Vinos de colección

Carlos Lamoca Pérez

Viernes 09 de Febrero de 2024

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Constituye un principio elemental en técnicas de marketing lograr que, en mercados de productos similares en calidad y precio, nuestro producto adquiera unas referencias que lo diferencien, en alguna forma,  de sus competidores. No precisamente por la propia calidad del producto que se ofrece (como hemos dicho muchas veces similar), sino por otras circunstancias que lo hagan parecer "diferente, a mejor" ante los ojos del consumidor. El fenómeno, aunque con características propias, no ha sido extraño al sector del vino.

Cierto es que hay bodegas elaboradoras que poco o nada necesitan de publicidad. Bodegas de cupo, bodegas con listas de espera. Y tan cierto es también que, tenue pero incesantemente, cada día hay más bodegas que alcanzan ese olimpo. El buen hacer, las auto exigencias de calidad, el control interno, en suma el prestigio de la marca mantenido de forma constante, sirven para no tener que pregonar unos vinos que, de antemano y ya antes de la cata, son paradigma de seriedad, profesionalidad y por tanto de calidad.

Junto a esas privilegiadas y minoritarias bodegas que alcanzaron la gloria, existen un sinnúmero de ellas que luchan por buscar no un lugar al sol, que afortunadamente ya lo tienen, sino un camino por el que ascender al cielo. Para éstas, el cielo no puede esperar y en ese muy legítimo interés que los elaboradores tienen por alcanzar la cima, es de alabar el esfuerzo que desarrollan para diferenciar sus vinos. Catas, presentaciones, calificaciones....en suma, información dirigida al público para que sea éste quien mueva las rígidas estructuras del consumo de vino.

Aunque las técnicas del wine marketing  tienen su origen en las genéricas de cualquier mercado con productos homogéneos o quassi homogéneos, cierto es que introducen elementos innovadores y personales que, poco o nada, tienen que ver con aquel origen. Nadie anuncia que sus ladrillos están hechos con arcilla de altísima calidad de las tierras de XX. Nadie anuncia que los tornillos que venden, proceden del mineral de hierro de las minas de XXX. Nadie anuncia que las medias suelas de los zapatos que vende las ha diseñado XXXX.  No sucede esto en el mercado del vino. El vino no se produce, se elabora. Y se elabora con base en unas uvas que proceden de terruños variadísimos, con microclimas variadísimos y con vendimias variadísimas. El vino que saca la bodega al mercado, tiene tras de sí un cúmulo ingente de información esencial. Y es de esa información esencial de la que, el marketing, entresaca aquello que considera lo hace distinto a sus competidores. Etiquetas cada día más ilustradas dan fe de ello. Vinos de alta expresión. Vinos de pago. Vinos de culto. Vinos de autor. Vinos, al fin. Vinos con un mercado estrecho,  que las bodegas elaboran para mostrar su lado más creativo y poner en valor su marca como referencia de calidad y creatividad. Vinos cuyo destino-consumo, se desdibuja en más ocasiones se las deseadas para convertirse en vinos "para regalar" o peor aún, en vinos "para coleccionar". O sea, para morir de gloria.

La paradoja de estos "vinos de colección" es simplemente tragicómica. Mostrar una colección de botellas de 1932  no tiene otra finalidad más visible que la de epatar. Claro está que al que esté dispuesto a ser epatado. Muy probablemente el vino ya no esté y lo que haya dentro sea un líquido inerte e intragable. Pero es un chateau XXXX de 1942. Y eso tiene un precio.

Es precisamente ese valor "socio-económico" de la botella de colección el que incita a la falsificación. No del vino, que ya no existe y que, de existir nunca sería factible de falsificar. Pero, habida cuenta de que no es un vino que se vaya a beber, sino a exhibir, es claro que tiene un efecto llamada para aquellos delincuentes que, artistas que son, falsifiquen botella, etiquetas, troquelados y todo lo que la AI facilita en este momento.

Mejor beberlos. Que para eso nacieron. No para ser embalsamados.

Carlos Lamoca Pérez
Inspector de Hacienda del Estado.
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