Frizzante vs. Espumoso ¿cuáles son las diferencias?

La opción fresca y ligera para los amantes del vino NoLo

Vilma Delgado

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En un mundo en el que la tendencia global apunta a los vinos NoLo, el frizzante se posiciona como alternativa a los tradicionales espumosos y candidato a ser un vino con grandes opciones de mercado, especialmente entre la Generación Z. Así las cosas, el vino frizzante se está convirtiendo en un fenómeno global, atrayendo a amantes del vino en busca de opciones ligeras, frescas y con un toque efervescente. Originario de Italia, de donde toma su nombre, este vino ha sabido conquistar paladares por su capacidad para ofrecer una experiencia de bebida diferente, sin la complejidad o el formalismo que a veces se asocia a otros vinos con burbujas. Pero, ¿qué hace exactamente al frizzante tan especial y cómo se diferencia de sus parientes espumosos?

El frizzante, que lleva en su nombre la promesa de burbujas, es generalmente producido en blanco o rosado, aunque no es raro encontrar versiones tintas que amplían el espectro de sabores y experiencias. La popularidad del frizzante blanco sigue siendo alta, manteniéndose como la opción predilecta para muchos. Este vino ha logrado un equilibrio entre calidad y accesibilidad, caracterizándose por su ligereza, acidez moderada y aromas predominantemente afrutados, con notas dulces que seducen al paladar.

La elaboración del frizzante se centra en preservar el gas carbónico natural resultante de la fermentación, lo que le otorga esa sensación burbujeante tan característica. A diferencia de los vinos espumosos —como el Champagne, el Cava o el Prosecco— que pueden requerir procesos de fermentación secundaria (método champenoise o método charmat), el frizzante mantiene un método más directo y sencillo, sin ningún tipo de maduración en barricas de madera y priorizando la frescura y juventud del producto final. Esto resulta en un vino con una graduación alcohólica más baja, entre 5 y 10 grados, con mayor azúcar residual y por tanto más dulces y fáciles de beber, ideal para disfrutar en un ambiente relajado y festivo.

Una de las claves para disfrutar plenamente de un frizzante es servirlo bien frío, lo que realza su frescor, carácter frutal y dulzura natural sin caer en el empalago. Los sabores afrutados, que van desde lo tropical y cítrico hasta lo exótico y floral, son una invitación a explorar la diversidad de este tipo de vino. Además, la versatilidad del frizzante lo convierte en el acompañante perfecto para una amplia gama de momentos, desde el aperitivo hasta los postres, adaptándose a diferentes paladares y ocasiones.

El proceso de elaboración del frizzante varía de una bodega a otra, pero en esencia busca capturar el carbónico natural mediante la fermentación en frío. Este método permite retener el gas de manera que, una vez alcanzado el punto óptimo de graduación alcohólica, el vino se filtra y se almacena en condiciones que preservan su efervescencia hasta el momento de su embotellado y posterior disfrute.

Diferenciándose claramente de los vinos espumosos como el champagne, cava o prosecco, el frizzante se presenta en envases menos robustos y con tapón de rosca, debido a su menor presión interna, facilitando así su distribución y consumo. La experiencia de beber un frizzante es única: sus burbujas son más delicadas y su perfil de sabor, más accesible, lo que lo hace especialmente atractivo para aquellos que buscan disfrutar de un vino burbujeante sin las formalidades de sus contrapartes más estructuradas.

El vino frizzante ofrece una experiencia refrescante y ligera, ideal para los días calurosos o cualquier ocasión que pida un brindis alegre y desenfadado. Con una creciente variedad de opciones disponibles en el mercado, nunca ha habido un mejor momento para explorar la alegría efervescente que este vino tiene para ofrecer.

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