Jueves 04 de Junio de 2026
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La agrivoltaica empieza a abrirse paso en algunos viñedos franceses como una vía para reducir los daños del calor, el granizo y las heladas tardías. El caso más reciente se ha puesto en marcha en Charente-Maritime, en el oeste de Francia, donde un productor de cognac ha plantado cuatro hectáreas de viña bajo paneles fotovoltaicos móviles. La iniciativa llega en un momento de debate dentro del sector del vino por su efecto sobre el paisaje, la regulación de las denominaciones y la calidad final de la uva.
El proyecto está situado en Saint-André-de-Lidon, al sur de Saintes, y lo impulsa David Moreau, viticultor de 45 años. Según explicó a AFP, cada año pierde entre un 5% y un 10% de su cosecha por golpes de calor que queman la uva. Con el nuevo sistema, asegura que puede reducir parte de ese riesgo y ganar protección frente a otros episodios meteorológicos. En caso de granizo, calcula que entre el 70% y el 80% de las vides quedarían a salvo si los paneles se colocan en posición horizontal. También estima una probabilidad del 90% de librarse de las heladas.
La instalación cuenta con 6.000 paneles fotovoltaicos colocados sobre una estructura metálica elevada. Bajo ella se han plantado hileras de ugni blanc, la variedad base del cognac. Los paneles pueden orientarse a distancia para alternar sombra y sol según las necesidades del cultivo. La empresa Sun’Agri, filial agrivoltaica del grupo Eiffage, ha suministrado e instalado el sistema. La inversión asciende a cuatro millones de euros.
La central se inauguró a comienzos de mayo y es la primera de este tipo en el departamento aplicada al viñedo. Su puesta en marcha coincide con una etapa delicada para el sector del cognac, que atraviesa una crisis y ha anunciado un amplio plan de arranque de viñas. En ese escenario, algunos productores buscan fórmulas para limitar pérdidas y asegurar ingresos complementarios.
El modelo económico separa la producción agrícola de la eléctrica. Los ingresos por la venta de electricidad van a un inversor, que paga al agricultor un alquiler anual de 600 euros durante 30 años. Según la empresa instaladora, la energía generada equivale al consumo anual de entre 800 y 1.000 hogares. El manejo técnico del sistema se realiza en tiempo real mediante un programa informático que cruza datos meteorológicos y sensores instalados en la parcela con modelos sobre el desarrollo de la planta. Aun así, el viticultor puede intervenir directamente si se produce una tormenta de granizo u otra incidencia.
Sun’Agri afirma que trabaja ya en una veintena de proyectos parecidos en torno al Mediterráneo, el valle del Ródano y Nueva Aquitania. La empresa considera que el interés agronómico es mayor en zonas donde el exceso de calor o la falta de agua son más frecuentes. Más al norte, según sus responsables, esa utilidad protectora no está tan clara.
La expansión de estos sistemas se apoya en la ley francesa APER, aprobada para acelerar la producción de energías renovables. Al mismo tiempo, varios centros públicos y privados desarrollan ensayos para medir su efecto real sobre la vid. Entre ellos figuran Vitivolt, en el valle del Loira, y Vitisolar, cerca de Burdeos, ambos previstos hasta 2028. En los Pirineos Orientales existe además un antecedente anterior: la finca Nidolères plantó 4,5 hectáreas bajo un dispositivo agrivoltaico ya en 2018.
Pero el avance de esta tecnología choca con una barrera normativa importante. Desde 2002, Francia prohíbe cubrir viñedos inscritos en denominación de origen controlada o indicación geográfica protegida. Esa limitación afecta al 95% de la producción nacional. La norma admite excepciones para ensayos autorizados, pero no permite una implantación libre dentro de esas figuras de calidad.
Christian Paly, presidente del comité de vinos y espirituosos del Instituto Nacional del Origen y la Calidad, recordó a AFP que sí es posible conceder autorizaciones cuando se trata de experimentaciones. El organismo considera que el uso del fotovoltaico no debe descartarse dentro de una estrategia nacional de adaptación climática, siempre que haya pruebas previas y reglas claras.
La discusión no es solo técnica ni económica. También pesa el efecto visual sobre el viñedo y sobre zonas protegidas por su valor patrimonial. Algunas denominaciones han optado por cerrar la puerta desde sus propios pliegos de condiciones. Es el caso de Côtes-du-Rhône, que prohibió esta práctica el pasado otoño por motivos entre los que figura la alteración del paisaje.
En Cognac todavía no hay una posición cerrada. La interprofesión ha indicado que fijará su criterio cuando disponga de evaluaciones sobre impacto paisajístico, calidad del producto, viabilidad económica y encaje normativo. Mientras tanto, el productor de Saint-André-de-Lidon sabe que su futura cosecha no podrá comercializarse bajo indicación geográfica y saldrá como vino sin indicación geográfica.
Las primeras vendimias en esta parcela no llegarán hasta 2029, por lo que aún faltan años para medir con precisión cómo influye el sistema sobre rendimiento, maduración y perfil del vino base para destilación. Esa falta de recorrido explica parte de las reservas dentro del sector. Organizaciones agrarias como la FNSEA ven con buenos ojos esta vía porque permite producir electricidad a bajo precio y porque observan mejoras aparentes en la producción agrícola. Sin embargo, dentro de muchas denominaciones persisten dudas por la ausencia de series largas y por el temor a una transformación visible del paisaje vitícola francés.
Los defensores del modelo insisten en que no se trata de cubrir grandes extensiones sin límite. Las previsiones citadas por France Agrivoltaïsme apuntan a que en 2050 estas instalaciones ocuparían alrededor del 0,5% de la superficie agrícola francesa sumando todos los cultivos. La cifra da una idea del tamaño previsto para esta actividad y también del margen regulatorio que aún queda por definir antes de que pueda extenderse a zonas amparadas por AOC e IGP.
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