en El Ejido. Sus intervenciones apuntaron a un modelo basado en proyectos coherentes, vinculados al lugar y capaces de ofrecer una experiencia completa.
El balance final del encuentro situó la gastronomía no como un complemento del viaje, sino como una razón principal para descubrir un territorio. Desde Discover-Eat se defendió la necesidad de proteger el patrimonio gastronómico rural y de mantener la hospitalidad como elemento diferencial en la relación con el visitante. La tesis compartida durante las tres jornadas fue que la gastronomía puede actuar como vínculo entre personas y territorios y abrir nuevas vías para el futuro del medio rural.
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