La joya maldita que une los talleres de Málaga con los secretos de la corte de Alfonso XII
Inma Aguilera regresa con La hija del joyero, una novela histórica vinculada a la familia real en el centro de un relato de amor, poder y memoria
martes 25 de agosto de 2026

Hay objetos que sobreviven a quienes los poseen. Una carta, un retrato, un anillo. Piezas aparentemente inofensivas que, con el paso del tiempo, terminan acumulando algo más difícil de tasar que el oro o las piedras preciosas: una historia. En La hija del joyero, Inma Aguilera parte precisamente de esa idea para adentrarse en uno de los mundos más fascinantes del siglo XIX: el de los talleres de joyería y sus secretos.
La autora malagueña, que conquistó a lectores y crítica con la saga iniciada con La dama de La Cartuja, vuelve ahora la mirada hacia su ciudad natal y hacia la España de la Restauración. El resultado es una novela en la que el oficio artesanal deja de ser un simple escenario para convertirse en el verdadero corazón de la historia.
Málaga, 1867. Ágata Guirado ha crecido entre metales, piedras preciosas y herramientas de precisión en el taller de su padre. Desde niña demuestra una habilidad poco común para un oficio reservado, en buena medida, a los hombres. Su talento, sin embargo, no encaja fácilmente en la sociedad que le ha tocado vivir. Ágata sabe trabajar la joya, pero tendrá que luchar para que se reconozca su derecho a hacerlo.
Doce años después, la historia se desplaza a Madrid. Un anillo desaparece del taller familiar y Ágata emprende un viaje a la capital para averiguar qué ha ocurrido. La investigación la conduce hasta un objeto rodeado de rumores y supersticiones: una joya cuya historia parece estar relacionada con varias muertes de miembros de la familia real.
Es ahí donde la novela encuentra uno de sus principales atractivos. La leyenda del llamado «anillo maldito» de Alfonso XII sirve a Aguilera para conectar dos mundos que, a primera vista, parecen muy alejados: el pequeño taller artesanal y los salones de la corte. En medio quedan las desigualdades de la España del siglo XIX, las intrigas familiares, los intereses económicos y ese territorio ambiguo en el que la historia documentada empieza a mezclarse con la leyenda.
La joyería ocupa un lugar especialmente relevante. Diamantes, rubíes, zafiros, ópalos, perlas y metales nobles no aparecen únicamente como elementos de lujo, sino como piezas capaces de contar quién las posee, de dónde proceden y qué relaciones de poder esconden. En una época en la que una joya podía ser regalo, herencia, símbolo de alianza o instrumento de prestigio, cada pieza podía tener una importancia que iba mucho más allá de su valor material.

También hay una lectura sobre las mujeres y los oficios artísticos. Ágata representa a esas mujeres del XIX que crecieron junto a una tradición artesanal y llegaron a dominarla, pero encontraron dificultades para convertir ese conocimiento en una profesión reconocida. Su conflicto no consiste en elegir entre el amor y la independencia, sino en reclamar algo mucho más elemental: la posibilidad de decidir qué hacer con su propio talento.
La España de la Restauración aparece así lejos de los grandes discursos políticos. Aguilera prefiere observarla desde los talleres, las casas aristocráticas, los encargos, las cartas y los rumores que circulan alrededor de la corte. Es una perspectiva más íntima de un periodo que buscaba recuperar la estabilidad tras años de convulsión política, pero en el que seguían latiendo viejas rivalidades y nuevas ambiciones.
Y después está el anillo. Porque si algo demuestra esta historia es que las joyas nunca son completamente inocentes. Pueden guardar recuerdos, alimentar supersticiones y convertirse, con el tiempo, en símbolos de poder. La pregunta que plantea La hija del joyero no es solo si aquella pieza estaba realmente maldita. También por qué, a pesar de todo, hubo quienes estuvieron dispuestos a arriesgarlo todo por poseerla.
Con esta novela, Inma Aguilera vuelve a demostrar su interés por rescatar oficios, lugares y personajes del pasado para construir historias donde la ficción dialoga con la memoria. Después del éxito de La dama de La Cartuja y La pintora de la luz, la autora encuentra ahora en la joyería un nuevo territorio narrativo: uno hecho de oro y piedras preciosas, pero también de secretos, ambición y mujeres que se negaron a aceptar el papel que la historia había escrito para ellas.