Viernes 29 de Mayo de 2026
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Relatos de bodegas que restauran suelos, protegen fuentes y empoderan comunidades; el nuevo enoturismo se vive como experiencia con propósito.
La crisis climática, la pérdida de biodiversidad y la escasez de agua obligan a replantear el enoturismo. Lo que durante décadas fue un espectáculo de paisaje y placer sensorial debe transformarse en una práctica regenerativa: proteger el agua, restaurar ecosistemas, preservar recursos naturales del entorno y fortalecer a las comunidades rurales que hacen posible la cultura del vino.
"El turismo debe convertirse en una fuerza positiva para la naturaleza, el clima y las comunidades locales. No podemos seguir operando como si los recursos fueran infinitos", sostiene Zurab Pololikashvili, secretario general de la OMT. A su vez, Anna Pollock recuerda que "regeneración va más allá de la sostenibilidad: no se trata solo de reducir impactos, sino de mejorar activamente los sistemas sociales y ecológicos."
El problema es claro: seguir vendiendo paisajes sin propósito es irresponsable. Experiencias enoturísticas vacías de compromiso ambiental y social prolongan prácticas extractivas que aceleran la degradación del suelo, reducen la biodiversidad y aumentan el estrés hídrico —fenómenos que amenazan la viña y a las comunidades rurales.
Ya existen destinos que demuestran que la transición es viable: bodegas y regiones que integran medidas de conservación, sistemas de reutilización de agua como humedales artificiales, proyectos de restauración de suelos, programas de turismo que revierten beneficios en la comunidad y otras soluciones basadas en la naturaleza. Estos modelos muestran que el enoturismo regenerativo no solo mitiga riesgos ambientales, sino que agrega valor económico y reputacional.
Regenerar no es una opción estética; es un pacto necesario para garantizar el futuro del sector y el bienestar de los territorios. El verdadero lujo del enoturismo del siglo XXI será la coherencia: experiencias que dejan el lugar en mejores condiciones de las que lo encontraron. Si el sector acepta este reto, el enoturismo puede convertirse en un motor de resiliencia territorial. Si no, corre el riesgo de volverse irrelevante.
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