A la vuelta de la esquina tributaria

Antes de que nos demos cuenta, comenzará otra vez la campaña de IRPF y de nuevo, estaremos inmersos en la...

Carlos Lamoca Pérez

Jueves 20 de Enero de 2022

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Antes de que nos demos cuenta, comenzará otra vez la campaña de IRPF y de nuevo, estaremos inmersos en la zozobra de las declaraciones. Unas declaraciones cada día más complicadas que hacen que el servicio de ayuda, sea cada día más necesario y por ello, cada día, más debido a los contribuyentes. Unas declaraciones que, desgraciadamente provocan el que, hoy, pocos ciudadanos  estén en disposición de hacer la más leve crítica técnica a un impuesto que se ha vuelto las más de las veces inalcanzable, cuando no incomprensible.

Hoy cualquier ciudadano con una mediana formación en sus derechos fiscales no está en disposición de navegar en tan proceloso océano. Y es que tenemos un tributo que se "ha venido haciendo" por razones coyunturales, electorales las más de las veces, hasta convertirse en una especie de boulevard de la fama donde pocas autoridades, organismos, entes y hasta ocurrentes de turno, se han resistido a que su estrella no figurase en la acera: Su deducción, su exención,  su reducción, en suma, su magnanimidad hacia ese pueblo llano que tanto me quiere y a ver si me vota.

El impuesto se ha convertido en algo similar a una pintoresca Caja de Socorros, un remedo de Monte de Piedad fiscal, donde la lógica y los principios de la ortodoxia administrativa y ya no digamos fiscal como son los de claridad, proximidad, transparencia, comprensión, dejan mucho que desear. Sucesivas reformas, sucesivos parches donde ya se había parcheado, sucesivos zurcidos y recosidos, han hecho de este traje otrora impecable, un miriñaque oscuro, impenetrable que, qué paradójicamente, han convertido en norma jurídica inapelable al programa informático que lo soporta. Y así es para nuestra desgracia y nuestra comodidad.

Con ese santo temor a lo desconocido que en general inspira cualquier impuesto, basta que nos identifiquemos ante la máquina del tormento para que ésta nos calcule lo que debemos/nos deben. Y si por un aquel de curiosidad pretendemos averiguar el porqué de la cuota diferencial, basta también que demos unos primeros pasos por el laberinto para que la cábala nos haga desistir de ello so pena de ser presas de un serio ataque de ansiedad. Y, esto es lo grave, no habrá nadie que nos lo explique de forma personal y presencial. Acertó quien, en su momento,  bautizó la ayuda con el nombre de programa PADRE. Aunque hoy, ese PADRE, se haya convertido en un botón line sin rostro,  que ya no enseña a pescar sino que pone directamente los pescados en la red de todos aquellos que, un poco por comodidad y un muchísimo más por imposibilidad técnica de hincarle el diente al impuesto, desisten de saber por qué les salen a pagar o devolver X euros. Se pulsa el enter y que sea lo que Dios quiera.

Puede que pocos lo recuerden pero, no hace tanto tiempo que las relaciones de los ciudadanos con la Administración tributaria, discurrieron dentro de un clima de tutela y proximidad, donde la entrevista presencial y la ayuda personal-profesional era la tónica general de los servicios que, aquélla Administración ponía a disposición de los contribuyentes: Programas de ayuda, Oficinas de relaciones con los contribuyentes, Campañas de educación y formación tributaria, asesoramiento continuado, en suma, "oficinas abiertas", construyeron la imagen de una Administración tributaria moderna y profesional que, constituyó a nivel internacional, un modelo a imitar en muchas de las naciones de nuestro ámbito de influencia.

Hoy los tiempos han cambiado. Hoy, cuando es la asfixia de un gasto público disparado y disparatado, la que demanda de la respiración asistida de la recaudación impositiva, la  Administración tributaria diseñada, tanto para reprimir el fraude fiscal como para ayudar a los ciudadanos a cumplir con sus obligaciones fiscales, se ha convertido en una máquina imparable de picar deudas tributarias. Programas de comprobación masiva que, en un principio vieron la luz para obtención de datos o para corregir posibles defectos formales, se han convertido en masivas comprobaciones limitadas-ilimitadas donde los derechos y garantías de los ciudadanos de precaria capacidad económica, ésta no suficiente para pagar servicios de asesoramiento, se encuentran absolutamente desprotegidos frente a la fatalidad del pago. Una inmensa mayoría de las deudas que se generan en esa labor de "depuración masiva" (todos somos ricos, todos potenciales defraudadores) son de una importancia económica no escandalosa, lo que lleva a concluir que es más barato pagar y callar que contratar un asesor que, muy posiblemente, cobre más por sus servicios que el importe de la deuda que nos reclama la Administración tributaria. Ningún estamento institucional se ha preocupado del roto inmenso que en la credibilidad de la administración tributaria, se ha producido.  Su imagen pública  se ha venido deteriorando de forma tan manifiesta que, hoy los ciudadanos la perciben como una máquina distante, fría, donde nadie les va a escuchar, donde nadie les va a recibir, dónde nadie les va a explicar lo que no entienden. Una máquina-stasi que les controla y acosa y ante la que poco o nada pueden hacer.

El remedio a los desmanes: La reforma fiscal. Lo políticamente correcto. No se les cae de la boca. En esta España plural  de nuestra crisis donde las prioridades políticas pasan inexcusablemente por  ver si prohibimos la fiesta de los toros o seguimos desenterrando muertos, ha vuelto a irrumpir en el discurso electoral el asunto de la reforma fiscal. Como si alguna vez se hubiera ido. Era de prever que entrara en el paquete creciente de reformas que desde que la crisis es crisis, se airea en esos cenáculos políticos donde los anuncios milagrosos son el pan nuestro de cada día. Reforma laboral, reforma financiera, reforma de la educación, reforma territorial, reforma sanitaria y claro.... reforma fiscal. Faltaría más. El edificio constitucional se nos resquebraja, se nos llena de rotos. No es de extrañar que surjan por doquier Pepes Goteras y Otilios dispuestos a adjudicarse la contrata. Aunque, de todo lo que se quiere reformar, quizá sea lo concerniente al ámbito tributario lo que se adecue más claramente a lo que debemos entender por reforma. Porque tal como vienen los tiempos no está nada claro que en materia laboral, financiera, educacional, territorial o sanitaria se deba hacer solamente una reforma. Parece más bien que para arreglar el tremendo entuerto en el que nos hemos metido, sea inevitable un trauma, una ruptura, un blindar las reglas de juego en aras de la estabilidad, de la igualdad y de la libertad. Porque de eso se trata exactamente: De nuestra democracia o lo que es lo mismo, de nuestra igualdad y libertad como ciudadanos todos de un mismo Estado.  Y no de cambiar-reformar para que todo siga igual.

Carlos Lamoca Pérez
Inspector de Hacienda del Estado.
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